¿Qué tipo de potencia será Estados Unidos después de este siglo desgastante?
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La reciente difusión de los archivos vinculados al caso Jeffrey Epstein ha provocado un impacto que trasciende el escándalo judicial. El interés global que han despertado estos documentos no se explica solo por la gravedad de los delitos, sino por lo que simbolizan: la sospecha persistente de que sectores influyentes del poder político y económico operan bajo reglas distintas a las del resto de la sociedad. Cuando una potencia enfrenta este tipo de cuestionamientos en el plano moral e institucional, la pregunta se vuelve histórica: ¿qué tipo de país emergerá después de este desgaste prolongado?
El caso ha puesto bajo escrutinio no solo a autoridades estadounidenses, sino también a empresarios y figuras influyentes de distintos países. Esa dimensión transnacional refuerza la idea de que el problema no es aislado ni reciente, sino parte de una dinámica más amplia de impunidad percibida. Para Estados Unidos, cuya proyección internacional ha estado asociada a la defensa del Estado de derecho, el golpe es especialmente delicado. No porque un escándalo pueda derrumbar una potencia, sino porque erosiona la credibilidad sobre la que se construye su liderazgo.
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Este episodio se inserta en un contexto de desgaste acumulado. La sobreextensión militar, el endeudamiento estructural, la desigualdad creciente y la polarización política han debilitado los consensos internos que durante el siglo XX sostuvieron su hegemonía. Liderazgos como el de Donald Trump deben entenderse como expresiones de una fractura previa: más que provocar el deterioro, lo visibilizan. El resultado es un Estado poderoso en recursos pero limitado en cohesión y previsibilidad.
A estas fracturas se suma una crisis sanitaria y social de dimensiones alarmantes: la epidemia de drogas. Este problema no es nuevo ni ajeno a la historia estadounidense. Desde las guerras del opio en el siglo XIX, donde intereses comerciales occidentales impusieron el narcotráfico a China, hasta la guerra de Vietnam, donde el consumo de heroína entre soldados estadounidenses se disparó con la complicidad de redes vinculadas a operaciones encubiertas, Estados Unidos ha mantenido una relación contradictoria con las sustancias que hoy devastan su territorio. Lo que antes se exportaba o se toleraba en contextos bélicos, ahora retorna con fuerza brutal. La crisis actual de opioides y fentanilo cobra más de 100 mil vidas anuales, destruye comunidades enteras y evidencia el fracaso de décadas de políticas prohibicionistas que criminalizaron sin prevenir. Es una herida autoinfligida que mina la productividad, fragmenta familias y profundiza la desconfianza en un Estado incapaz de proteger a sus ciudadanos.
Los archivos de Epstein funcionan como catalizador simbólico en este panorama. Refuerzan la percepción de que existe una brecha profunda entre élites y ciudadanía, y de que los mecanismos de control fallan donde más deberían funcionar. Este tipo de percepciones no provocan colapsos inmediatos, pero minan la disposición social a defender el sistema cuando enfrenta crisis mayores. La legitimidad, una vez dañada, es difícil de reconstruir.
Sin embargo, este proceso ocurre en un contexto global igualmente inestable. El mundo atraviesa una transición hacia un orden multipolar sin centro claro de gravedad. China consolida influencia económica y tecnológica, pero enfrenta fragilidades demográficas y de legitimidad. Rusia ha revelado límites militares severos. Europa carece de autonomía estratégica real. India asciende con contradicciones internas enormes. Lo notable es que ningún actor parece capaz de ofrecer un modelo alternativo convincente. El desgaste estadounidense ocurre sin que exista un reemplazo evidente, lo que sugiere no tanto un cambio de hegemonía como una era de mayor fragmentación, competencia sin árbitro y acuerdos más transaccionales que institucionales.
Pese a todo, Estados Unidos no es un país agotado en términos históricos. Mantiene capacidad tecnológica, peso económico decisivo e infraestructura institucional que, aunque tensionada, sigue operando. La cuestión central no es si dejará de ser influyente, sino cómo se redefinirá su influencia. Todo apunta a una transición desde una hegemonía incuestionable hacia una potencia poderosa pero discutida, obligada a negociar más, convencer más e imponer menos.
Así, el debate abierto por el caso Epstein interpela al modelo de poder estadounidense en su conjunto. Después de este siglo desgastante, marcado por guerras fallidas, crisis financieras, fracturas sociales y ahora una epidemia de adicciones que consume a su población, Estados Unidos probablemente seguirá siendo una potencia central. Pero su autoridad dependerá menos de su fuerza material y más de su capacidad para reconstruir legitimidad, sanar sus heridas internas y ofrecer un proyecto creíble. Su desafío no es solo doméstico: es adaptarse a un mundo donde ya no dicta las reglas, sino que debe disputarlas.