Seguridad vial: es un pendiente monumental
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Los accidentes en motocicleta no han hecho sino aumentar en el último lustro. Y ello ocurre porque, la verdad sea dicha, a nadie le importa realmente la seguridad vial
La seguridad vial, se ha dicho en todos los tonos posibles, constituye una de las asignaturas pendientes de nuestra vida pública. Y lo es, sobre todo, porque nadie parece tomársela en serio, lo cual se nota en las estadísticas sobre siniestralidad vial.
No existe una sola variable de este aspecto de nuestra vida comunitaria cuyo comportamiento pueda considerarse “normal” o adecuado. Para donde se voltee, lo que se ve son signos de alarma que debieran provocar la inmediata reacción de las autoridades de todos los órdenes de gobierno.
Una arista poco abordada del fenómeno es la que se consigna en el reporte que publicamos en esta edición, relativo a los accidentes en motocicleta que se registran en el territorio de Coahuila y que son protagonizados, sobre todo, por jóvenes de entre 18 y 22 años.
Los datos que proporciona el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) no dejan lugar a dudas: los accidentes en motocicleta, registrados en nuestra entidad, crecieron casi 28 por ciento entre 2020 y 2025, al pasar de mil 405 a casi 2 mil.
La razón fundamental de este incremento en la siniestralidad es clara: en los hechos, no existe regulación alguna para la venta, compra y operación de tales vehículos. Cuando mucho, lo que existe es un mecanismo reactivo que se limita a una irracional condena de la existencia de tales unidades.
Tanto las motocicletas como las bicicletas debían considerarse una alternativa deseable de movilidad que ayude a descongestionar las calles y desincentive el uso del automóvil. Pero para que tal cosa ocurra es imprescindible que exista una política pública concebida para que tales unidades –y otras más– se incorporen de manera armónica al parque vehicular citadino.
Por desgracia, eso no es lo que ocurre. Por el contrario, debido a que la política de registro vehicular está orientada, casi en exclusiva, a la función recaudatoria, los aspectos viales y de seguridad son dejados de lado, con las previsibles consecuencias negativas que hoy padecemos.
De vez en cuando, como ocurre con insana frecuencia en nuestros días, un video que se viraliza provoca una burbuja de discusión en las redes y concita la manifestación colectiva respecto de los posibles accidentes viales que pueden registrarse por la falta de regulación.
Pero en cuanto el ruido mediático es opacado por el siguiente escándalo, el tema se olvida y, como es previsible, ninguna autoridad considera necesario reaccionar ante la evidencia que estuvo en boca de todos durante algunas horas e incluso días.
Tras perseverar largamente en la práctica, a nadie puede extrañarle que, a la vuelta de los días –o de las semanas–, estemos reseñando la enésima tragedia que debió evitarse. Porque en el fondo, el problema es que no terminamos de entender que la indignación instantánea no cambia nunca la realidad, a menos que se convierta en preocupación y exigencia constante.
¿Qué nos hace falta para transitar de lo primero a lo segundo?