Su majestad sin reino

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Opinión
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Nació en Toluca, mujer de estatura media, cintura recién esculpida por bisturí ajeno

Se llama Karina. Cumplió cuarenta y tres en marzo, sola, con una copa de vino tinto y tres perros ladrando serenata bajo la ventana.

Nació en Toluca, mujer de estatura media, cintura recién esculpida por bisturí ajeno. Firmó su divorcio en enero, después de dieciséis años junto al diputado federal, hombre robusto, voz de sermón dominical, militante del partido conservador. Esos hombres tan devotos en el templo, libres luego en la cama del vecino.

No tuvieron hijos. Disfrutaron zoológico. Perros callejeros adoptados, gatos siameses, canarios cantores, una iguana con nombre de santo, y escarabajos exóticos en terrario climatizado. Cada mascota, un hijo sustituto. Cada jaula, un pequeño altar doméstico.

El matrimonio, en la alcoba, comedia con final trágico. El sobrepeso del señor diputado apagaba erecciones prometidas desde el noviazgo. Encontraron salida. Convertirse él en espectador. Miraba desde el sillón, ella actuaba en la cama. Desfilaban invitados sin etiqueta fija, hombres, mujeres, cuerpos diversos. Los impuestos del pueblo mexicano, mientras tanto, financiaban viajes, suites de lujo, botellas carísimas, honorarios de silencio para toda la comitiva.

Hastiada del vientre estéril y de la nada fecunda reacción de su consorte, Karina decidió, en plena encrucijada, desentenderse de aquel pacto marchito. Abrió el grupo en redes sociales. Ahí encontró salida su fantasía hollywoodense, estilo gala de premios triple equis, alfombra roja para cuerpos sin condena.

Ese es el sueño. Filmarse con la nariz recién tuneada apuntando al cielo, orgullosa metamorfosis de bisturí. Suena de fondo la melodía flaca y desgarbada, herencia de Calamaro, ritmo cansado de tanto amor fallido.

Pasó de mexicana promedio a escultura de clínica privada. Levantamiento de trasero, senos nuevos, cintura de reloj, sonrisa blanqueada, bichectomía perfecta, y muchos ceros extra en la cuenta bancaria, herencia justa del divorcio.

Con la separación llegó también el silencio del antiguo compañero, diputado sin discurso ya para ella. Sigue Karina, disciplinada. Dieta holística. Jugos verdes al amanecer, meditación al mediodía, tequila al ocaso. Aclara sus partes púdicas y sus axilas con cremas carísimas, ritual de belleza sin arrepentimiento posible.

Trabajar, para ella, siempre fue pequeña desgracia diaria, oficina gris, jefe mediocre, sueldo apenas digno. La religión, un invento útil solo para llenar domingos vacíos de gente sin planes mejores. Ella prefiere otro templo. La pista de baile, el bar de moda, la suite con vista panorámica.

Clase media aspiracionista, Karina sube fotos, cuenta viajes, presume amantes, colecciona seguidores hambrientos de escándalo ajeno. Le vale todo, absolutamente todo, menos la soledad fría del insomnio y menos la falta de cachondería en las noches largas.

El siglo veintiuno llegó para disfrutarse entero, sin culpa, sin pausa, antes del fin de los tiempos y antes del arrepentimiento obligatorio de cualquier cura de pueblo.

Si algún día se arruga la piel, ahí estará siempre listo el cirujano generoso, bisturí afilado, tarjeta de crédito sin límite, promesa eterna de juventud reciclada. Llaman a esto anarquía emocional. Ella prefiere otra palabra, más dulce, más suya. Poliamor. Nombre bonito para el desorden, etiqueta moderna sobre la antigua costumbre humana de amar mal y amar mucho, simultáneamente, sin brújula fija.

Venga a nos su reino. Ahí donde reina de verdad. En los hoteles de marcha, sábanas ajenas y luces de neón, donde ningún diputado, ningún cura, ningún marido gordo y taciturno, puede ya decirle adiós al deseo.

Karina bailando sola frente al espejo nuevo, flaca de tanto amor, robusta de tanta libertad, aplaudiendo su propio fracaso disfrazado de triunfo.

Morelense de cepa Regiomontana. LCC con especialidad periodismo (UANL). Doctor en Artes y Humanidades (I.C.A.H.M.). Tránsfuga de la mesa de redacción en diferentes periódicos como El Diario de Monterrey, Tribuna de Monterrey, y del grupo Reforma en el matutino Metro y vespertino El Sol. Escort de rockeros, cumbiamberos, vallenatos y aprendices al mundo de la farándula. Asiste o asistía regularmente a conciertos, salas de baile, lupanares, premieres, partidos de fútbol y hasta al culto dominical. Le teme al cosmos, al SAT, a la vejez y a la escasez de bebidas etílicas. Practica con regularidad el ghosting. Autor de varios libros de crónica como Hemisferio de las Estaciones, Crónicas Perdidas, Montehell, Turista del Apocalipsis, Monterrey Pop, Prêt-à-porter: crónicas a la medida y Perros ladrando a la luna en Monterrey

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