Polarización y la oportunidad del centro

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Opinión
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Durante años, quienes nos consideramos parte del centro político hemos enfrentado el dilema de votar por el menos malo entre dos opciones que no nos representan

Hace una semana abordamos cómo los algoritmos de las redes sociales nos conducen a la polarización y hacia posiciones cada vez más radicales, no solamente en política, sino prácticamente en cualquier tema. Y es que están diseñados precisamente para reforzar nuestras ideas y convicciones al extremo, privilegiando los contenidos que generan mayor atención e interacción, aunque ello termine enfrentándonos con quienes piensan diferente, así sean personas cercanas. También comenté el preocupante crecimiento de la ansiedad y la depresión.

El psicólogo y escritor estadounidense Adam Grant nos invita a reflexionar sobre nuestra necesidad de pertenecer a un grupo, a una tribu con la que compartamos ideas y convicciones. La soledad y la ansiedad que fomentan las redes pueden fortalecer ese anhelo. El problema surge cuando formar parte de esa comunidad significa dejar de cuestionar nuestras propias convicciones. Terminamos rodeados de personas que piensan como nosotros y, cuando escuchamos una opinión contraria, proviene del extremo opuesto, acompañada de insultos y descalificaciones. Lejos de hacernos reflexionar, esa confrontación termina radicalizándonos aún más.

Los algoritmos, la radicalización y la depresión

Recuerdo cuando llegué a estudiar a la Ciudad de México. Un joven panista, proveniente de una familia católica de Piedras Negras, Coahuila. Pronto descubrí que no todos pensaban como yo. La vida universitaria me permitió conocer una enorme diversidad de ideas y convicciones. Hoy, a mis 48 años, conservo amistades entrañables de aquella época: amigos priistas, de izquierda, de derecha, heterosexuales, homosexuales, creyentes y no creyentes. Personas con quienes puedo tener profundas diferencias ideológicas, pero amistades entrañables, sin duda.

En el México de hoy, quienes criticamos la corrupción en el gobierno federal de Morena y, al mismo tiempo, cuestionamos al gobierno del PRI en Coahuila, terminamos confundiendo a quienes nos escuchan. Pareciera que estamos obligados a pertenecer a uno de los bandos, independientemente de sus defectos y prácticas autoritarias. Criticar a uno parecería obligarnos a defender al otro.

El 30 de octubre, Fareed Zakaria publicó un artículo en The Washington Post. Su planteamiento resulta interesante: detrás de una sociedad aparentemente dividida existe un electorado ansioso, inseguro respecto al futuro y cuyas lealtades políticas son menos firmes de lo que suponemos. Zakaria utiliza como ejemplo las recientes elecciones presidenciales de Brasil, donde Flávio Bolsonaro ganó la primera vuelta, pero Lula da Silva consiguió revertir el resultado y ganar la segunda. Un cambio electoral significativo en apenas tres semanas.

No coincido del todo con Zakaria. Ciertamente, la ansiedad puede provocar cambios en las preferencias electorales, pero considero que también estamos presenciando algo distinto: la posibilidad de que el centro político comience nuevamente a desempeñar un papel determinante, impulsado por esa ansiedad creciente.

La polarización tiene sus límites. Cuando dos bloques políticos llevan la confrontación a sus extremos, llega un momento en que difícilmente pueden ampliar sus bases electorales. Entonces adquieren particular importancia aquellos ciudadanos que no se identifican plenamente con ninguno de los dos. Durante años, quienes nos consideramos parte del centro político hemos enfrentado el dilema de votar por el menos malo entre dos opciones que no nos representan.

La polarización política está dañando gravemente a México

Quizá estemos frente a una oportunidad. El centro político podría ser esa ave fénix que comienza a resurgir de las cenizas en las que lo había dejado la polarización. Tal vez seamos una minoría, pero una minoría decisiva cuando necesitan nuestros votos para construir mayorías. Que sean los políticos polarizantes quienes tengan que acercarse al centro, escucharnos y moderar sus posiciones. Texas ofrece un ejemplo interesante. James Talarico, candidato demócrata al Senado, busca atraer a electores independientes y republicanos inconformes, particularmente a quienes apoyaron a John Cornyn, derrotado por Ken Paxton en la primaria republicana.

Toca recuperar la autocrítica, cuestionar nuestras propias posturas y escuchar respetuosamente a quienes piensan diferente. No necesariamente para cambiar de opinión; eso dependerá de lo que cada uno concluya a partir de su inteligencia, sus emociones y sus principios. Pero sí para reconocer que podemos estar equivocados y que el otro puede tener algo que enseñarnos. No se trata de renunciar a nuestras convicciones, sino de aprender a convivir con las de los demás. Tampoco de dejar de disentir, sino de recuperar la capacidad de escucharnos. Se trata, en pocas palabras, de regresar a la concordia, en particular con nuestras familias y amigos. No dejemos que los políticos y los algoritmos nos dividan. No valen la pena.

Facebook: Chuy Ramírez

Columna: Regresando a las Fuentes

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