Pícara moraleja
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Harto de las continuas demandas del tenaz Tesonio, don Arsilio terminó por regalarle el loro. ‘Llévatelo –le dijo al obstinado tipo–, pero ya no me estés chin... chorreando’
Si yo fuera moralista no leería el relato contenido hoy en este artículo. Afortunadamente no pertenezco a esa perniciosa, farragosa y engorrosa especie, enemiga del gozo de vivir, de modo que daré salida a dicha historia, no sin avisar antes a mis cuatro lectores que la citada relación tiene todos los visos de ser apócrifa, y que además termina con un terminajo cuyo uso es frecuente en lo privado, pero que en lo público se considera de mal tono, y se le ve como plebeyo vulgarismo que no es para ser dicho en presencia de damas o menores. Advierto, sin embargo, que me estoy deteniendo demasiado en el exordio tendiente a justificar la publicación aquí de la historieta mencionada, así que procederé sin más a relatarla... El padre Arsilio era dueño de un perico que antes perteneció a su madre, y antes aún a su señora abuela. Ya se sabe que los pericos son pájaros matusalénicos, es decir longevos. Viven muchos años, de ahí una expresión otrora muy usada: “Tiene más años que dos pericos juntos”. Servía ese modismo para aludir a una persona de muchos calendarios, o sea de bastante edad. Pícaro y avieso era el cotorro de don Arsilio. Cuando el buen sacerdote estaba en casa, el loro recitaba devotamente la letanía lauretana, decía las oraciones del misal y cantaba con unción el Pange lingua; pero si el señor cura salía el hipócrita cotorro daba voz a los desatentados versos de Pichorra, profería maldiciones de la peor laya y entonaba con carraspienta voz canciones congaleras, tales como “Afrodita”, “Amor Perdido”, “Cheque en Blanco” y “El Calcetín”. Sucedió que llegó al pueblo un agente viajero representante de la Compañía Jabonera “La Espumosa”, S.A., y oyó hablar del gárrulo cotorro del presbítero. Después de presentarse ante él –ante el presbítero, no ante el gárrulo cotorro– le dijo al señor cura: “Regáleme el perico, padre. No es propio que un siervo del Señor tenga en su casa un loro maldiciente y cantor de melodías profanas. Regálemelo”. “No, hijo –le contestó el párroco al sujeto, que dicho sea de paso, se llamaba Tesonio Térquez–. El periquito es herencia de mi madre, y en su memoria lo conservo pese a sus badomías. Todos somos pecadores”. A partir de ese día el pobre sacerdote no se quitó ya de encima al empecinado forastero. Diariamente el tipo iba a la casa cural a insistirle al padre que le regalara el loro. Acudía a todas las misas, y desde el fondo del templo le hacía a don Arsilio una señal consistente en mostrarle el dedo índice curvado, en referencia al pico del cotorro. Abría el párroco la ventanilla del confesonario para escuchar al penitente, y lo que oía era al tozudo forastero: “Ándele, padre. Regáleme el perico”. Abreviaré la historia, pues va saliendo ya muy larga. Tanto porfió el sujeto que acabó por vencer la resistencia del asediado cura. Harto de las continuas demandas del tenaz Tesonio, don Arsilio terminó por regalarle el loro. “Llévatelo –le dijo al obstinado tipo–, pero ya no me estés chin... chorreando”. Días después una linda chica fue a buscar el consejo del sacerdote. “Fíjese, padre –lo contó, atribulada–, que un labioso seductor me está pidiendo que le haga entrega de mi virginidad. Yo me resisto, pues la estoy guardando para el hombre a quien daré el dulcísimo título de esposo, pero el tipo no me deja en paz”. Algo intuyó el señor cura, el caso es que le dijo a la muchacha: “Conserva, hija mía, la pureza y la virtud. ¿Quién es el torpe galán que te las está pidiendo? La virtud y la pureza, quiero decir”. Respondió la chica: “Se llama Tesonio Térquez”. “Ay, hija –suspiró con pesar el padre Arsilio–. Date por cogida”... FIN.
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