¿Quién debe construir la economía descarbonizada?
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Por supuesto que la transferencia de tecnología sigue siendo fundamental; pero debe producirse en un marco que tenga en cuenta la totalidad del ciclo tecnológico
Por Pedro Ivo Ferraz da Silva, Project Syndicate.
BRASILIA- Imaginemos una economía global formada por países con una provisión similar de instituciones de investigación, laboratorios de desarrollo de tecnología y centros de producción industrial. Podría ocurrir que entre ellos se dé una intensa competencia; que creen alianzas rivales y pujen agresivamente por el acceso a materias primas y recursos naturales. Pero también podemos imaginar un escenario más optimista. Puesto que cada país comprende mejor que nadie sus propios problemas, podría idear soluciones adaptadas a sus circunstancias y crear sistemas y equipamiento en la escala justa necesaria. Y allí donde las fortalezas de cada uno fueran complementarias, los gobiernos podrían forjar acuerdos de cooperación mutuamente ventajosos que movilicen personal científico, tecnologías y capacidades industriales en pos de los objetivos compartidos.
Por desgracia, la humanidad tiende a ir en la dirección opuesta. Desde la primera Revolución Industrial y el surgimiento de una economía realmente global más o menos a inicios del siglo XIX, la difusión de bienes y tecnologías hasta los últimos confines del planeta ha estado acompañada por una alta concentración en la capacidad de diseñarlos, construirlos, comercializarlos y extraer valor de ellos.
A mediados del siglo XIX, ya había locomotoras movidas por vapor en operación en casi sesenta países o colonias, pero los únicos lugares con capacidad plena para suministrarlas eran Gran Bretaña, Estados Unidos y algunos estados alemanes. Las líneas de telégrafo siguieron una pauta asimétrica similar, lo mismo que la industria automotriz, que apareció a inicios del siglo XX y se convirtió en un emblema de la globalización en los tiempos de la posguerra, con la internacionalización de las capacidades fabriles, sobre todo en grandes países en desarrollo en Asia y América Latina. Pero sólo dos de estas economías (Japón y Corea del Sur) lograron unirse al exclusivo club de los “fabricantes de equipo original”.
Con el final de la Guerra Fría, la industria de la informática llevó el mismo modelo (con la consigna «diseñado en California, ensamblado en China») al siguiente nivel y trazó una clara divisoria entre actividades bien remuneradas con uso intensivo de conocimiento y actividades operativas mal remuneradas con uso intensivo de mano de obra.
Pero con el surgimiento y crecimiento de la industria de las energías limpias y otras tecnologías relacionadas con el clima, muchos creyeron que era posible otra historia. Cuando China empezó a conseguir cuota global de mercado en la producción de paneles solares y turbinas eólicas, algunos analistas sugirieron que en el resto del mundo en desarrollo podían aparecer “ventanas de oportunidad verdes”. Parecía que el sistema que había usado China para aprender el funcionamiento interno de las nuevas tecnologías a través de empresas conjuntas y acuerdos de licencia con los proveedores venidos de las economías avanzadas ofrecía a otros países un modelo que podían imitar.
Pero la diversificación geográfica de la innovación tecnológica sigue teniendo más de sueño que de realidad. Según un informe de la Agencia Internacional de la Energía, a pesar de la veloz difusión de las tecnologías de energía limpia (la capacidad solar se decuplicó desde 2015), las capacidades industriales siguen muy concentradas. En la mayoría de las cadenas de suministro de la energía limpia, entre el 60 y el 85 % de la capacidad de producción está concentrado en no más de cinco países, y en algunos segmentos la cifra supera el 95 %. A pesar de un esfuerzo creciente en pos de diversificar la producción, no es probable que haya cambios importantes en la distribución geográfica de estas cadenas antes de 2030.
Peor aún, esta tendencia ya no se limita a tecnologías maduras como los paneles solares, las turbinas eólicas y las baterías. Nuevos sectores como el de los dispositivos de electrólisis para la producción de hidrógeno verde y los reactores modulares pequeños ya muestran una dinámica similar. Datos reunidos por la OCDE señalan que alrededor del 92 % de las patentes correspondientes a nuevas tecnologías ambientales o relacionadas con el cambio climático que se registraron en 2023 procedió de China, Japón, Corea del Sur, Estados Unidos y la Unión Europea. En vez de crear un panorama industrial y tecnológico más distribuido, parece que la transición a una economía descarbonizada está reproduciendo una pauta histórica conocida: la adopción es global, pero el conocimiento, la capacidad productiva y la creación de valor siguen concentrados en un conjunto muy reducido de países.
Cerrar la brecha no será fácil. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe sostiene que es necesario un “big push” (gran impulso) ambiental para movilizar inversiones coordinadas que puedan transformar las estructuras productivas y crear capacidades tecnológicas y de innovación locales en los países y regiones rezagados.
Las instituciones multilaterales relacionadas con el clima no ignoran este desafío. El año pasado, las partes del Acuerdo de París, reunidas en el contexto de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, aprobaron el Programa de Belén para la Implementación de Tecnologías, con el objetivo de asegurar el despliegue de tecnologías respetuosas del medioambiente en los países en desarrollo.
Un aspecto novedoso de este programa es que presenta la innovación local como una necesidad, en vez de dar por suficiente la transferencia de tecnologías listas para usar. Reconoce que las tecnologías que se conciben, desarrollan y producen in situ son las más adecuadas para dar respuesta a desafíos que dependen del contexto y liberar valor económico.
Por supuesto que la transferencia de tecnología sigue siendo fundamental; pero debe producirse en un marco que tenga en cuenta la totalidad del ciclo tecnológico. Esto implica reconocer que la transferencia puede ocurrir en una variedad de etapas del proceso de innovación (desde la investigación y el diseño hasta la demostración, el despliegue y la comercialización), en vez de limitarse a la difusión de soluciones terminadas. Este cambio de postura puede ampliar las oportunidades para el aprendizaje, la adaptación y la innovación en los países receptores.
La implementación del programa de Belén enfrentará diversos obstáculos, que incluyen desde tensiones geopolíticas y barreras comerciales hasta el desvío de recursos financieros hacia la seguridad y la defensa. Pero no hay que perder de vista el valor adicional que se podría liberar con la adopción de un enfoque diferente. Con la elaboración de su concepto de “cosmotécnica”, el filósofo chino Yuk Hui nos recuerda que las tecnologías no son universales. Portan consigo la cosmovisión y los valores de los lugares donde se las concibió. Para contrarrestar el legado del colonialismo, la desigualdad actual y los males asociados con la era industrial, es imprescindible que la humanidad adopte la “tecnodiversidad”.
Una respuesta seria al cambio climático no puede basarse solamente en el despliegue a gran escala de tecnologías limpias homogéneas. Exige ampliar la capacidad mundial para comprender los problemas, generar soluciones y construir los sistemas necesarios para dar respuesta. El éxito de la descarbonización no debe medirse solamente por la rapidez de adopción de las tecnologías, sino también por la amplitud de la distribución de las capacidades para innovarlas, adaptarlas y producirlas. A fin de cuentas, un clima más seguro dependerá tanto de la descarbonización de la economía mundial como de la democratización de los fundamentos tecnológicos que hacen posible esa transformación.
Las ideas expresadas en este artículo son opiniones personales del autor y no reflejan necesariamente las ideas o posturas oficiales de las instituciones a las que pertenece. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Pedro Ivo Ferraz da Silva es el presidente del Comité Ejecutivo de Tecnología de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático y diplomático de carrera en el Ministerio de Asuntos Exteriores de Brasil.