Qué revela el banco más antiguo del mundo sobre la integración financiera de la UE

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Opinión
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Monte dei Paschi está tratando de incrementar su tamaño y su valor, para impedir una absorción

Por Lucrezia Reichlin, Project Syndicate.

BOLONIA-Tras siete horas de deliberaciones el 20 de agosto, la junta directiva de Banca Monte dei Paschi di Siena tomó una decisión extraordinaria. La entidad, fundada en 1472 y rescatada por los contribuyentes italianos en 2017, se defendió de una oferta pública de adquisición por 30,600 millones de euros (35,700 millones de dólares) de Intesa Sanpaolo, con una propuesta de canje de acciones por Banco BPM y Banca Generali, por un total aproximado de 34 mil millones de euros; al mismo tiempo, distribuyó otros 4 mil millones de euros entre sus propios accionistas.

Los italianos se refieren a este tipo de maniobras con la palabra «risiko», en alusión al juego de mesa. Monte dei Paschi está tratando de incrementar su tamaño y su valor, para impedir una absorción. Pero la medida también revela algo importante sobre por qué la integración financiera europea ha resultado tan difícil.

No es sólo una cuestión de cuota de mercado o ahorro de costos. La maniobra gira en torno al control del banco de inversión Mediobanca, adquirido por Monte dei Paschi el año pasado; la participación del 13 % que tiene Mediobanca en la megaaseguradora Assicurazioni Generali; y, en última instancia, una gran reserva de ahorros de los hogares italianos. También tiene que ver con la red de instituciones que desde hace décadas configura el poder financiero e industrial en Italia.

Es por eso que una batalla por el control entre empresas que cotizan en bolsa se está planteando en términos de interés nacional. Los sindicatos amenazaron con movilizarse. La identidad de los accionistas que apoyan a las distintas partes se ha convertido en noticia política. Y existe un elemento transfronterizo (el banco francés Crédit Agricole posee el 29,3 % de Banco BPM) al que se ve casi como una intromisión.

La enseñanza es clara. La banca en Europa sigue siendo nacional en modos que las autoridades europeas han subestimado una y otra vez.

La explicación habitual de la imposibilidad de completar la unión bancaria y crear un mercado de capitales europeo integrado es que los gobiernos no quieren compartir riesgos financieros. Se oye decir que los contribuyentes alemanes no quieren garantizar los depósitos bancarios italianos. Pero aunque en esto hay algo de verdad, el caso de Monte dei Paschi señala otro obstáculo.

Un sistema bancario nacional no es meramente un mecanismo de provisión de crédito. También es un medio para la influencia de los gobiernos sobre el destino de los ahorros nacionales: qué empresas reciben financiación, qué industrias se expanden, qué regiones atraen inversiones y, sobre todo, quién compra deuda pública.

Antes de la unión monetaria europea, los gobiernos ejercían esta influencia de modo mucho más visible, a través de la propiedad pública, los controles crediticios y la intervención directa. La liberalización europea abolió en general esos instrumentos. Pero los intereses políticos que los sostenían sobrevivieron, aunque no tan a la vista. La integración financiera europea suele verse como un proyecto técnico para mejorar la eficiencia. Pero desde el punto de vista de los gobiernos nacionales, la unión bancaria y la Unión de Ahorro e Inversión de la Unión Europea ofrecen muy poco a cambio de debilitar uno de los pocos canales que les quedan para influir en la asignación de los ahorros locales.

Por ejemplo, cuando un sistema bancario nacional cae en dificultades serias, la responsabilidad fiscal en última instancia todavía recae en gran medida en el gobierno nacional. En 2017 Italia recapitalizó Monte dei Paschi según la normativa europea, pero con dinero público italiano. Si un Monte dei Paschi mucho más grande estuviera en problemas, volvería a haber intensa presión sobre el gobierno italiano para que intervenga.

En síntesis, las autoridades europeas están pidiendo a los gobiernos renunciar a una parte del control sobre sus sistemas bancarios, pero no los eximen por completo de la responsabilidad de hacer frente a crisis sistémicas. No es una proposición atractiva.

Europa debería probar algo diferente. En vez de obligar a los gobiernos a ceder la influencia que todavía les queda sobre los sistemas bancarios nacionales para completar la unión financiera, la UE debería centrarse en crear un canal de financiación auténticamente europeo para aquellas inversiones que los sistemas nacionales no están en condiciones de financiar.

La necesidad es cada vez más evidente. Europa debe financiar redes eléctricas, gasto en defensa, infraestructuras energéticas, redes digitales y otros proyectos cuyo valor económico cruza las fronteras. Los sistemas bancarios nacionales, diseñados ante todo para actuar como intermediarios del ahorro nacional y financiar a deudores nacionales, no se adaptan bien a esta tarea. De modo que el canal que proponemos debería trascender a los bancos y permitir a fondos de inversión, aseguradoras, prestamistas especializados y otras instituciones financieras poner en marcha y financiar proyectos europeos.

El objetivo debería ser crear un gran mercado de activos respaldados por la inversión europea. Cabe destacar que el Banco Central Europeo puede contribuir a la creación de ese mercado dentro de los límites de su mandato de estabilidad de precios. A través de las normas que aplica a las garantías y su admisibilidad, el BCE ya determina qué activos financieros se pueden canjear con facilidad por liquidez del banco central. El diseño de esas normas se puede adaptar de modo tal que resulte atractivo poseer y negociar activos de calidad para la financiación de proyectos europeos. De este modo, una cantidad limitada de capital público podrá absorber una parte del riesgo inicial y ayudar a movilizar la financiación privada en cantidades mucho mayores.

En vez de pedir a los gobiernos que sacrifiquen los intereses nacionales, la UE les estaría ofreciendo un beneficio tangible: una fuente de financiación para inversiones que ellos mismos no pueden financiar de forma eficiente. Las empresas nacionales podrán participar en la construcción de redes eléctricas, puertos, sistemas de defensa y otras infraestructuras europeas. Los bancos podrán cobrar comisiones por emitir, organizar y distribuir valores, sin tener que mantener el crédito resultante en sus balances. Y el ahorro europeo encontrará una vía hacia la inversión europea que no sea totalmente dependiente de los sistemas bancarios nacionales.

Con el tiempo, este canal de financiación puede resultar más atractivo que las alternativas nacionales para proyectos genuinamente europeos. Los gobiernos no harían una renuncia formal a sus facultades actuales, sólo tendrían menos motivos para usarlas. La distinción es importante, porque muchas veces la integración europea ha avanzado mediante la sustitución gradual de los instrumentos nacionales por nuevos acuerdos de la UE.

La batalla por Monte dei Paschi no es un episodio más del interminable juego de risiko italiano. Es la manifestación de una economía política que la reforma financiera de la UE en general no ha tenido en cuenta. La próxima vez que un comunicado del Consejo Europeo promueva la integración de los mercados de capitales europeos, los funcionarios deberían recordar que a los gobiernos no les preocupa solamente quién asume el riesgo financiero, sino también quién controla el ahorro y el crédito de los que depende el poder económico nacional. En vez de pedir a los gobiernos nuevas concesiones, Europa debe crear algo que incentive a las autoridades nacionales a utilizarlo. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Lucrezia Reichlin, ex directora de investigaciones en el Banco Central Europeo, es profesora de Economía en la London Business School.

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