Perder peso es una meta que muchos persiguen

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Opinión
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Los nuevos medicamentos inhibidores del apetito son un auxiliar importante en el tratamiento del sobrepeso y la obesidad. Pero son sólo una herramienta, no la solución

La lucha contra el sobrepeso es una que libra cotidianamente un número creciente de personas. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), uno de cada ocho habitantes del planeta es una persona obesa. Desde 1990, la obesidad se ha duplicado entre los adultos de todo el mundo y, todavía más preocupante, se ha cuadruplicado entre los adolescentes.

No se trata simplemente de un asunto de estética, sino esencialmente de salud. Al sobrepeso y la obesidad se encuentran asociados un número importante de padecimientos que, además de impactar en la calidad de vida de las personas, implican la posibilidad de una muerte prematura.

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Quienes la padecen en la infancia y la adolescencia corren un mayor riesgo de contraer, de manera precoz, distintas enfermedades como la diabetes tipo 2, así como desarrollar problemas cardiovasculares. Adicionalmente, la obesidad en la infancia y la adolescencia tiene consecuencias psicosociales indeseables, entre las cuales se encuentra la afectación al rendimiento escolar y a la calidad de vida, problemas a los cuales debe añadirse la estigmatización, la discriminación y la intimidación.

No debe sorprender por ello que, como se consigna en el reporte que publicamos en esta edición, el público se haya volcado al uso de los nuevos medicamentos que han surgido en el mercado y que actúan como inhibidores del apetito.

Nombres como Mounjaro, Ozempic y Saxenda se han vuelto comunes en las conversaciones de múltiples familias y una parte importante de los presupuestos personales se destina a la adquisición de dichos fármacos, al grado de ocasionar un desabasto permanente de los mismos.

Lo anterior, pese a que no se trata de medicamentos baratos, incluso en las versiones genéricas que han comenzado a aparecer.

Es comprensible el éxito de tales fármacos, pues han probado ser auxiliares adecuados en el tratamiento del sobrepeso y la obesidad. Sin embargo, es necesario señalar que no constituyen una solución por sí mismos, sino que deben concebirse como parte de un tratamiento de largo plazo que, por regla general, debe ser supervisado por un médico.

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En este sentido, es importante señalar que las instituciones públicas de educación y salud no pueden –ni deben– disminuir los esfuerzos orientados a mejorar la educación alimentaria de la población. Esto es particularmente importante porque la principal responsable de la epidemia de obesidad que padecemos a nivel planetario es la industria de los “alimentos chatarra”.

En otras palabras, los exitosos medicamentos que recién han sido introducidos al mercado para el tratamiento de la obesidad ayudarán a mitigar los efectos que observamos en la sociedad producto de una modificación drástica en la dieta personal. Pero la solución de fondo se ubica en mejorar la educación alimentaria de la población, así como en reforzar la regulación en contra de la denominada “comida chatarra”.

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