Partidismo: entre la complicidad y la incoherencia
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En una política cada vez más polarizada, reconocer un acierto del otro puede interpretarse como traición. Cuestionar al propio partido puede convertirse en una muestra de deslealtad
Después de la polémica, de las críticas y de la resistencia política que provocó el Pase Turístico para vehículos con placas foráneas, el gobierno de Nuevo León y su titular tuvieron que dar marcha atrás. Hasta aquí, podría parecer una más de tantas controversias que ocupan durante unos días la conversación pública y después desaparecen. Pero quizá sería un error dejarlo ahí, porque esta iniciativa terminó poniendo sobre la mesa una pregunta mucho más incómoda: ¿qué hacemos cuando la lealtad partidista comienza a pesar más que la razón? Y todavía más: ¿qué ocurre cuando confundimos la coherencia con la complicidad?
El problema no es que existan partidos políticos; una democracia los necesita. Requiere organización, representación, competencia y proyectos distintos de sociedad. El conflicto comienza cuando la camiseta determina el juicio y eso, en nuestro país, es deporte nacional: racionalidad vs. contubernio, donde una propuesta es buena si la presenta “uno de los nuestros” y mala si lo hace “el adversario”. Cuando una decisión merece aplausos o condenas dependiendo de quién ocupa el gobierno, ahí dejamos de hablar de principios y empezamos a discutir de pertenencias.
Una política pública debería juzgarse por sus objetivos, sus argumentos, sus costos y sus consecuencias. Pero en la política mexicana existe una tentación permanente: juzgar primero al autor y después a la propuesta. Si lo hizo el adversario, encontramos rápidamente las razones para condenarlo. Si lo hizo el propio partido, encontramos las razones para explicarlo. La misma acción puede tener dos significados dependiendo del color de la camiseta. Y eso es justamente lo peligroso.
Porque el partidismo puede terminar produciendo una curiosa inversión de prioridades: el ciudadano deja de ser el punto de referencia y el partido se convierte en el centro gravitatorio. Ya no se pregunta: “¿esto beneficia o perjudica a la gente?”, sino: “¿esto beneficia o perjudica a los nuestros?”. La diferencia parece pequeña, pero no lo es. El caso de Nuevo León permite formular una cuestión que incomoda a todos: ¿habrían reaccionado igual los alcaldes –que se opusieron al pase– si el gobernador hubiera pertenecido a su mismo partido? Podemos utilizar la pregunta como una prueba de congruencia.
Porque si una política afecta la movilidad de ciudadanos que trabajan, estudian, comercian o se trasladan diariamente entre estados, esos argumentos deberían ser válidos independientemente del partido que gobierne. Si el fundamento es que la medida afecta la movilidad, debe perjudicarla tanto cuando la propone nuestro partido como cuando lo hace el adversario. Si el argumento es que impacta la economía regional, debe ser válido en ambos casos. Si se defiende la autonomía municipal, debe defenderse también cuando el gobernador pertenece a nuestro partido. Eso se llama congruencia. Lo contrario tiene otro nombre.
Aquí aparece una confusión que deberíamos discutir con mayor seriedad. Se suele llamar “lealtad” a la defensa automática del propio partido. Pero la lealtad política tiene límites. Un militante puede apoyar un proyecto político y, al mismo tiempo, cuestionar a sus dirigentes. Puede votar por un partido y decir que este se equivocó. De hecho, debería poder hacerlo.
Porque la verdadera coherencia no consiste en defender siempre a los nuestros, sino en mantener el mismo principio incluso cuando los nuestros están equivocados. La complicidad funciona de otra manera: mientras ésta pregunta “¿cómo defendemos a los nuestros?”, la coherencia cuestiona “¿qué principio defenderíamos si esto mismo lo hubiera hecho el adversario?”. Ahí está la diferencia y, quizá, una de las grandes debilidades de nuestra democracia. Una sociedad política saludable necesita ciudadanos capaces de reconocer que el adversario puede tener razón. Parece una afirmación elemental, pero no lo es; y menos en un país como el nuestro, marcado por una cultura política de quinta.
En una política cada vez más polarizada, reconocer un acierto del otro puede interpretarse como traición. Cuestionar al propio partido puede convertirse en una muestra de deslealtad. Así, poco a poco, la identidad comienza a sustituir al argumento. Ya no importa tanto qué se dice, sino quién lo dice. Y cuando eso sucede, la razón deja de ser un instrumento para evaluar la realidad y se convierte en una herramienta para justificar nuestra pertenencia.
Los partidos pueden tener principios, pero la razón debe poder cuestionarlos.
Sería demasiado cómodo pensar que esta es una historia exclusiva de Nuevo León. No lo es. En Coahuila, donde el PRI ha mantenido durante décadas una posición dominante, también habría que preguntarse cuánto espacio existe para la crítica interna cuando una decisión proviene del gobernador o del grupo político en el poder. Se trata de cuestionarnos si la cultura política dominante favorece suficientemente el disenso o si, por el contrario, la pertenencia termina pesando más que la crítica. Y el mismo examen debería aplicarse a Morena en el ámbito nacional. Después de todo, cambiar de partido no significa automáticamente cambiar de cultura política.
Finalmente, el gobernador de Nuevo León reculó sobre el Pase Turístico. Pero quizá la discusión más importante apenas comienza. Porque la medida puede desaparecer de la agenda pública, pero el problema –el rancio partidismo– permanecerá, seguirá existiendo cada vez que un partido defienda lo que condenaría si lo hiciera el adversario; cada vez que un (a) militante calle ante un error de su propio gobierno; cada vez que la crítica sea considerada traición; cada vez que confundamos disciplina con responsabilidad; y cada vez que llamemos “coherencia” a lo que en realidad es complicidad. Porque la democracia no se debilita solamente cuando un gobierno toma malas decisiones; también lo hace cuando dejamos de cuestionarlas porque las tomó nuestro partido.
Sin temor a equivocarme, en la dinámica y visión del gobernador de Nuevo León y su séquito, seguramente, para fines electorales, pensarán que, perdiendo, ganaron. Así las cosas.