Sonreír

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Opinión
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La alegría no debe estar peleada con ninguna creencia ni cultura, sobre todo al manifestarse de la manera más sencilla: una sonrisa

El papa Francisco dijo: “No se puede vivir cristianamente sin alegría, al menos en su primer grado, que es la paz. De hecho, el primer escalón de la alegría es la paz: sí, cuando vienen las pruebas, como dice san Pedro, uno sufre; pero baja y encuentra la paz, y esa paz no puede quitarla nadie”.

Esta sentencia, desde mi punto de vista, posee un alcance universal. Aplica a todas las religiones y también a quienes, aun sin profesar alguna fe, buscan vivir con serenidad, paz y sentido.

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La alegría no está peleada con ninguna creencia ni con cultura alguna; por el contrario, es tan profundamente humana que se manifiesta de la manera más sencilla y gentil: a través de una sonrisa.

BIENESTAR

Una sonrisa significa mucho. Enriquece a quien la recibe sin empobrecer a quien la ofrece. Dura apenas un instante, pero su recuerdo puede permanecer durante años. La sonrisa es una de las expresiones más nobles del alma humana; una manera silenciosa de intentar transformar el mundo, de volverlo más habitable.

Los seres humanos nos distinguimos de los demás seres por nuestra capacidad de trascender, por la posibilidad de soñar, amar y crear, y también por ese maravilloso don de sonreír.

Sonreír no es un gesto superficial; es, muchas veces, la señal visible de una disposición interior. Hay personas cuya sonrisa parece provenir de un lugar sereno y profundo, como si detrás de ella existiera una reconciliación íntima con la vida.

Incluso la ciencia contemporánea ha comenzado a estudiar con mayor profundidad el poder de la sonrisa. Diversas investigaciones muestran que sonreír favorece la liberación de neurotransmisores asociados al bienestar, como la dopamina, la serotonina y las endorfinas, sustancias relacionadas con la serenidad y la disminución del estrés. Otros estudios sostienen que una sonrisa auténtica puede reducir el cortisol, ayudando a generar una sensación de calma emocional.

La psicología y las neurociencias también han encontrado que las personas que sonríen con mayor frecuencia suelen desarrollar vínculos sociales más sólidos, son percibidas como más confiables y enfrentan con mayor resiliencia las adversidades.

MARES

Algunos estudios incluso han intentado relacionar la sonrisa con la longevidad. La Universidad de Wayne State, por ejemplo, investigó fotografías de beisbolistas de la década de los cincuenta y encontró algo revelador: aquellos jugadores que no sonreían en las imágenes analizadas vivieron, en promedio, menos años que quienes aparecían con sonrisas amplias.

Y, sin embargo, a pesar de todo esto, pareciera que cada vez nos cuesta más sonreír. Basta observar los rostros que transitan por las ciudades: expresiones endurecidas, miradas cansadas, semblantes tensos, gestos ausentes.

Vivimos navegando por mares repletos de indiferencia, incredulidad y desesperanza; aguas turbulentas que nos impiden descubrir lo bueno que aún habita en nosotros y las maravillas que permanecen alrededor.

La cultura que hemos construido, paradójicamente, pareciera habernos secuestrado. Somos hacedores de civilización, pero en ocasiones aquello mismo que edificamos termina alejándonos del bienestar genuino. Hemos multiplicado los medios y perdido los fines. Tenemos más tecnología, más velocidad y más comodidad; sin embargo, abundan los corazones fatigados y las almas incapaces de disfrutar la existencia.

¿Qué nos ha pasado? ¿Por qué tantos avances materiales y tan poca paz interior? ¿Por qué existen personas que poseen casi todo y, aun así, viven permanentemente irritadas, avinagradas, insatisfechas o vacías?

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No tengo respuestas para estas preguntas, pero algo me dice que gran parte del problema radica en que hemos olvidado cómo extraerle a la existencia su sentido más profundo.

FRAGILIDAD

Tal vez nuestra generación ha olvidado que vivir no consiste únicamente en sobrevivir, producir o acumular. Existe también el compromiso de vivir plenamente. Y no hablo desde la ingenuidad. Sé perfectamente que la vida, muchas veces, nos obliga a caminar cuesta arriba. Sé que existen pérdidas irreparables, enfermedades devastadoras y días en los que el alma apenas logra sostenerse.

Pero también comprendo que todo eso forma parte de nuestra condición humana. Nada hay más humano que la fragilidad. Nada más nuestro que la incertidumbre.

LECCIÓN

No existen paraísos sin serpientes. Sin embargo, aun en medio de la dificultad, creo que siempre habrá razones para vivir con esperanza. Siempre existirán causas capaces de darle sentido al sufrimiento. Porque, de lo contrario, la vida entera sería un absurdo insoportable. Tal vez por eso Rabindranath Tagore escribió: “Si lloras porque el sol se ha ocultado, las lágrimas te impedirán ver las estrellas”.

Hay una verdad profunda en esa frase. El dolor puede nublarnos la mirada hasta hacernos incapaces de descubrir la belleza que aún permanece. Y, sin embargo, incluso en medio de la tristeza, el ser humano conserva la posibilidad de sonreír. No porque ignore el sufrimiento, sino porque ha decidido no permitir que éste destruya por completo su capacidad de amar y esperar.

El dramaturgo español Víctor Ruiz lo expresó con enorme sensibilidad: “Uno debe sonreír, aunque nuestra sonrisa sea una sonrisa triste, porque aún más triste que la sonrisa triste es la tristeza de no saber sonreír”. Quizá ahí se encuentra una de las grandes lecciones de la vida: aprender a conservar cierta luz interior aun cuando alrededor oscurezca.

AGRADECER

Me parece urgente desacelerar el ritmo de nuestra existencia. Necesitamos recuperar la capacidad de contemplar, agradecer y sonreír nuevamente. Y esa posibilidad nace cuando dejamos de mirar únicamente aquello que nos falta y comenzamos a valorar lo que ya poseemos.

La persona que sabe sonreír suele ser aquella que ha aprendido a ganar sin perder su espíritu. La que comprendió que el verdadero éxito no consiste únicamente en acumular bienes, sino en conservar intacta la capacidad de asombro y de bondad. Sonríe quien entiende que su paso por el mundo también debería alegrar la vida de los demás.

La persona alegre sabe que nadie le quita nada. En lugar de quejarse constantemente, agradece cada día el milagro de existir, la posibilidad de respirar y compartir.

Y es así como, lentamente, comienza a gestarse en el interior una alegría serena y profunda; una especie de huésped silencioso que fortalece el alma y le permite avanzar aun en medio de las dificultades. Esa fuerza interior termina manifestándose exteriormente mediante una sonrisa auténtica.

DECISIÓN

Quizá las cosas verdaderamente grandes de la vida residen precisamente en los pequeños detalles: una conversación sincera, un abrazo inesperado, una palabra amable o una sonrisa ofrecida en el momento preciso. Ahí, en lo aparentemente insignificante, suele habitar lo eterno.

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La alegría, en el fondo, también es una decisión personal. Cada uno escoge qué hacer con sus heridas y con su historia. Hay quienes permiten que el dolor los endurezca y hay quienes, aun cargando cicatrices, deciden seguir irradiando bondad.

La sonrisa es el signo visible de quienes han optado por vivir con alegría, comprensión y apertura hacia los demás. Es el distintivo silencioso de las personas capaces de construir momentos memorables a partir de aparentes insignificancias.

Quien se obstina en la dureza terminará encontrando dureza. Pero quien cultiva humildad, gratitud y esperanza descubrirá una forma distinta de habitar el mundo. Dentro de cada uno de nosotros habita alguien que desea sonreír; alguien que anhela reconciliarse con la vida y encontrar serenidad en medio del caos.

TRANSPARENCIA

Pero más allá de sus beneficios fisiológicos, la sonrisa tiene una dimensión profundamente espiritual. Necesitamos convertirnos en artesanos de una civilización fundada en el amor, porque el alma endurecida termina enfermando de sí misma. En cambio, el alma plena y reconciliada expresa su grandeza mediante una sonrisa sencilla y luminosa.

Martín Descalzo escribió una frase extraordinaria: “En toda sonrisa hay algo de transparencia de Dios”. Y quizá tenga razón. Porque sonreír, en el fondo, es abrir una ventana interior para que la luz atraviese nuestras sombras y nos recuerde que, aun en medio de la incertidumbre y del dolor, todavía existen razones para la alegría.

La sonrisa aminora las penas y ennoblece nuestra humanidad. Es uno de los regalos más sencillos que podemos brindar. Sonreír representa la capacidad de iluminar la existencia de otros.

Tal vez deberíamos comenzar cada día con una sonrisa auténtica. Iniciar la jornada con el calor de la alegría y permitir que ésta ilumine nuestros deberes y esfuerzos cotidianos. Quizá así logremos ser más amables y también más fuertes. Porque ése es el inmenso poder de las humildes sonrisas: iluminar la vida de los demás.

Y ante el porvenir, con todas sus incertidumbres y desafíos, quizá todavía nos quede un último refugio profundamente humano: la humilde y luminosa capacidad de sonreír.

cgutierrez_a@outlook.com

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