Santana Jiménez, los carteristas y los hackers
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Las herramientas digitales son eficientes, pero en las manos equivocadas son devastadoras
Santana Jiménez fue un temible jefe de la policía, originario de Piedras Negras, que detentó un gran poder en los 1950 y principios de la siguiente década. Cuento a continuación un testimonio que conocí de primera mano de personas confiables y muy cercanas, relacionado con este personaje. En los años 50 la Feria de Saltillo tenía como sede los terrenos del Instituto Tecnológico de Saltillo, los que una noche de verano el matrimonio recorría, habiendo dejado a sus inquietos y traviesos críos con la “sirvienta” o con la “nana”, como se les decía.
Con paso tranquilo y relajados, admiraban los puestos de los expositores: La Internacional Harvester, Cinsa, Fábricas El Carmen, Talleres El Popo, la Cruz Roja, los clubes de Leones, Rotarios, Sembradores, Molinos El Fénix, La Forestal, etc. De pronto la esposa le dice al marido: “Ramón, nos vienen siguiendo”. El hombre voltea y le dice a la mujer que no hay nadie; que no se preocupe. Minutos después, hacen un alto en su recorrido para disfrutar de los antojitos mexicanos, cuyo menú incluía, entre otras delicias: enchiladas con papas, taquitos al pastor, tostadas, chiles rellenos o un pozole. Hasta aquí todo bien; sin embargo, al momento de pagar la cuenta, la cartera del señor había desaparecido.
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Dado que el afectado conocía al señor Santana Jiménez, acudió a narrarle lo acontecido y a pedirle su apoyo. La respuesta fue expedita: la policía se dirigió directo al desaparecido Hotel Colonial, que por años se localizó sobre la acera sur de la calle Presidente Cárdenas, a unos pasos de la calle de Allende.
Al llegar la fuerza pública al inmueble, varios individuos que ahí se alojaban subieron a esconderse a la azotea, de donde fueron bajados y conducidos a los famosos y lúgubres “separos”, ubicados en la planta baja de Palacio, cuya puerta daba a la calle de Juárez, frente a los despachos de algunos abogados que aún existen en esa zona.Los sospechosos fueron trasladados al cuarto de interrogatorio, en donde la diligencia fue encabezada por el propio jefe policíaco, quien preguntó con voz firme quién tenía la cartera del señor. Se produce un largo silencio, ante lo cual viene la orden tajante: “Se quitan la camisa y la camiseta y se me ponen con la cara frente a la pared, con las espaldas descubiertas”. A continuación, Santana blande un filoso machete, con cuyo canto descargó al primero en la fila un brutal golpe; al individuo, ante la fuerza del impacto, se le doblaron las piernas, cayendo al suelo. De inmediato, alguien dijo: “Yo tengo la cartera”.
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Acto seguido, se dirigieron a unos terrenos baldíos, frente a donde por un largo tiempo estuvo la Cinsa; ahí, bajo unas piedras, se encontraba el dinero. ¿Cómo fue posible que Santana supiera el sitio exacto donde estaban los ladrones? Muy sencillo: antes de la feria, los maleantes se ponían de acuerdo con la policía y, mediante una suma monetaria, adquirían el derecho a operar. Los métodos para arreglar los problemas eran brutales, pero eficientes; había control y cero derechos humanos.
Este episodio fue real y sucedió hace más de 70 años. Ahora las cosas son diferentes, en gran medida por los avances tecnológicos, que han hecho posible la proliferación de los hackers, que con gran destreza pueden robar con tan solo oprimir un botón sumas millonarias, tanto a personas como a empresas y gobiernos.
Santana Jiménez ya es historia y hoy tenemos a la policía cibernética en una carrera frenética contra los ladrones digitales, que son más peligrosos que los carteristas de antes. Las herramientas digitales son eficientes, pero en las manos equivocadas son devastadoras, pues tienen la capacidad para dejar en la calle a sus víctimas. En el caso de los bitcoins, un inversionista corre el riesgo de perder su capital en caso de olvidar su contraseña. Ante este fenómeno que va en ascenso, tanto individuos, como los bancos y el gobierno no tienen otra opción que reforzar las medidas de seguridad.