Renuncio a ser mexicano
Renuncio al mexicano borracho como identidad. Al mexicano gandalla. Al mexicano que se ríe del que intenta hacer las cosas bien. Al mexicano que dice ‘no pasa nada’ mientras todo se está yendo a la mierda. Al mexicano que presume tradiciones que jamás se molestó en conocer
He tomado una decisión.
Después de años de profunda reflexión, incontables noches de insomnio, varias discusiones innecesarias en redes sociales y de observar con detenimiento a nuestra gloriosa sociedad mexicana, he decidido renunciar.
Sí.
Renuncio.
Renuncio a ser mexicano.
Y antes de que algún patriota de teclado se persigne, saque la bandera del cajón donde la tiene guardada desde el Mundial y venga a decirme que “México es lo mejor del mundo”, permítame explicar.
No estoy renunciando al territorio. No estoy renunciando a la historia. No estoy renunciando a nuestra comida, nuestra música, nuestras tradiciones, nuestra forma de hablar, nuestro humor, nuestra capacidad casi sobrenatural para sobrevivir al caos ni a esa maravillosa habilidad nacional para convertir cualquier tragedia en un chiste antes de que termine el día.
Estoy renunciando a esa versión ridícula de “ser mexicano” que hemos construido. Esa versión de plástico. La de sombrero de utilería, tequila barato, grito desaforado, bandera pintada en la cara y patriotismo de tres semanas.
La de “¡Viva México, cabrones!” mientras tiramos el vaso al suelo. La de presumir que somos un pueblo muy unido mientras nos estamos chingando al vecino. La de decir que México tiene una cultura impresionante y cuando preguntas cuál, responder: Pues... los tacos. Ah, bueno. Civilización explicada en tortilla. Qué profundidad.
Y es que, la verdad, somos mexicanos cuando nos conviene, no hay más. Hay algo verdaderamente fascinante en nuestra relación con México. El 15 de septiembre somos más mexicanos que Cuauhtémoc. El 16 amanecemos crudos, patriotas y preguntándonos quién se acabó la salsa.
Cuando juega la Selección, México es nuestra religión. Cuando ganamos, somos todos hermanos. Cuando perdemos, el árbitro es extranjero, corrupto, vendido, incompetente, pendejo, puñetas y probablemente responsable también de la inflación.
Cuando llega un cantante mexicano a triunfar en otro país: “¡Orgullo mexicano!” Cuando un científico, investigador, escritor, artesano o atleta mexicano hace algo extraordinario: “Pues qué bueno.” Pero que no nos pidan leer un libro de historia porque ahí sí tenemos asuntos más importantes. Bueno, aclaro, leer no lo hacemos, y “ler” eso sí, por favor hagan esa chingadera.
Nos encanta decir que México tiene una cultura milenaria. ¿Y qué sabemos de ella? Muy poco. Sabemos que hubo aztecas. Que había pirámides. Que Hidalgo dio el grito. Que Pancho Villa tenía bigote. Y que alguien, en algún momento, inventó los tacos. Fin del curso intensivo.
Pero eso sí: si alguien confunde una palabra náhuatl, una tradición regional o un símbolo patrio, inmediatamente aparece el mexicano experto en identidad nacional.
Porque aquí todos somos historiadores cuando se trata de corregir al prójimo.
¿Sabe usted querido lector que es lo que más me caga? Nuestro pinche patriotismo de temporada. Como los mangos, que también me cagan. Llega septiembre y aparecen banderas hasta en los espejos retrovisores. Hay banderas en los balcones, en los coches, en las ventanas, en los negocios. Y uno piensa: “¡Carajo! Finalmente despertó el nacionalismo.” No. Despertó septiembre.
Porque pasa octubre y la bandera vuelve a su bolsa. Pasa noviembre y ya estamos hablando de Navidad. Llega diciembre y México vuelve a ser esa cosa abstracta que mencionamos cuando alguien nos pregunta de dónde somos.
Eso sí: si alguien nos dice algo negativo de México desde otro país, inmediatamente saltamos. “¡No hables así de mi país!” ¿Ah, sí? ¿Y tú cuándo hablas así de él?
Porque una cosa es defender a México de una crítica externa y otra muy distinta es asumir que todo lo mexicano es perfecto.
No. México tiene cosas maravillosas. Y también tiene cosas que son una verdadera mentada de madre. Negarlo no es patriotismo. Es estupidez. Nota para mí: ¡Por favor, Daniel, no metas al gobierno en esto!
Y aquí viene una de las partes que más me divierte. Nos encanta importar culturas. No tengo nada contra eso. Al contrario. Conocer otras culturas es maravilloso. El problema comienza cuando conocer al otro significa despreciar lo propio. Nos ponemos japoneses porque vimos una serie. Nos ponemos coreanos porque descubrimos el K-pop. Nos volvemos expertos en cultura italiana porque aprendimos a decir “grazie”. De repente alguien toma café y ya quiere hablar de Sicilia.
Alguien compra una espada decorativa y cree que está listo para convertirse en samurái. Alguien aprende dos palabras en japonés y empieza a corregir a los demás. Pero pregúntale qué significa un símbolo mexicano. Silencio. Pregúntale de dónde viene una tradición de su propio estado. Silencio. Pregúntale quién fue determinado personaje histórico. Google. Y después: “Es que yo respeto todas las culturas.” Sí, cabrón. Todas menos la que te parió.
No se trata de encerrarnos en una burbuja nacionalista. Eso también sería una pendejada.
La cultura no es una cárcel. Pero tampoco debería ser un objeto que abandonamos porque encontramos algo extranjero que luce más bonito en Instagram. Puedes amar Japón sin odiar México. Puedes disfrutar Italia sin avergonzarte de tus raíces. Puedes escuchar música extranjera, practicar artes marciales japonesas, tomar café colombiano, comer pasta italiana y aun así saber quién eres. La identidad no se rompe porque conozcas al mundo.
Se rompe cuando para admirar al mundo necesitas despreciarte.
Y aquí seguramente alguien va a decir: “¡Pero ser mexicano también es la fiesta!” Claro que sí. ¡Faltaba más! Si algo sabemos hacer es celebrar. Nos pueden quitar muchas cosas, pero déjanos una bocina, una parrilla, una olla, tres hieleras y un vecino que no se queje demasiado y organizamos una fiesta en veinte minutos.
Tenemos humor. Tenemos música. Tenemos comida. Tenemos ingenio. Tenemos una capacidad extraordinaria para encontrar alegría incluso en circunstancias difíciles. Eso también es México. El problema es cuando reducimos toda nuestra identidad a eso. Cuando “ser mexicano” significa exclusivamente tomar hasta perder la dignidad, gritar hasta perder la voz y terminar abrazando a alguien que cinco minutos antes queríamos mandar a chingar a su madre.
Eso no es cultura. Eso es alcohol con bandera. Y no, antes de que se ofenda alguien: no estoy diciendo que beber sea inmoral. Estoy diciendo que una botella no debería ser nuestra credencial nacional. Porque si para demostrar que eres mexicano necesitas terminar hasta las chanclas, entonces tenemos un problema bastante serio. Y si necesitas destruir mobiliario público para demostrar tu amor por México, quizá no amas a México. Quizá solamente te gusta destruir cosas.
Oye, Daniel, pero estás olvidando que aun así tenemos algo que demuestra nuestra identidad, el orgullo de nuestra sangre ante el mundo... nuestros gloriosos y muy sagrados símbolos patrios. Aquí entramos en terreno peligroso.
Porque en México somos capaces de respetar símbolos extranjeros con una solemnidad impresionante. Una bandera japonesa: cuidado. Un templo japonés: silencio. Un símbolo budista: respeto. Una ceremonia extranjera: “Qué hermosa tradición”. Pero aparece un símbolo mexicano y: “¡Ah, eso qué!” Y peor todavía: “Mi religión no me permite respetarlo.”
Perfecto. Respeto absolutamente que cada persona tenga sus creencias. Pero una cosa es practicar una religión y otra es utilizarla como excusa para desconocer la historia, la cultura o los símbolos de un país. Puedes no venerar un símbolo. Pero respetarlo no significa adorarlo. Una bandera no es un dios. Un escudo no es una deidad. Un monumento no te está pidiendo que te arrodilles. Respetar un símbolo significa comprender que representa algo que va más allá de tu gusto personal.
Y aquí está la contradicción: Queremos que respeten nuestros símbolos cuando estamos en otro país, pero nosotros mismos nos burlamos de los nuestros. Nos encanta la estética extranjera. Pero nos da pena la nuestra. Nos ponemos nombres extranjeros porque “se oyen más bonitos”. Le ponemos nombres europeos a los hijos porque “suena elegante”.
Decoramos la casa como cafetería de Brooklyn. Vestimos como si fuéramos a una junta en Manhattan. Nos sentimos sofisticadísimos porque sabemos pronunciar “bruschetta”.
Pero cuando escuchamos una lengua indígena: “¿Y eso qué idioma es?” Pues uno de los idiomas de esta tierra, campeón. Uno que estaba aquí antes de que tú aprendieras a pedir un latte.
Nos burlamos de lo nuestro y quizá ahí está la parte más triste. Del acento. Del indígena. Del campesino. Del norteño. Del sureño. Del chilango. Del costeño. Del que habla diferente. Del que viste diferente. Del que conserva una tradición. Nos burlamos de todo. Y después nos preguntamos por qué nuestras tradiciones se están perdiendo. Pues porque las convertimos en motivo de vergüenza.
Queremos una cultura bonita, pero sin gente real. Queremos artesanías, pero no al artesano. Queremos gastronomía mexicana, pero no al campesino que produce los ingredientes. Queremos pueblos mágicos, pero no queremos respetar a las comunidades que los mantienen vivos. Queremos una fotografía bonita de una tradición. Pero no queremos aprender qué significa. Queremos el souvenir. No queremos la historia.
Pero así está la cosa: criticar a México entre nosotros es deporte nacional, pero que alguien de fuera diga exactamente lo mismo: “¡Pinche extranjero, no conoces nuestra cultura!”. Ah, caray. Entonces sí conocemos nuestra cultura. ¿Dónde estaba ese conocimiento cuando había que cuidarla? ¿Dónde estaba cuando tirábamos basura? ¿Dónde estaba cuando destruíamos monumentos? ¿Dónde estaba cuando despreciábamos nuestras lenguas? ¿Dónde estaba cuando una tradición nos parecía “de nacos”? Porque esa palabra también nos encanta.
“Naco”. La usamos como si fuera una categoría científica. Como si existiera un comité internacional encargado de determinar quién tiene suficiente clase para ser mexicano. Y lo más divertido es que muchas veces el que utiliza “naco” está viviendo exactamente las mismas miserias que critica. Pero con una camisa de marca. Qué sofisticación.
Ser mexicano no debería ser una excusa para la vulgaridad. Ni para la corrupción. Ni para la impuntualidad. Ni para la tranza. Ni para tirar basura. Ni para manejar como animal. Ni para chingar al prójimo. Ni para decir: “Así somos los mexicanos.” No. No “así somos”.
Así decidimos comportarnos. Hay una diferencia enorme. Porque decir “así somos” es quitarte toda responsabilidad. “Soy impuntual porque soy mexicano.” No. Eres impuntual porque eres impuntual. “Soy corrupto porque así funciona México”. No. Eres corrupto porque aceptaste la corrupción. “Me paso el alto porque aquí todos lo hacen”. Y ahí está precisamente el problema. Que todos lo hagan no lo convierte en virtud. Lo convierte en una epidemia.
Por eso renuncio.
Renuncio a ser ese mexicano que solamente aparece cuando hay tequila, fútbol y bandera.
Renuncio al nacionalismo de cantina. Al patriotismo de Facebook. A la bandera como decoración de temporada. A la cultura como disfraz. A la identidad como pretexto. Renuncio a creer que ser mexicano consiste en gritar más fuerte que los demás. Renuncio a pensar que conocer mi cultura significa memorizar tres fechas históricas. Renuncio a esa idea miserable de que respetar lo extranjero exige despreciar lo propio. Y sobre todo, renuncio a utilizar “así somos los mexicanos” como una licencia para ser un pendejo.
Porque si eso es ser mexicano, entonces sí: prefiero ser otra cosa. Pero aquí viene el pequeño detalle. No puedo renunciar. Porque México no es solamente lo que hacemos mal.
México también es lo que heredamos. Es lo que construyeron nuestros abuelos. Es el idioma que hablamos. Son las recetas que sobrevivieron generaciones. Son las manos que trabajan. Son las historias familiares. Son las fiestas de los pueblos. Son las lenguas originarias. Son los oficios. Son las canciones. Son los libros. Son los campos. Son las ciudades. Son las montañas. Son las personas que todos los días hacen su trabajo sin salir en televisión.
México también está en el maestro que enseña. En el artesano que conserva una técnica. En el cocinero que mantiene una receta. En el músico que preserva una tradición. En el padre que enseña respeto. En la madre que transmite una historia. En el joven que decide aprender de dónde viene antes de decidir hacia dónde quiere ir. Ese México sí me interesa.
Debemos renunciar a México, pero a la versión pendeja de México que nosotros mismos hemos fabricado. Esa es la verdadera revolución. No necesitamos gritar más. Necesitamos conocer más. No necesitamos presumir más la bandera. Necesitamos comportarnos de una manera que haga que esa bandera merezca ser respetada. No necesitamos decir “¡Viva México!” cien veces. Necesitamos hacer algo para que México viva mejor.
Lee. Aprende. Pregunta. Visita un museo. Conoce la historia de tu estado. Aprende qué significan los símbolos que ves todos los días. Escucha una lengua originaria. Compra a un artesano directamente. Aprende una receta tradicional. Conoce las historias de tus abuelos. Investiga de dónde viene tu apellido. Conoce tu ciudad. Cuida una plaza. No tires basura. Respeta al que piensa diferente. Deja de usar la cultura como disfraz. Y cuando encuentres algo extranjero que te maraville, disfrútalo. Pero después voltea hacia tu propia casa.
Porque probablemente hay algo extraordinario ahí que nunca te molestaste en mirar.
La identidad no se presume, se practica, y quizá ese sea el verdadero problema.
Hemos confundido identidad con apariencia. Creemos que ser mexicano es vestir de cierta manera, comer ciertas cosas, beber determinadas bebidas y gritar ciertas palabras. No. La identidad profunda no necesita disfraz. Se practica. Se transmite. Se estudia. Se respeta. Se cuestiona. Y también se transforma. Porque amar una cultura no significa convertirla en pieza de museo. México no tiene que quedarse congelado en 1810. Ni en 1910.
Ni en una postal de Frida Kahlo, tequila y sombreros. México cambia. Nosotros cambiamos.
Y eso está bien. Una cultura viva no es una cultura que repite exactamente lo mismo.
Es una cultura que sabe de dónde viene y tiene suficiente seguridad para decidir hacia dónde va.
Así que sí, como mi última chingadera como mexicano, precisamente renuncio a ser mexicano.
Renuncio al mexicano borracho como identidad. Al mexicano gandalla. Al mexicano que se ríe del que intenta hacer las cosas bien. Al mexicano que dice “no pasa nada” mientras todo se está yendo a la mierda. Al mexicano que exige respeto, pero no respeta. Al mexicano que presume tradiciones que jamás se molestó en conocer. Al mexicano que ama a México únicamente cuando México le sirve.
A ese mexicano sí lo rechazo. Pero al otro... Al que trabaja. Al que crea. Al que aprende. Al que enseña. Al que conserva. Al que cuestiona. Al que ayuda. Al que respeta. Al que conoce su historia sin vivir esclavizado por ella. Al que puede admirar al mundo sin sentir vergüenza de sus raíces. A ese mexicano no quiero renunciar. A ese quiero parecerme.
Porque quizá el patriotismo más honesto no consiste en decir que México es el mejor país del mundo. Eso es una mamada. México no necesita ser “el mejor”. Necesita ser mejor.
Y la diferencia parece pequeña, pero no lo es. El primero exige que los demás reconozcan nuestra grandeza. El segundo nos obliga a trabajar para construirla.
Así que la próxima vez que quieras presumir que eres mexicano, no saques la bandera.
Primero pregúntate qué estás haciendo tú para que México sea un poquito menos cabrón de lo que lo encontraste. Porque amar a México no es gritar su nombre. Es cuidar lo que representa. No es presumir sus símbolos. Es respetarlos. No es decir que nuestra cultura es maravillosa. Es conocerla. No es burlarse del extranjero para sentirse orgulloso. Es tener suficiente dignidad para no necesitar compararnos.
Y quizá, al final, eso sea ser mexicano de verdad: no llevar a México en la boca, sino en la conducta. Porque cualquiera puede gritar: “¡Viva México!” Lo difícil es vivir de una manera que haga que valga la pena decirlo. Pero al fin y al cabo, esta es solamente mi siempre y nunca jamás humilde opinión. Y usted... ¿Qué opina?
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