Terror en Olinalá

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Opinión
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El oso negro cruza el jardín, empuja la puerta y encuentra tamales sobre la mesa

Mansiones bajo asedio de un oso hambriento (y sin modales). El oso negro cruza el jardín, empuja la puerta y encuentra tamales sobre la mesa. Los devora con calma, sin apuro, sin culpa. Después se retira hacia la sierra, dejando tras de sí un salón revuelto y alarma inútil.

La escena circula por redes sociales entre carcajadas y espanto. San Pedro Garza García despierta indignado. No por la fauna silvestre desplazada, sino por su propio desayuno interrumpido.

Entre residencias colosales y muros interminables, habita la fauna distinta. Empresarios acostumbrados a levantar sus casas donde ninguna ley federal se los permite. Construcciones ampliadas hacia la montaña, terrazas colgando sobre la Sierra Madre, piscinas suspendidas encima del bosque protegido.

Ningún catastro pregunta origen, ningún permiso detiene la ambición. Fortunas forjadas también, según reportes periodísticos, con maniobras hacia el fisco, ahora convertidas en palacios imposibles de explicar con recibos honestos.

Cada residencia, cual pequeño museo privado, exhibe fachadas dignas de revista internacional, jardines botánicos y garages con colecciones automotrices difíciles de sostener con sueldo declarado ante Hacienda. Ningún propietario, hasta hoy, ha mostrado factura capaz de justificar tanto esplendor.

El fisco mira hacia otro lado, distraído, mientras la montaña pierde metros cuadrados noche tras noche, discretamente, sin escrituras nuevas ni permisos visibles.

Frente al oso, la respuesta vecinal no llega desde tribunales ni desde el catastro. En forma de tabla de triplay, clavada con docenas de puntas oxidadas, repartida casa por casa como escudo medieval contra la naturaleza nativa.

Debes estar al día en las cuotas de la unión de vecinos.

Oso, oso. La palabra se repite como cantinela infantil, casi melodía, evocando otra historia muy distinta. La del panda regalado por China al pueblo mexicano, bautizado Tohuí, criado entre aplausos en Chapultepec, símbolo tierno del amor entre naciones. A ese oso extranjero México lo arrulló durante décadas, con cámaras, canciones y ternura pública, sin escatimar un solo aplauso. Al oso propio, nacido en la misma sierra invadida por mansiones, se le recibe con clavos oxidados y comunicados de espanto.

Autoridades ambientales de Nuevo León salieron a pedir el retiro inmediato de los dispositivos, advirtiendo riesgo de lesiones tanto para los animales como para personas y mascotas. El oso negro, recordemos, figura en la norma oficial mexicana como especie en peligro de extinción. Ironía difícil de superar. Quienes construyeron por encima del reglamento federal hoy exigen protección reglamentaria contra un vecino peludo, legítimo habitante original del territorio.

Las cámaras vecinales, atentas a cualquier movimiento sospechoso, jamás grabaron la ampliación ilegal hacia la reserva. Solo despertaron ante la silueta oscura de un animal hambriento, atraído por olores de cocina abandonada sin resguardo alguno.

La misma colonia, dicho sea de paso, ha buscado antes establecer un padrón para trabajadoras domésticas y obreros de construcción, control minucioso sobre quién entra y sale del enclave. Vigilancia estricta hacia seres humanos trabajadores, tolerancia cero hacia cualquier extraño humilde. Frente al oso, en cambio, improvisación y pánico puro.

¿Dónde permanecen las instituciones federales mientras tanto? Silenciosas ante fraccionamientos crecidos fuera del límite legal en plena Sierra Madre. La Secretaría correspondiente y la oficina de Parques y Vida Silvestre podrían, con apenas revisar planos originales, determinar hasta dónde la ley permitía edificar.

Derrumbar el excedente. Sentar precedente ejemplar. Nadie, ni siquiera fortunas con apellido conocido, se coloca por encima del marco legal.

Mientras esa revisión no llegue, seguirá el ritual grotesco. Triplay, clavo, alarma, comunicado de rechazo desde la dependencia estatal, nueva ronda de indignación en redes, otro oso herido buscando comida entre jardines ajenos a su territorio original.

Zona clasista, rancia, orgullosa de sus muros, hoy asustada por un habitante legítimo de la montaña, aquel mismo terreno usurpado décadas atrás para construir la fantasía privada. El bosque, uno de los últimos pulmones urbanos disponibles, se convierte en trinchera doméstica, defendida a punta de clavo contra su dueño original.

Debería colocarse, junto a cada tabla con clavos, un letrero honesto: Aquí vive alguien incapaz de compartir ni el aire. El oso, mientras tanto, sigue buscando tamales entre casas ajenas a su territorio ancestral. Nadie, hasta ahora, le ha pedido escritura, permiso de construcción, ni constancia fiscal alguna. En Olinalá el verdadero intruso, después de todo, jamás usó overol ni pico de martillo: llegó primero, caminando en cuatro patas, dueño legítimo de una sierra hoy repartida entre fortunas ajenas a cualquier ley.

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Morelense de cepa Regiomontana. LCC con especialidad periodismo (UANL). Doctor en Artes y Humanidades (I.C.A.H.M.). Tránsfuga de la mesa de redacción en diferentes periódicos como El Diario de Monterrey, Tribuna de Monterrey, y del grupo Reforma en el matutino Metro y vespertino El Sol. Escort de rockeros, cumbiamberos, vallenatos y aprendices al mundo de la farándula. Asiste o asistía regularmente a conciertos, salas de baile, lupanares, premieres, partidos de fútbol y hasta al culto dominical. Le teme al cosmos, al SAT, a la vejez y a la escasez de bebidas etílicas. Practica con regularidad el ghosting. Autor de varios libros de crónica como Hemisferio de las Estaciones, Crónicas Perdidas, Montehell, Turista del Apocalipsis, Monterrey Pop, Prêt-à-porter: crónicas a la medida y Perros ladrando a la luna en Monterrey

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