NUDO GORDIANO. Donde hay demanda, hay oferta

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Opinión
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Hay una regla elemental de la economía que también se aplica a los mercados clandestinos: donde existe demanda, aparece la oferta. Pueden destruir cultivos y laboratorios, decomisar cargamentos y encarcelar capos. Pero mientras millones de personas quieran comprar drogas y estén dispuestas a pagarlas, alguien encontrará la manera de proporcionárselas. Lo que sigue no es una defensa de nadie; es una invitación a mirar el problema en su totalidad.

Estados Unidos combate las drogas ilícitas desde hace más de un siglo. Mucho antes de que Nixon declarara su “guerra contra las drogas” en 1971, el problema ya existía. Llegué a comprobarlo de primera mano: en 1968 cursé mi maestría en la Universidad de Cornell, en Ithaca, Nueva York, y recorrí las ciudades de Nueva York, Chicago y Los Ángeles. Las drogas no eran un rumor: eran el paisaje. En los tableros de anuncios de Cornell, aparecían invitaciones a reunirse para fumar marihuana. De eso han transcurrido casi sesenta años.

https://vanguardia.com.mx/opinion/nudo-gordiano-colombia-entre-las-flores-la-cruz-y-las-armas-FJ22818580

La historia viene desde antes. Durante la Prohibición, entre 1920 y 1933, Estados Unidos intentó acabar con el consumo de alcohol prohibiendo su producción y su venta. El consumo no desapareció: surgieron contrabandistas, bares clandestinos y figuras como Al Capone. Y la demanda encontró su oferta.

Cien años después, el principio no ha cambiado.

Hoy escuchamos hablar diariamente del Cártel de Sinaloa, del CJNG, de El Mencho, de laboratorios mexicanos y de cargamentos que atraviesan la frontera. Conocemos nombres, apodos e incluso historias familiares de los capos. Pero hablamos mucho menos de tres preguntas fundamentales:

¿Quién consume? ¿Quién distribuye? ¿Dónde termina el dinero?

Estados Unidos es uno de los mayores mercados de drogas ilícitas del mundo. Fentanilo, metanfetaminas, cocaína y otras sustancias circulan prácticamente por todo su territorio, y las sobredosis causan decenas de miles de muertes cada año.

La droga puede producirse fuera del país y cruzar la frontera de forma clandestina. Pero después no camina sola. Alguien la recibe. Alguien la almacena. Alguien divide los cargamentos. Alguien los transporta a miles de kilómetros. Y alguien, finalmente, los vende.

Las propias autoridades estadounidenses conocen buena parte de esas estructuras. La DEA ha documentado distribuidores independientes, pandillas callejeras y organizaciones criminales que participan en ese mercado. En su Operación Last Mile, realizada entre 2022 y 2023, reportó 3 mil 337 arrestos en Estados Unidos.

México, mientras tanto, realiza un esfuerzo que rara vez se reconoce cuando se le acusa de no combatir el narcotráfico. Desde octubre de 2024 hasta junio de 2026, las autoridades reportan más de 59 mil 500 detenidos por delitos de alto impacto, cerca de 500 toneladas de drogas aseguradas y 2 mil 600 laboratorios desmantelados. No son cifras directamente comparables, pero muestran una realidad que el discurso suele ignorar.

¿Por qué escuchamos tanto sobre los cárteles y tan poco sobre quienes distribuyen la droga en el mayor mercado consumidor del mundo?

SIGUE EL DINERO

Una investigación encargada por la Oficina de Política Nacional para el Control de Drogas de la Casa Blanca estimó que los estadounidenses gastaron alrededor de 150 mil millones de dólares en 2016, solo en cocaína, heroína, marihuana y metanfetamina —antes de que el fentanilo alcanzara sus proporciones actuales. El consumidor paga dentro del país; el vendedor también cobra ahí. Ese dinero se concentra, se lava o se fuga. El propio Tesoro estadounidense reconoce que el narcotráfico genera enormes cantidades de recursos ilícitos que se lavan dentro del país o a través de él.

Surge entonces otra pregunta incómoda: ¿cuánto sabe realmente la DEA?

Una auditoría del Inspector General del Departamento de Justicia encontró que entre 2010 y 2015 la DEA mantuvo más de 18 mil fuentes confidenciales activas solo en sus oficinas estadounidenses, y pagó aproximadamente 237 millones de dólares a más de 9 mil de ellas. Esto no demuestra que la DEA sea parte del narcotráfico —afirmarlo sería irresponsable—, pero sí revela una penetración informativa extraordinaria en ese mundo.

México tiene un problema gravísimo de delincuencia organizada. Los cárteles producen, transportan, extorsionan y corrompen. Pero una responsabilidad compartida no puede analizarse mirando solo hacia un lado de la frontera. Más aún cuando la lucha contra las drogas se convierte en un instrumento de presión internacional y en un argumento para amenazar la soberanía de otros países.

Todos los días escuchamos: narcogobierno, narcopresidente, narcopresidenta, narcosenadores, narcoterrorismo. Informar sobre el narcotráfico es necesario. El problema comienza cuando esa narrativa ocupa tanto espacio que oculta todo lo demás.

Podrán detener a un capo y aparecerá otro. Desmantelan un cártel y surgen nuevas organizaciones. Cierran una ruta y abren otra. Mientras permanezca el mercado, permanecerá el negocio. Por eso las preguntas siguen en pie:

¿Quién consume? ¿Quién distribuye? ¿Dónde termina el dinero?

Porque después de un siglo —desde Al Capone hasta el fentanilo—, permanece una verdad económica tan sencilla como incómoda:

Donde hay demanda, hay oferta.

Soy doctorado por la Universidad Hebrea de Jerusalén.

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