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Opinión
/ 16 febrero 2026

Parece que hay una indigencia de ánimo que se extiende como una sombra discreta, casi imperceptible, pero persistente. No irrumpe con estruendo ni se anuncia con claridad; más bien se infiltra lentamente en la vida cotidiana, debilitando la capacidad de asombro, erosionando la voluntad y apagando, sin violencia visible, el deseo de plenitud. Es la carencia de ese combustible interior que permite al ser humano no solo mantenerse en pie, sino orientarse hacia lo alto, aspirar a la verdad, a la belleza, al bien; en suma, a convertirse en algo más grande que la mera suma de sus necesidades inmediatas.

VACÍOS

Vivimos rodeados de estímulos, pero empobrecidos de sentido; saturados de información, pero vacíos de significado. Nunca habíamos tenido tanto acceso al conocimiento y, sin embargo, pocas veces habíamos experimentado con tanta intensidad la confusión sobre para qué vivir. La abundancia exterior convive con una silenciosa escasez interior.

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Se multiplican las conexiones, pero disminuyen los encuentros; crecen las opciones, pero se debilitan las convicciones; se acelera el tiempo, pero se adelgaza la profundidad. Y así, casi sin advertirlo, la existencia corre el riesgo de reducirse a una sucesión de instantes sin horizonte, donde todo ocurre, pero nada verdaderamente permanece.

AGONÍA

Martín Descalzo intuía que la enfermedad profunda del mundo moderno no residía únicamente en la crisis de la fe o en el deterioro de las virtudes, sino en la agonía de la esperanza. Cuando el ser humano deja de creer que su vida puede orientarse hacia el bien, cuando interrumpe la búsqueda de lo mejor que podría llegar a ser, comienza una lenta rendición interior.

Se instala entonces la sospecha de que somos irremediablemente malos por naturaleza y, como consecuencia última de ese desencanto, la idea de que Dios ha desaparecido, que el universo está deshabitado de sentido y que caminamos solos en una intemperie sin promesa.

DESESPERANZA

El abandono de la esperanza no ocurre de golpe; sigue una secuencia casi imperceptible. Primero aparece la mediocridad, entendida no como falta de talento, sino como renuncia a la grandeza interior. Después surge el pesimismo, ese clima espiritual donde germina la convicción de que todo da igual y nada merece realmente el esfuerzo.

La desesperanza engendra la apatía; esta suele nacer tras un escepticismo que se disfraza de lucidez intelectual y termina desembocando en la resignación estéril. Poco a poco el corazón se enfría, los proyectos se apagan, los vínculos pierden densidad y el encuentro con los otros deja de ser fuente de sentido.

Surgen la indiferencia, el desapego y la irresponsabilidad, hasta caer en ese abismo silencioso que algunos filósofos llamaron nihilismo y que, en términos humanos, no es otra cosa que un suicidio espiritual que se consuma sin ruido.

VACUNA

No es extraño que esta atmósfera encuentre alimento en la realidad cotidiana. Cada día somos expuestos a relatos de violencia, corrupción, enfermedad, catástrofe e inseguridad. El mal parece ocupar las primeras planas mientras el bien transcurre en silencio.

A ello se suma la banalidad de muchos discursos públicos, la superficialidad de ciertos entretenimientos y una sensación difusa de miedo que termina por normalizarse. Sin darnos cuenta, comenzamos a vacunarnos contra nuestra propia humanidad y aceptamos como inevitable la degradación moral. La excepción —la bondad, la entrega, la belleza— empieza a parecernos ingenua.

DESESPERACIÓN

Sin embargo, la tradición filosófica ha sostenido obstinadamente una verdad distinta. Gabriel Marcel afirmaba que esperar es afirmar que la realidad es más rica que el presente visible. Es decir, que lo que vemos no agota lo que existe ni lo que puede llegar a ser.

La esperanza no sería entonces una ilusión psicológica, sino una forma de conocimiento espiritual: la intuición de que el sentido permanece incluso cuando no se muestra con claridad.

Kierkegaard, por su parte, describió la desesperación como la enfermedad mortal del espíritu, porque rompe la relación del ser humano consigo mismo y con aquello que lo trasciende. Allí donde la desesperación clausura el futuro, la esperanza vuelve a abrirlo.

HÁBLAME

Tal vez por eso abundan las parábolas sencillas que intentan recordarnos lo esencial: Se cuenta la historia de un hombre que pidió a Dios que le hablara, y el viento hizo cantar a los árboles, pero no escuchó. Pidió una señal, y un rayo cruzó el cielo, pero no miró.

Exigió un milagro, y nació un niño, pero no comprendió. Suplicó ser tocado, y Dios descendió en la fragilidad de una mariposa que él mismo espantó.

La escena parece describir nuestra época: rodeados de signos de sentido, caminamos distraídos. Hemos erosionado la capacidad de asombro, que es, en el fondo, la antesala de la esperanza.

Y, sin embargo, la realidad entera resiste el veredicto del pesimismo absoluto. Millones de personas viven cada día entregándose en silencio: madres y padres que cuidan, maestros que forman, médicos que acompañan, trabajadores anónimos que sostienen el mundo sin aparecer en ninguna estadística moral.

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Hay tragedias, sí, pero también héroes discretos. Hay egoísmo, pero más generosidad de la que solemos admitir. Hay corrupción, pero también servicio íntegro. La historia humana no es únicamente caída; es, al mismo tiempo, posibilidad permanente de redención.

REDENCIÓN

Viktor Frankl, que conoció el extremo del sufrimiento en los campos de concentración, escribió que al ser humano se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la libertad de elegir su actitud frente a cualquier circunstancia. En esa libertad interior habita la raíz de la esperanza auténtica.

No se trata de optimismo ingenuo ni de negación del dolor, sino de una decisión moral: afirmar el sentido incluso cuando la evidencia parece negarlo. Esperar, en este horizonte, es un acto de responsabilidad espiritual.

Mirado desde esta perspectiva, el drama contemporáneo no es simplemente social, político o económico; es, ante todo, existencial. Nos hemos vuelto expertos en transformar el mundo exterior, pero torpes en habitar nuestro mundo interior.

Sabemos producir, comunicar y acumular, pero hemos olvidado contemplar. Y sin contemplación no hay profundidad; sin profundidad no hay sentido; sin sentido, la esperanza se vuelve imposible.

REVIVIR

Pero la esperanza siempre puede revivir. No como consigna ingenua, sino como experiencia concreta. Revive cuando alguien decide amar en lugar de odiar, servir en lugar de aprovecharse, construir en lugar de destruir.

Revive cuando una comunidad se organiza para cuidar la vida, cuando un joven apuesta por el bien común, cuando un corazón herido vuelve a confiar. Revive, sobre todo, en esos gestos invisibles que no ocupan titulares, pero sostienen silenciosamente la dignidad del mundo.

En países heridos por la violencia o la desigualdad hablar de esperanza podría parecer un lujo retórico. Sin embargo, es precisamente allí donde se vuelve más necesaria.

Porque cuando todo parece perdido, la esperanza deja de ser optimismo y se convierte en resistencia moral. Es la decisión de no entregar el alma al cinismo, de no aceptar la oscuridad como destino definitivo.

MIENTRAS

Quizá por eso Aristóteles definió la esperanza como el sueño del hombre despierto. No un escape de la realidad, sino una visión que orienta la acción. Soñar despierto significa ver más allá de lo inmediato y actuar en consecuencia. Significa creer que el bien todavía es posible y trabajar para hacerlo visible.

Al final, la gran pregunta no es si existen razones para la esperanza, sino si estamos dispuestos a vivir de acuerdo con ellas. Porque la esperanza es una forma de estar en el mundo. Implica mirar la realidad con lucidez, pero sin rendirse; reconocer el mal, pero sin absolutizarlo; aceptar la fragilidad humana, pero sin negar su grandeza.

Mientras exista un solo gesto de amor gratuito, una sola conciencia que elija el bien en medio de la noche, una sola vida que se niegue a ceder al vacío seguirá siendo verdad que la esperanza no es una ilusión. Es una fuerza real, discreta y tenaz, que atraviesa la historia humana como una promesa silenciosa.

Y tal vez ahí resida la verdad última: que el resplandor humano no se ha extinguido, solo espera ser reavivado. No brota únicamente de nuestras fuerzas, sino de una Presencia más honda que nos sostiene aun en la oscuridad.

Dios permanece silencioso, actuando en cada gesto de amor, en cada conciencia que elige el bien, en cada vida que vuelve a empezar.

Por eso la esperanza no es una ilusión, sino la señal más íntima de que la luz sigue viva. Y mientras exista un corazón capaz de amar y servir, seguirá siendo verdad que la esperanza es el motor de la vida.

cgutierrez_a@outlook.com

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