Para corruptos, Vladimir Putin
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Resulta tan revelador que la propaganda rusa utilice la corrupción de Ucrania como si absolviera a Putin. Porque si de corrupción y dinero sucio hablamos, pocos como... Vladimir Putin
La semana pasada, en medio del indignante respaldo de Donald Trump a las finanzas de la Rusia de Putin mediante la compra de diésel, publiqué un video explicando los mecanismos de la propaganda rusa.
Antes de quitarse la máscara y mostrar sus pretensiones imperialistas en el campo de batalla ucraniano, Rusia ya se había convertido en un Estado disruptor en las democracias occidentales a través de la propaganda. Aunque es difícil de calcular, el daño que ha hecho es enorme, y desmontar sus mecanismos debe ser parte fundamental de la defensa de la democracia. Como era previsible, el video convocó una buena cantidad de respuestas claramente automatizadas, a las que uno –con toda franqueza– ya está acostumbrado. Pero hay otras reacciones que vale la pena atender. Algunas ofrecen puntos a debatir que merecen una aclaración.
Quizá la más interesante, por contradictoria, es la que acusa a Volodímir Zelensky de corrupto. Es verdad que Ucrania tiene un problema real de corrupción, y no nació con la invasión rusa. Durante años ha sido uno de los principales desafíos institucionales del país.
Pero una cosa no tiene nada que ver con la otra. Incluso si Ucrania fuera un país profundamente corrupto, eso no le da derecho a Vladimir Putin a invadirlo. Tampoco, por lo demás, las pretensiones ucranianas de establecer alianzas defensivas, a las que tenía pleno derecho.
Ni Putin ni nadie tiene derecho a imponer condiciones de seguridad nacional a otro país.
Por eso resulta tan revelador que la propaganda rusa utilice la corrupción de Ucrania como si absolviera a Putin. Porque si de corrupción y dinero sucio hablamos, pocos como... Vladimir Putin.
La oligarquía rusa surgió en buena medida durante las privatizaciones caóticas de la década de los noventa, cuando un pequeño grupo de empresarios acumuló fortunas extraordinarias al adquirir activos del antiguo Estado soviético. Pero con la llegada de Putin al poder, la relación cambió. Los oligarcas dejaron de ser actores relativamente autónomos capaces de influir sobre el Kremlin y pasaron a depender, en buena medida, de su lealtad al presidente. Los oligarcas que resistieron a Putin –como Mikhail Khodorkovsky– terminaron en la cárcel y el exilio. Los que lo apoyaron se hicieron (y lo hicieron) inmensamente ricos.
El tamaño de la fortuna personal de Putin es difícil de establecer precisamente porque, según sus críticos, buena parte de ella no estaría registrada a su nombre. Bill Browder, que durante años fue uno de los mayores inversionistas extranjeros en Rusia y después se volvió uno de los principales denunciantes de la corrupción del régimen, ha estimado la fortuna de Putin en alrededor de 200 mil millones de dólares. La cifra no ha podido ser verificada de manera independiente, pero Browder sostiene que esa riqueza estaría distribuida entre oligarcas, sociedades y prestanombres.
Pocas investigaciones ilustran mejor esa opacidad que la que Alekséi Navalni publicó en 2021 sobre el llamado “Palacio de Putin”, cerca de Gelendzhik, en la costa del mar Negro. Su Fundación Anticorrupción reconstruyó durante meses una compleja red de terrenos, contratistas, empresas y flujos financieros que, según Navalni, conducían al círculo íntimo del presidente ruso. El edificio principal ocupa alrededor de 17 mil 700 metros cuadrados y forma parte de un complejo que incluye viñedos, helipuertos, un anfiteatro, una iglesia, un enorme invernadero y un túnel hacia la costa. Navalni estimó el costo del proyecto en alrededor de mil 350 millones de dólares. La investigación completa puede consultarse en https://palace.navalny.com/. No está de más recordar que Navalni fue perseguido, detenido, torturado y finalmente asesinado en una prisión rusa.
Putin negó que el palacio le perteneciera. Posteriormente, el oligarca Arkady Rotenberg, amigo cercano del presidente, afirmó ser el propietario. Pero precisamente esa era la tesis de Navalni: que la riqueza asociada a Putin no necesariamente aparece bajo su nombre, sino dentro de una red de empresarios, amigos y estructuras corporativas vinculadas al poder presidencial.
Y esa es la ironía que conviene recordar cuando la propaganda rusa intenta reducir toda la discusión sobre Ucrania y la corrupción. Convertir el desafío ucraniano con la corrupción en argumento para justificar o relativizar una invasión ordenada por un gobernante cuyo propio sistema ha sido objeto durante décadas de investigaciones sobre enriquecimiento, oligarquías y fortunas ocultas no es una defensa seria contra la corrupción.
Es, pues sí, propaganda. En este caso, una propaganda especialmente cínica.