Reflexionando sobre la esclavitud después de la abolición: una memoria que todavía exige justicia y reparación

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Opinión
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La abolición terminó jurídicamente con la esclavitud, pero no necesariamente con todas sus consecuencias

Cada 23 de agosto conmemoramos el Día Internacional del Recuerdo de la Trata de Esclavos y de su Abolición, fecha en la que se evoca la insurrección iniciada en 1791 por mujeres y hombres esclavizados en la isla de Saint-Domingue, la actual Haití. Sin embargo, a pesar de la rememoranza de este día, aún es necesario recuperar la memoria y fortalecer la idea de que la esclavitud sigue siendo uno de los eventos más desgarradores de la historia de la humanidad, y que no es un hecho que podamos borrar de las páginas incómodas de los libros.

Este año, además, la conmemoración adquiere un significado especial debido a que la Asamblea General de las Naciones Unidas finalmente calificó la trata transatlántica y la esclavitud racializada de africanos como “el crimen de lesa humanidad más grave” de la historia. Dicha resolución fue aprobada por 123 votos a favor, tres en contra (los de Argentina, Estados Unidos e Israel) y 52 abstenciones.

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La trascendencia de esta determinación no reside únicamente en la calificación (crimen de lesa humanidad más grave de la historia), sino en reconocer que las consecuencias sociales, jurídicas y económicas de aquel sistema, prolongado durante más de cuatro siglos, no desaparecieron con su abolición jurídica, sino que continúan manifestándose en el racismo y en muchas de las desigualdades contemporáneas.

No podemos olvidar que la esclavitud transatlántica fue un sistema implementado a nivel mundial con el objetivo de transformar a seres humanos, y a sus descendientes, en propiedad hereditaria, enajenable y perpetua. Por tanto, la vida de las personas esclavizadas, cual objeto, podía comprarse, venderse y utilizarse para producir riqueza a aquellos que ejercían la violencia sobre el cuerpo y la dignidad de una población que, por su color de piel, fue deshumanizada.

Frente a aquel sistema surgieron voces que se negaron a aceptar la deshumanización como algo natural. Por ejemplo, Olaudah Equiano aportó en 1789 el testimonio de quien había sufrido el secuestro, la travesía atlántica y la esclavitud. De esta manera, su relato ayudó a transformar una discusión económica y política en una cuestión profundamente humana.

Otro ejemplo es el de Frederick Douglass, quien vinculó la libertad con el conocimiento al describir cómo aprender a leer le permitió comprender su sometimiento. De esta manera, demostró que negar la educación era una estrategia para impedir que las personas esclavizadas pudieran nombrar y cuestionar la injusticia.

Sin embargo, uno de los relatos más desgarradores es el de Harriet Jacobs, quien reveló la dimensión específicamente femenina de la esclavitud. Así, su valiente testimonio mostró que las mujeres eran sometidas a violencia sexual y reproductiva y vivían bajo la amenaza permanente de que sus hijos fueran vendidos. De esta forma, el principio partus sequitur ventrem establecía, además, que la condición de esclavitud se heredaba a través de la madre, lo que generaba que sus cuerpos y su capacidad reproductiva se convirtieron en instrumentos de acumulación económica de terceros.

Equiano, Douglass y Jacobs también nos recuerdan que las personas esclavizadas no fueron sujetos pasivos, sino que lucharon por preservar conocimientos, crearon comunidades libres, organizaron rebeliones y recurrieron a los tribunales. Por lo tanto, la abolición no fue una concesión generosa del poder, sino el resultado de siglos de resistencia, lucha y sacrificio.

A pesar de todos los esfuerzos, la abolición jurídica de la esclavitud no terminó con las ideas utilizadas para justificarla. En “Los Condenados de la Tierra”, Frantz Fanon describió el colonialismo como un “mundo cortado en dos”. De esta forma, Fanon explicó que la dominación no se limitaba a controlar territorios: construía una jerarquía racial que determinaba quién podía ser reconocido plenamente como ser humano.

Martin Luther King Jr. denunció la permanencia de esa lógica en una sociedad que había abolido la esclavitud, pero todavía sometía a la población afroamericana a segregación, pobreza y discriminación. Su afirmación de que “la injusticia en cualquier parte es una amenaza para la justicia en todas partes” vinculó la libertad individual con la responsabilidad ética de toda la sociedad.

Fanon y King siguieron caminos diferentes, pero ambos comprendieron que la libertad no consiste solamente en eliminar las cadenas visibles, sino que también exige desmontar las instituciones, las ideas y las desigualdades que continúan atribuyendo un valor distinto a las vidas humanas.

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Por eso, la resolución de Naciones Unidas antes descrita no se limita a recordar el pasado, sino que declara que estos crímenes no prescriben e impulsa un diálogo sobre justicia reparadora. Sin embargo, reparar no significa atribuir culpas personales a quienes viven hoy, sino reconocer que muchas instituciones y desigualdades actuales fueron construidas mediante aquel sistema y se transmitieron de generación en generación.

Tal vez ese sea el significado más profundo del 23 de agosto: comprender que la abolición terminó jurídicamente con la esclavitud, pero no necesariamente con todas sus consecuencias. Recordar a quienes la padecieron y a quienes lucharon contra ella exige algo más que conmemorar su sufrimiento: demanda reconocer su resistencia, recuperar las historias que fueron silenciadas y construir mecanismos de justicia y reparación capaces de enfrentar las desigualdades que aún persisten. Porque una sociedad no repara el pasado borrándolo, sino evitando que sus injusticias continúen determinando el presente.

La autora es profesora investigadora B de la Academia Interamericana de Derechos Humanos de la Universidad Autónoma de Coahuila

Este texto es parte del proyecto de Derechos Humanos de VANGUARDIA y la Academia IDH

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