Santa Teresita

Opinión
/ 17 septiembre 2024

Se oye el fragor del trueno y la noche se enciende con el fulgor de los relámpagos. Cae una lluvia de tempestad. La madre, temerosa por la amenaza de los rayos, corre por el camino hacia la casa. Lleva de la mano a su hija más pequeña.

-¿No tienes miedo? −le pregunta.

-No −responde la niña−. Esto también es Dios.

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Frecuentemente Santa Teresita del Niño Jesús es confundida con su tocaya mayor, Santa Teresa de Jesús. La confusión es explicable: ambas fueron carmelitas, las dos se llaman con el mismo nombre, son Doctoras de la Iglesia y una y la otra escribieron sendos libros en los que hicieron el relato de sus vidas.

Santa Teresita nació el 2 de enero de 1873, en Alenzón, de Francia. Su familia era modesta; relojero el padre; costurera la madre; gendarme el abuelo materno... Dos recuerdos conservó la niña de su primera infancia. El primero: de regreso de un viaje el papá ofrece a sus hijas regalos, y les pide que cada una escoja el que más quiera.

-¡Yo los quiero todos! −exclama ella.

El segundo recuerdo es doloroso: un ataúd en la sala de su casa. Guarda el féretro el cuerpo de la madre muerta. La niña tiene 5 años de edad.

-Aquella caja me pareció enorme.

No ha llegado a la adolescencia todavía y ya pide a su padre permiso para entrar de novicia en el Carmelo.

-Eres muy pequeña −le dice el relojero.

La jovencita ha cumplido ya 14 años, y es muy bella. Sus ojos azules tienen por marco un rostro marfilino y una suntuosa cabellera rubia. Un joven oficial la corteja. A ella no le es indiferente el muchacho, pero ya tiene decidido el rumbo de su vida. Es, sin embargo, joven, y es mujer.

-Tuve que marcharme de la ciudad −narraría después con buen humor−, porque no habría tenido fuerzas para resistir aquel asedio militar.

Va a Roma con su padre y sus hermanas. Se unen a una caravana de peregrinos que van a ver al Papa. En la presencia del Pontífice la niña avanza ante el asombro de todos y se postra a sus pies.

-Santísimo Padre −le dice con voz firme y claraV, quiero pediros una gracia muy grande: la de entrar en el Carmelo.

El Santo Padre sonríe. Pone su mano en la cabeza de la jovencita y le contesta en francés:

-Entrarás si Dios quiere.

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Quiso Dios. Teresa ingresó en el convento el 9 de abril de 1888. Al despedirse de su padre le dijo:

-Quiero ir al Cielo haciendo el bien en la tierra.

Fue muy corta la vida de la santa. Pocos años después de profesar enfermó de tuberculosis. Aquejada por ese grave mal hizo su vida religiosa. Una noche, en la oscuridad de su celda, sufrió una hemorragia. “Sentí la sangre que me subía desde el pecho a la garganta, y fue como un murmullo lejano que me anunciaba la presencia del Esposo”. En junio de 1897 hubo de ser llevada a la enfermería del convento. Ya no saldría de ahí. El 30 de septiembre se le acabó la vida terrenal. La última palabra que se le oyó decir fue “amor”.

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