¿Se globalizará la guerra de Trump con Canadá?
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La disputa entre Estados Unidos y Canadá señala el inicio de una nueva era
Por Vera Songwe, Project Syndicate.
WASHINGTON, DC- Desde mediados de diciembre de 2025, el sur de África sufrió meses de lluvias incesantes. En Mozambique, esto provocó crecidas que destruyeron carreteras, puentes, centros de salud y colegios en toda la provincia de Gaza; hubo más de 700 mil personas afectadas y más de 200 mil desplazadas. Se registraron unas 300 muertes, y las inundaciones dejaron a su paso enfermedades transmitidas por el agua. Unas semanas después, World Weather Attribution emitió su veredicto: el cambio climático hizo que las lluvias fueran un 40 % más intensas.
La comunidad internacional de donantes hizo entonces lo que siempre hace cuando un desastre climático azota África u otra región en desarrollo. Se atribuyó la culpa al cambio climático, presentado como un fracaso colectivo abstracto sin un único culpable. Las víctimas eran pobres, pero no se identificaron responsables concretos, de modo que nadie le pasó factura a nadie.
Pero puede que esa era haya terminado; no en Maputo, sino en el humo que cubrió Nueva Jersey. Mientras los cielos de gran parte de Estados Unidos se teñían de naranja como resultado de cientos de incendios forestales en Canadá, y millones de aficionados al fútbol se preguntaban si eso afectaría el evento deportivo más visto del mundo, el presidente Donald Trump no respondió con cooperación o ayuda mutua, sino con pedidos de rendición de cuentas. Calificó la contaminación canadiense como una «invasión innecesaria» de los Estados Unidos, y anunció una subida de aranceles a Canadá como resultado de la gestión forestal negligente de su gobierno.
La política del cambio climático acaba de cruzar un umbral crítico. Por primera vez, una gran potencia le puso precio a daños transfronterizos provocados por el cambio climático y se cobró una indemnización unilateral (en este caso, contra un país amigo, vecino y aliado). Lo que antes era una cuestión de desarrollo, seguros o contabilidad de emisiones ahora es una disputa bilateral en materia de seguridad y comercio entre dos economías del G7. Somos testigos del primer conflicto internacional por la seguridad climática.
Aquí hay mucha ironía. El primer ministro canadiense Mark Carney fue por espacio de una década la voz financiera más influyente del mundo en materia climática. Como primer y principal banquero central en señalar la «tragedia del horizonte», dio al sector financiero vía libre para tratar el cambio climático como una fuente de riesgos financieros (algunos de ellos físicos, otros derivados de la transición económica en general).
Pero como primer ministro, Carney enfrenta la presión de una coalición dentro de Canadá que exige aumentar la producción gaspetrolera, y de un gobierno estadounidense que usa los aranceles para exigir más extracción, más oleogasoductos y más uso de los mismos combustibles fósiles que están aumentando la frecuencia y gravedad de los incendios forestales. Este episodio demuestra que los costos climáticos no los juzgará la ciencia, sino que los instrumentalizará quienquiera que tenga poder de coerción. El humo es canadiense, el carbono es global y los aranceles son estadounidenses. Es una pauta que a los países en desarrollo les resultará familiar. Allá por 2019, el G20 suspendió la financiación multilateral para la exploración gaspetrolera en los países en desarrollo, por el mero hecho de que podía hacerlo, ignorando las consecuencias para el crecimiento de esos países.
La disputa entre Estados Unidos y Canadá señala el inicio de una nueva era, porque la física nos asegura que lo mismo que ocurrió se repetirá. Los incendios que azotaron Los Ángeles en enero de 2025 fueron uno de los desastres más costosos de la historia, a pesar de que afectaron a un único país. Pero no siempre será así. El humo, las inundaciones y las migraciones provocadas por sequías no respetan fronteras. La India, Pakistán y China comparten ríos alimentados por el Himalaya; seis países ya se disputan el control sobre las aguas del río Mekong; Senegal absorbe cada vez más polvo del Sahara procedente de Mauritania; y las poblaciones desplazadas ejercen presión constante sobre Europa.
Cada uno de estos temas es un “arancel al humo” a la espera de ser aplicado. Si Estados Unidos puede arancelar el humo canadiense, ¿no debería Mozambique (azotado por un problema en cuya creación no participó) exigir una indemnización a los mayores emisores? Los pequeños Estados insulares ya plantearon el asunto ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ). ¿No podrán ahora citar las acciones de Estados Unidos como prueba de que el daño climático es un perjuicio interestatal justiciable? Si el daño es real, cuantificable y atribuible, alguien tiene que pagar.
Pero en la práctica, una respuesta individual al cambio climático con acento en la seguridad propia generará consecuencias económicas desastrosas. Una Europa “fortificada” tardará más en descarbonizarse y renunciará a más o menos el 14 % de su producción potencial de aquí a 2050. Las aseguradoras advierten de que la fragmentación impide al capital cruzar fronteras; esto crea riesgos colectivos regionales demasiado correlacionados como para diversificarse y desalienta la provisión de cobertura a zonas de concentración de riesgo. Responder a los daños climáticos con aranceles acelerará estas tendencias.
En vez de seguir improvisando después de cada crisis, las autoridades deben centrarse en tres prioridades. La primera es considerar la resiliencia climática como una forma de seguridad compartida. Carney tiene razón al destacar que la lucha contra el cambio climático es responsabilidad de todos los países, pero nadie oyó su mensaje. Tras décadas de colaboración entre Estados Unidos y Canadá contra los incendios forestales, ahora parece que el modo más fácil de asignar responsabilidades es arancelar. Pero invertir de manera conjunta una parte de los ingresos de los aranceles en gestión de incendios, protección de cuencas hidrográficas y resiliencia de las redes eléctricas al menos contribuiría a neutralizar el potencial de instrumentalización agresiva de estas políticas.
La segunda prioridad es establecer mecanismos de resolución de disputas, antes de que haya conflictos más graves. El mundo necesita un sistema compartido de evaluación de daños climáticos transfronterizos basado en la ciencia, no en el poder de coerción. Tal vez la inteligencia artificial pueda ofrecer soluciones. ¿Qué aportó cada uno? ¿Quién no se adaptó? Y en consecuencia ¿quién le debe a quién? Los pequeños Estados insulares y el V20 han llevado la delantera en este debate, y consiguieron un dictamen consultivo de la CIJ y un fondo de las Naciones Unidas para pérdidas y daños. Ahora hay que reforzar estas respuestas. Las normas del comercio internacional deben distinguir entre los gravámenes legítimos al carbono y el proteccionismo climático coercitivo.
La tercera prioridad es evitar un choque entre la soberanía y la descarbonización. La disputa entre Estados Unidos y Canadá lleva implícito el supuesto de que los costos climáticos tienen que ser atribuibles a la negligencia de alguno, en vez de ser la consecuencia compartida de las emisiones acumuladas. El resultado inevitable de este razonamiento es que los países que más emiten conviertan los costos de su propia inacción en herramienta de presión. La mejor alternativa a la lógica de los aranceles fronterizos es la creación de mercados de carbono resilientes y eficientes que vinculen de forma coherente y predecible las emisiones, el acceso a mercados y la financiación e inversión para medidas de adaptación al cambio climático. Quizá haya llegado el momento de un debate real sobre los mercados mundiales de carbono regulados (no voluntarios).
El humo que cubrió Nueva York y Nueva Jersey se disipó a tiempo para que España ganara el Mundial, mientras Trump y Carney observaban desde las gradas. Pero el precedente ya está sentado. Hacía tiempo que los activistas climáticos preguntaban si los países iban a cooperar para evitar daños. Ahora la pregunta es qué harán los gobiernos conforme esos daños son cada vez peores. ¿Encontrarán una respuesta mejor que arancelarse unos a otros? El primer conflicto mundial por la seguridad climática no da motivos de esperanza, pero todavía estamos a tiempo. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Vera Songwe, investigadora superior no residente en el programa sobre economía mundial y desarrollo de la Brookings Institution, es fundadora y presidenta del Instrumento de Liquidez y Sostenibilidad.