Aikido... ¿el arte marcial más infravalorado del mundo?
COMPARTIR
Mientras muchas disciplinas buscan vencer al oponente, el Aikido busca controlar la situación sin perder el control de uno mismo
Voy a empezar con una pregunta. ¿Cuándo fue la última vez que alguien te dijo “voy a empezar Aikido”? Exacto. Casi nunca. Lo normal es escuchar que alguien se metió a box, Muay Thai, Jiu-Jitsu, MMA, Karate o Taekwondo. Y está perfecto, todas son disciplinas extraordinarias. Pero el Aikido... El Aikido casi siempre pasa desapercibido.
Y la verdad... no tengo idea de por qué. Tal vez porque no sale tanto en televisión, porque no organiza peleas espectaculares, porque no vende la idea de “voy a destruir a mi rival” o tal vez porque nunca ha necesitado hacer ruido para demostrar lo que es. Y precisamente por eso hoy quiero hablar de él. Porque si nunca has escuchado sobre este arte marcial, creo que vale muchísimo la pena que lo conozcas.
Entonces... ¿Qué demonios es el Aikido? La respuesta rápida sería decir que es un arte marcial japonés. Pero sería como decir que Ferrari solamente fabrica carros. Sí... Pero no. El Aikido es muchísimo más que aprender llaves, proyecciones o inmovilizaciones. Es una forma distinta de entender el conflicto.
Cuando hablamos de Aikido, hablamos de Morihei Ueshiba, conocido como O-Sensei, Gran Maestro; él fue el fundador del Aikido. Él dedicó su vida a buscar una forma distinta de entender el conflicto. Mientras muchas disciplinas enseñaban cómo derrotar al adversario, él buscó resolver el enfrentamiento con el menor daño posible.
Mientras muchas disciplinas buscan vencer al oponente, el Aikido busca controlar la situación sin perder el control de uno mismo. Y créeme... Eso es muchísimo más difícil. Porque cualquiera puede enojarse. Cualquiera puede gritar. Cualquiera puede responder con violencia. Pero muy pocos pueden conservar la calma cuando todo alrededor parece un caos. Y ahí empieza el verdadero entrenamiento.
Esto no significa ser débil. No significa dejarse golpear. Significa comprender que la verdadera victoria no siempre consiste en destruir al otro. Consiste en controlar la situación sin perder el control de uno mismo.
No es únicamente un conjunto de técnicas para inmovilizar a un oponente o proyectarlo al suelo. No es una colección de movimientos elegantes. No es una coreografía. No es un deporte de contacto. No es un espectáculo. El Aikido es un camino. Y los caminos, cuando se recorren con paciencia, terminan transformando a quien los transita.
Vivimos en una época donde todo debe ser inmediato. Queremos resultados rápidos, cuerpos perfectos en treinta días, éxito en seis meses y felicidad instantánea. Nos desesperamos cuando las cosas no ocurren al ritmo que nosotros queremos. El Aikido funciona exactamente al revés. No tiene prisa. No le importa cuánto tardes. Solo le importa que no dejes de caminar. Quizá por eso es tan difícil comprenderlo desde afuera.
Las técnicas utilizan el equilibrio, la dirección de la energía, las palancas articulares, las proyecciones y el movimiento corporal para neutralizar un ataque.
Pero detrás de cada técnica existe algo mucho más importante. Existe una filosofía. Lo que el Aikido realmente entrena. Muchos creen que entrenar consiste únicamente en fortalecer músculos.
En el Dojo descubres que también debes fortalecer el carácter. Aprendes paciencia. Aprendes humildad. Aprendes respeto. Aprendes disciplina. Aprendes que cada caída tiene una razón. Y aprendes algo que hace mucha falta en el mundo moderno: aceptar que no todo saldrá bien la primera vez.
En el Aikido vas a caer cientos de veces. Vas a equivocarte miles de veces. Vas a sentir que no avanzas. Y aun así, regresarás al siguiente entrenamiento. Porque ese es precisamente el entrenamiento. No vencer a alguien. Sino vencer las ganas de rendirte.Pero aquí viene la gran pregunta, ¿Sirve para defenderse? Es probablemente la pregunta más frecuente. La respuesta corta es sí.
Pero sería injusto reducir el Aikido únicamente a la defensa personal. Sí, enseña control. Sí, enseña distancia. Sí, enseña equilibrio. Sí, enseña cómo reaccionar bajo presión. Pero conforme pasan los años descubres que la mejor pelea sigue siendo la que nunca ocurrió.
El verdadero poder no está en buscar conflictos. Está en tener la capacidad de evitarlos cuando sea posible y afrontarlos cuando sea necesario. Pero si solo buscas aprender a pelear... Creo que te vas a perder la mejor parte.
Porque el Aikido no solamente cambia la manera en que reaccionas cuando alguien intenta golpearte. Cambia la forma en que reaccionas ante la vida. Y eso vale muchísimo más.
Aquí no importa la edad. No importa el físico. No importa si nunca has practicado un arte marcial. El Aikido puede adaptarse prácticamente a cualquier persona. Entre muchas cosas desarrolla coordinación, equilibrio, movilidad, condición física, concentración y confianza.
También enseña algo que pocas actividades logran transmitir: trabajar con otras personas sin competir constantemente contra ellas. En el Dojo no entrenamos para demostrar que somos mejores que nuestro compañero. Entrenamos porque gracias a él podemos aprender. Cada persona que cae contigo también te está ayudando a levantarte.
Lo mejor del Aikido no es que aprendas a lanzar personas por los aires como quisieras hacerle a tu vecino un lunes por la mañana, (es un ejemplo personal, no haga tanto caso a esto) porque eso tarde o temprano llega, (no lo del vecino, recuerde, ejemplo personal). Lo mejor es todo lo que ocurre mientras aprendes. Empiezas a ser más paciente. Más humilde. Más disciplinado. Empiezas a escuchar. Empiezas a observar. Empiezas a entender que no siempre ganar significa vencer. Y hay una lección que me encanta. En el Aikido nadie se hace bueno porque nunca se cae. Se hace bueno porque se levanta miles de veces.
Pero no todo es miel sobre hojuelas, también existe la parte dura y no precisamente la que se puede imaginar. El Aikido no ofrece gratificación inmediata. Los avances son lentos. Las técnicas requieren miles de repeticiones. No existen atajos. No es un arte marcial donde llegarás en unos meses creyéndote invencible.
Además, muchas personas abandonan antes de comenzar a entenderlo. Porque quieren resultados rápidos. Porque comparan su progreso con el de otros. Porque la disciplina pesa más que la motivación. Pero quizá esa sea precisamente una de sus mayores virtudes.
El Aikido filtra a quienes únicamente buscan una emoción pasajera y conserva a quienes realmente desean crecer. Si eres una persona desesperada... el Aikido te va a desesperar. Si quieres resultados inmediatos... te vas a frustrar. Si buscas presumir que eres invencible después de tres meses... escogiste el arte marcial equivocado. Aquí las cosas toman tiempo. Mucho tiempo. Pero curiosamente... Las cosas que más tiempo toman son las que más permanecen.
Hace algunos años en Matamoros, Tamaulipas, tuve el privilegio de comenzar mi entrenamiento bajo la enseñanza del Sensei Alejandro Pedraza. Fue él quien me abrió por primera vez la puerta de este camino. Y digo camino porque eso es. No es un curso. No es un taller. No es una actividad de los martes y jueves. Es un camino.
Después la vida hizo lo que mejor sabe hacer. Mover las piezas. Llegaron responsabilidades. Cambiaron las prioridades. Y tuve que hacer una pausa. No fue porque dejara de creer en el Aikido. Simplemente era el momento de recorrer otro tramo de mi vida.
Y durante mucho tiempo pensé que simplemente había dejado de entrenar. Hoy entiendo que solo estaba recorriendo otro tramo del camino. Porque la vida tiene una manera muy curiosa de acomodar las piezas.
Y cuando llegó el momento correcto, fue ella misma quien me llevó nuevamente a un Dojo. La misma vida que un día me alejó... Fue la misma que años después me regresó al tatami. Esta vez aquí en Saltillo.
Hoy tengo el honor de entrenar bajo la tutela del Sensei Gustavo Durón. Y quiero detenerme aquí. Porque podría decir simplemente que es mi maestro. Pero sería una descripción demasiado pequeña. Porque un verdadero Sensei no solo enseña técnicas. Procura convertirse en una guía. En un ejemplo. No porque sea perfecto. Sino porque trabaja todos los días para ser perfectible. Y esa diferencia cambia completamente la manera en que uno aprende.
Porque cualquiera puede enseñar una técnica. Eso lo hace cualquier instructor. Pero ser Sensei...Eso es otra cosa. Esa es la verdadera diferencia que cambia completamente un Dojo.
Mire mi querido lector que no tengo el gusto de conocerlo pero me tomo un café, tequila o una chela, lo que sea que esté bebiendo cuando me lee, hasta agua si quiere, no puedo ni pretendo hablar por todos. Solo puedo hablar por mí. Y en mi caso... El Aikido me enseñó a tener paciencia. A entender que todo llega cuando tiene que llegar. Me recordó que la disciplina siempre termina derrotando a la motivación. Me enseñó que caer no tiene absolutamente nada de malo.
Lo malo... es decidir no levantarte. También me enseñó algo muy personal. Nunca es tarde para volver. A veces creemos que ya perdimos el camino. Pero el tatami tiene una forma muy curiosa de recibirte. Nunca pregunta por qué te fuiste. Simplemente te da la bienvenida.
El Aikido da muchísimo... pero pide muy poco. Y aquí viene lo curioso. No te pide dinero. No te pide talento. No te pide que seas atleta. No te pide que tengas veinte años. No te pide ser el más fuerte. Solo pide tres cosas. Paciencia, constancia y disciplina. Nada más. Suena sencillo. Hasta que intentas hacerlo. Y quizá esas tres palabras sean precisamente las más difíciles de entregar en un mundo acostumbrado a rendirse demasiado pronto.
Hoy necesitamos más Aikido que nunca. Vivimos rodeados de estrés, ansiedad, enojo, violencia y prisas. Nos cuesta escuchar. Nos cuesta respirar. Nos cuesta guardar silencio. Nos cuesta convivir. Discutimos por todo. El Aikido no resolverá todos los problemas del mundo, de eso estoy seguro. No es esa fórmula mágica para transformarlo todo en esa utopía que tanto deseamos. Triste pero cierto, aquí no se va a escuchar un mundo de caramelo, (si ya empezó a tararear necesita ayuda).
Pero puede cambiar la forma en que una persona enfrenta ese mundo. Y cuando cambia una persona, cambia una familia. Cuando cambia una familia, cambia una comunidad. Y cuando suficientes personas aprenden a controlar primero su propio ego antes que intentar controlar a los demás, el mundo inevitablemente comienza a mejorar.
Yo no puedo decir que el Aikido transformará la vida de todos. Pero sí puedo decir, con absoluta honestidad, que estoy tratando de transformar la mía a través de él. Y es difícil, es un trabajo constante. Es aprender que la verdadera fortaleza no consiste en golpear más fuerte. Consiste en levantarse una vez más. En seguir aprendiendo. En aceptar que nunca se deja de ser alumno. Y en comprender que el mayor combate no ocurre contra quien tienes enfrente. Ocurre todos los días, frente al espejo.
No sé si el Aikido sea para todos. Lo que sí sé es que todos deberían darle la oportunidad de conocerlo antes de juzgarlo. Porque a veces uno entra buscando aprender a defenderse... Y termina encontrando algo mucho más valioso. Una mejor versión de sí mismo.
Si nunca has pisado un Dojo, quizá sea momento de hacerlo. No para convertirte en un peleador. No para demostrarle nada a nadie. Hágalo para descubrir de qué es capaz cuando decide ser paciente, constante y disciplinado.
Y quién sabe, tal vez descubras que el Aikido no solo te enseña a defenderte. También puede enseñarte una mejor manera de vivir. Y quizá por eso el Aikido sigue siendo tan necesario, porque puede cambiar la forma en que una persona enfrenta este mundo.
Y cuando esa persona cambia... todo alrededor empieza a cambiar también.
Dedicado a mis maestros, Sensei Alejandro Pedraza, gracias por mostrarme el camino. Sensei Gustavo Durón, gracias por permitirme seguir recorriéndolo. Dojo Kangakô Kan, gracias por ser mi familia. Y a todos esos grandes amigos y maestros de vida que hoy forman parte de mi vida.
Instagram: entreloscuchillos
Facebook: entreloscuchillosdanielroblesmota
Correo electrónico: entreloscuchillos@gmail.com