¿Realmente es tan caro salir a comer?
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Saltando el año y el aumento de los precios en los insumos llega hasta del 20%. Las quejas constantes que todo está muy caro, con el aumento el refresco, la cerveza, hasta las lechugas no pintan un buen panorama.
Al sacar los costos seguro nos ha temblado el ojo. La mayoría queremos ser nobles con nuestra clientela, tratando de dar un balance promedio para no afectarnos y no afectar los bolsillos de quienes amablemente nos visitan.
Por eso siempre se busca ir a un sitio donde el precio y calidad vayan de la mano. Los restaurantes dejaron de ser estancias confortables de comida sabrosa para ser “instagrameables”, y eso de ser parte de la red social de la felicidad ha generado alzas en los precios para que también el comensal pueda tomarse fotos, etiquetar al sitio, etc.
El sonido parroquial de la recomendación de boca cada vez es más nulo. Ya que las mayorías salen y abarrotan los sitios que se anuncian en páginas foodies y que muchos de nosotros lo hacemos como parte de la estrategia para mantener el costo de ser ahora tan visibles y expuestos.
Hay restaurantes para todos los gustos y carteras. En los lugares top es menos el coleteo económico ya que su clientela es de mayores flujos. Las taquerías, por ejemplo, se llenan porque la mayoría es lo que pueden pagar; sus tacos, su chesco y salsita cumplidora.
Los bares de la cheve 2x1, con botana, donde van muchos chavos y consumen tres cervezas por toda la estancia. Las fondas casi ya invisibles, la nueva modalidad de terrenos con un contenedor y boneless y cerveza para la raza.
Los restaurantes de medio pelo, creo, son lo que más sufren los cambios y los efectos colaterales de las crisis. Sin embargo, estamos en un tiempo de saturación gastronómica: hay miles de opciones desde lo más top hasta lo más sencillos en las colonias. Pero, eso sí, el video para Instagram, los likes, las compartidas, no importa si esta bueno o malo “hay que ir”.
En medio de la gran vorágine de las redes y que está de moda tener restaurantes o cafeterías, que nos vean que podemos pagar, que hemos descubierto el mejor sitio, que los dueños dejamos pegada la lengua viendo qué crear o inventar para atraer esa clientela, hay algo que rescata está euforia: la honestidad de la cocina.
Doña Pelos, que tiene quince años vendiendo gorditas y que nadie le ha tomado una foto a su gloriosa sazón; los taquitos banqueteros de Don Eulalio; las memelas de la “seño” del mercado de la Bella Vista y así una lista de cocina —“del tamaño de la piedra es el chingazo”— donde la pretensión sólo queda en comer rico a precio justo.
Doña Pelos no ofrece cocina de autor ni molecular: “Pásele joven, gorditas de huevito con chile” —nunca dice que el huevo es de gallina africana libre de pastoreo y que la harina es exportada con chía por aquello del intestino perezoso—; igual Don Eulalio: “Pásele a los tacos de tripita, ¿le ponemos verdurita?”, al mismo costo, por cierto.
Eso es lo chido de la gastronomía, su servidora puede detectar si la barbacoa es de gato o de algún otro animal fantástico, los sabores son genuinos como los elotes enfrente de Las Pulgas. Sabes que no es queso oreado pero que con limón y chilito te vas bien pando. A diferencia de estos snacks grado cinco con polímeros llamados queso fundido... Pero se hacen virales. Y mañana sale otro que le pone algo más encima y así, y así, y así.
Pero el elote asado de La Pulga, más de 15 o 20 años con una fila interminable, esa cocina honesta es la que perdura. Los desayunos de Angélica que ya le haremos aquí su homenaje a su clara y visible propuesta, los tacos de La Procu, de los cuáles nadie se queja ni toma fotos, La Bodega, etc.
Lo verdadero es lo que seguirá de pie, la gente al final vuelve a los sitios donde amó comer, donde generó historias, memorias, donde no pidió la cuenta a meses sin intereses (hablo de las mayorías ignoradas) que son quienes mueven los billetucos. Pagan de contado, no se quejan, disfrutan porque es su regalo a sus jornadas laborales, no les importa salir en la foto: sólo desean comer rico.
Esas mayorías ausentes son quienes sostienen el 80% de la comida en lugares fuera de casa. En la diversidad está la belleza. Sin duda hay lugares que merece la pena pagar pero ese es otro público, otro ticket, otras formas.
Acá hablamos de lo abrumador que ha sido el aumento de los salarios para los pequeños, y pues nada, seguro una buena parte quedaran dentro de la economía local.