Estados Unidos: la violencia estructural de una fe vacía

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Opinión
/ 27 enero 2026

Estados Unidos se define como una nación bendecida. Lo proclama en su moneda, lo repiten sus líderes y lo ritualiza al final de cada discurso político. Sin embargo, ese mismo país vive hoy una acumulación de violencias que ya no pueden explicarse como fallas aisladas ni como crisis circunstanciales. Violencia armada, violencia policial, violencia social y violencia económica convergen en una violencia más profunda y persistente: la violencia estructural que sostiene al sistema mismo.

La religión no ha desaparecido de la vida pública estadounidense; ha sido vaciada de contenido ético y reutilizada como lenguaje legitimador del poder. Dios se invoca constantemente, pero no para limitar la injusticia ni exigir responsabilidad. Se menciona después de la tragedia, nunca antes de las decisiones que la producen. La fe ha sido reducida a ritual tranquilizador que reemplaza a la acción política y a la reflexión crítica. En ese tránsito, deja de ser conciencia y se convierte en coartada.

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La hipocresía religiosa no es un defecto moral menor: es una forma activa de violencia. Es violencia simbólica cuando se predican valores mientras se tolera la exclusión. Es violencia política cuando se absuelve al poder en nombre de principios que no se aplican a quienes gobiernan. Y es violencia estructural cuando ese lenguaje justifica un orden que produce pobreza, abandono y deshumanización a gran escala, mientras se presenta como moralmente superior.

La violencia estructural engloba todas las demás. Está presente en la crisis de los sin casa que crece en las calles de las grandes ciudades; en los adictos abandonados al consumo y a la muerte lenta; en quienes pierden el trabajo y quedan fuera del sistema; en millones de personas que no pueden pagar una renta y son expulsadas de sus comunidades. Es la violencia que no dispara balas, pero decide quién duerme en la calle, quién enferma sin atención médica y quién es considerado prescindible dentro del orden social.

Esta violencia tiene también rostros históricos y actuales. Martin Luther King fue asesinado por desafiar el orden racial desde una fe que exigía justicia concreta. Hoy, las deportaciones masivas ejecutadas por agentes del ICE contra personas con décadas de arraigo —incluso contra quienes nacieron en territorio estadounidense— revelan la misma lógica. La paradoja es brutal: una nación construida por inmigrantes ahora los persigue, mientras invoca valores cristianos que exigen precisamente acoger al extranjero. Todo esto ocurre en un territorio cuya historia original tampoco les pertenece.

Esta violencia no es producto del azar ni de fallas individuales, sino de decisiones políticas sostenidas en el tiempo. El debilitamiento del welfare, la exclusión de servicios médicos, la precarización laboral y el encarecimiento extremo de la vivienda no son efectos colaterales inevitables, sino consecuencias directas de un modelo que prioriza el poder y la rentabilidad por encima de la dignidad humana.

Hoy esta violencia se profundiza y se proyecta hacia el mundo. Bajo el liderazgo de Donald Trump, Estados Unidos no solo ha exacerbado su crisis interna, sino que ha contribuido activamente a un clima global de caos, confrontación y desestabilización. Trump no es una anomalía, sino el resultado coherente de una historia marcada por violencia, abusos, soberbia, prepotencia, hipocresía y valores falsificados que durante décadas se presentaron como virtud nacional.

Estados Unidos actúa como un imperio que no ha aceptado que el mundo ha cambiado. Intenta recuperar un poderío que ya no existe, sin reconocer que las fuerzas hegemónicas, el equilibrio global y la propia humanidad ya no responden a los esquemas del pasado. No se trata necesariamente del fin del país, pero sí del fin de una época en la que se asumía como dueño natural del destino del planeta.

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Existen valores profundos en la sociedad estadounidense, pero han sido sistemáticamente enmascarados por la egolatría de quienes la han gobernado. Recuperarlos exige abandonar la fe vacía, dejar de justificar la injusticia con retórica moral y asumir una justicia real, concreta y terrenal. Donald Trump no va a cambiar. Pero Estados Unidos aún puede decidir si lo cambia a él o si acepta que su liderazgo es el espejo más honesto de una decadencia que ya no puede ocultarse.

Regidor por MORENA en la Ciudad de Saltillo. Soy doctorado por la Universidad Hebrea de Jerusalén.

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