Todos los hombres serán hermanos

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Opinión
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A las 7 de la tarde del viernes 7 de mayo de 1824 se levantó el telón del Theater am Kärntnertor, Viena. Desde días antes la expectación era mayúscula. Por fin, después de 10 años sin aparecer en público, Beethoven (1770-1827) aceptaba dirigir sus más recientes obras: la obertura La consagración de la casa, Op. 124. La segunda interpretación de algunos fragmentos de la Missa Solemnis, Op. 123 estrenada apenas un mes exacto antes; y la que sería la catedral de la música occidental de todos los tiempos: la sinfonía No. 9 en re menor Op. 125, terminada apenas días antes.

Para ese mayo de 1824, faltando tres años para su muerte, Beethoven sobrellevaba graves y crónicos problemas de salud. La sordera, iniciada hacia 1796, con apenas 26 años, agravada en 1802, lo que lo llevó a pensar en el suicidio, y a redactar el testamento Heiligenstadt a manera de despedida, y que en 1816 ya era irremediable. Además, también estaban sus sempiternos trastornos gastrointestinales, diarrea severa, inflamación intestinal, signos de cirrosis y saturnismo que derivaban en dolor articular e inflamación ocular. Con esta carga de adversidades era natural que Beethoven estuviese deprimido.

Esta depresión puede advertirse en la reducción de sus trabajos mayores. Por ejemplo: su última sinfonía —la No. 8 en fa mayor—, data de 1812, 12 años antes; su último concierto para piano, el No. 5 en mi bemol mayor, llamado Emperador, lo terminó en 1809. Después de la última versión de Fidelio en 1814 no volvió a escribir ninguna otra ópera.

Aunque Beethoven recibía buenos dividendos por la venta de sus partituras, y recompensas más que decorosas por sus presentaciones en palacios de la nobleza vienesa, era creciente su necesidad de dinero para pagar tratamientos médicos, medicinas, enfermeras y farmacéuticos. De ahí que ideara un concierto a beneficio propio, celebrado el 29 de noviembre de 1814 en la Redoutensaal del palacio imperial de Viena. Ahí estrenó La Victoria de Wellington Op. 91, y la Séptima Sinfonía Op. 92... ante un nutrido público que incluía a dos emperatrices, el rey de Prusia y otras eminencias, sin hablar de los principales virtuosos de Viena. El salón estaba colmado, el concierto fue recibido con entusiasmo, y se programaron dos repeticiones”, describe su biógrafo Solomon Maynard. Las repeticiones quedaron programadas para diciembre de ese año, pero en esta ocasión la mitad de los asientos quedaron vacíos. ¿Por qué? Porque así es de caprichosa la realeza. Y Beethoven cayó en una profunda depresión de la cual salió 10 años después. Ayudó una carta más que laudatoria recibida en invierno de 1823, firmada por una treintena de los principales músicos, editores y amantes de la música de Viena.

Así que a las 7 de la tarde del 7 de mayo de 1824, hace exactamente 202 años y una semana, se levantó el telón. La orquesta a punto. Entonces entró Beethoven, el público lo aclamó. Beethoven hizo una leve inclinación de cabeza y dio inicio la función. Beethoven dirigía, siguiendo su costumbre, apoyado en gestos expresivos y corporales. Ora encogiéndose para los pianissimos, ora exagerando su corpulencia poniéndose en las puntas de sus zapatos para los fortissimos. Pero la orquesta no lo seguía. Previamente el director Michael Umlauf (1781-1842) había ensayado con músicos y cantantes, y ordenado que, en atención a la sordera de Beethoven, fingieran atenderlo. Umlauf “acordó” con Beethoven permanecer a su lado para ayudarle a controlar a la enorme orquesta. Beethoven había agregado un flautín, un contrafagot, tres trombones, un bombo, platillos y triángulos, además de coro y solistas vocales.

El final es famoso: tras los compases de cierre el público se volcó en gritos y aplausos. Literalmente se caía el Theater am Kärntnertor, de Viena. También se sabe que Beethoven, el autor de la catedral musical de todos los tiempos, no la escuchó; y que la contralto de 27 años, Caroline Unger, dio unos pasos para hacer girar al autor y que viera la ovación del público.

202 años después me pregunto: ¿Beethoven era el sordo? ¿O sordos somos quienes seguimos rompiéndonos las crismas mutuamente sin escuchar la Oda a la alegría: ¡Alegría, bella chispa divina! ¡Hija del Elíseo! ¡Ebrios de fuego, penetramos! ¡Oh celeste, tu santuario! Tus encantos atan los lazos. Que la rígida moda rompiera. Todos los hombres serán hermanos . Bajo tus alas bienhechoras.

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Estudió Letras Españolas en su estado natal, ha escrito narrativa y ensayo. Su interés se centra en literatura policiaca, presente en sus estudios y en su obra de creación. Yo siempre estoy esperando que los muertos se levanten parte del viaje de su protagonista para realizar una investigación sobre la estancia de Francisco Villa en la ciudad de Delicias; la anécdota le sirve para la creación de una novela de suspenso con tintes policiacos. Su segunda novela, Nadie sueña, recrea y denuncia el mundo de la violencia, del crimen y la corrupción del sistema judicial y de los círculos del poder en los estados del norte. Sus personajes, al principio presos de un gran desaliento, logran rebelarse ante esta situación. En sus cuentos se repiten las mismas obsesiones del autor por la intriga propia del relato policiaco.

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