Toy Story... 5
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No porque algo sea bueno significa que lo tenemos que consumir indefinidamente. ¿O sí?
En diciembre de 1893, el mundo se conmocionó con la muerte de Sherlock Holmes.
Según la reconstrucción de los hechos realizada por su ayudante, el doctor Watson, Holmes y su archienemigo, el profesor Moriarty, tuvieron su encuentro definitivo: Una batalla cuerpo a cuerpo al pie de las cataratas de Reichenbach, en el pueblito de Meiringen, Suiza.
Como resultado, tanto el Sabueso de Baker Street como el Napoleón del Crimen cayeron por el acantilado y se perdieron en las rugientes aguas al fondo del precipicio.
La entrega de esta “última aventura” del mejor detective del mundo se agotó tan pronto la publicó The Strand Magazine y nuevamente días más tarde como parte del libro antológico “Las Memorias de Sherlock Holmes”.
El autor, Sir Arthur Conan Doyle, pensó feliz e ingenuamente que, además de embolsarse un buen cheque, se había librado para siempre de su personaje, que ya lo tenía un poco hasta la madre, pues sentía que ya había dado de sí y que le estaba opacando al resto de su producción literaria.
Con lo que Conan Doyle no contaba era con que todos sus fans (en realidad, fans de Sherlock) le cogerían la peor ojeriza imaginable. Y no había lugar en el mundo en donde lo reconocieran sin que le dedicaran una trompetilla o de plano un recordatorio maternal.
—¿Sir Arthur? ¡Sir Arthur Conan Doyle...! ¿Cierto?
—Sí...
—Hágame el inapreciable favor de ir a fastidiar a la autora de sus días con un muy inapropiado acto de copulación... ¡Sir!
La etiqueta en la época victoriana lo era todo, aunque otros eran más directos:
—¡Oye, Doyle... Apestas!
Y es que la gente amaba y le guardó luto al detective como si fuera una persona real, colocando incluso lazos negros y enviando coronas fúnebres a su dirección. Téngalo en cuenta por si acaso cree que el furor de las masas por la cultura pop es un fenómeno contemporáneo.
Luego de una década de ser el mayor paria de Inglaterra, Conan Doyle aceptó –no sin una cantidad ridícula de dinero– traer de regreso al amo del método deductivo con una nueva saga de entregas que, al decir de los verdaderos expertos en Holmes, no pierde en calidad literaria respecto a sus predecesoras, aunque sí perciben dos cosas: el evidente hartazgo del autor (los relatos se sienten un tanto formulaicos) y, en algunos casos, la pérdida de su tono original, adentrándose en terrenos como la ciencia ficción, que no era el contexto habitual de Holmes.
Entendamos entonces que estirar de más el chicle sólo porque es un excelente negocio o porque la demanda del público es insaciable, no es nada nuevo ni se inventó ayer.
Esta semana comenté en mis redes sociales que jamás pensé que pudiera existir una película de Toy Story en cartelera sin que me importara en absoluto. Y eso justo está sucediendo; no tengo el menor interés en ir a ver el quinto largometraje de Woody y compañía.
Enseguida algunos amigos me comentaron, asegurándome que la película de hecho es bastante buena e incluso está a la par de las mejores de la saga.
Revisando, comprobé que ostenta un 7.6 de calificación en la Internet Movie Database, en donde el 8 es rayano a la excelencia.
Seguro estoy de dos cosas: técnicamente debe ser un prodigio y su productora Pixar habrá cuidado al máximo cada detalle argumental, histriónico y artístico de su serie más preciada. No puede ser de otra manera. La película tiene que ser buena, muy buena o quizás lo que le sigue.
El problema es que yo cerré mi ciclo con esa historia desde la tercera parte, que redondea perfectamente a su universo (cometí el error de pensar que la 4 tendría todavía algo importante qué decir).
Pero no porque algo sea bueno significa que lo tenemos que consumir indefinidamente. ¿O sí? (corríjame si me equivoco). Sobre todo después de haber tenido una experiencia tan profundamente catártica al cierre de la trilogía.
Se lo dice alguien que lloró como Magdalena en Toy Story 3... y en la 2... y un poco en la 1 también: de que la quinta entrega puede ser buena, seguro lo es. Pero no se supone que sigamos comiendo mucho más allá de la saciedad, por suculentos que sean los manjares.
Tampoco es equiparable a otras formas de arte: si una banda veterana de rock decide sacar un nuevo álbum, independientemente del resultado, al menos estará tratando de crear una obra nueva. Pero sumar nuevos rostros, voces, escenarios y necesidades dramáticas a un universo construido con una precisión pocas veces vista en la historia de las artes y el entretenimiento, eventualmente le dará al conjunto una fisonomía que lo terminará volviendo irreconocible.
Es como si Miguel Ángel regresara y decidiera que al David le va a poner unas zapatillas Nike “para conectar mejor con las nuevas generaciones”. Quizás no tuviera yo manera de discutirle al genio renacentista y dueño intelectual de la obra. Pero como que el vínculo entre el David y este articulista se rompería; no obstante, quizás las Nike sean una gran adición a la pieza original.
Disculpe lo burdo del ejemplo. Sólo trato de decirle que si usted prefiere dejar intacto un recuerdo que atesora (a pesar de que le ofrezcan nuevas risas, canciones y experiencias conmovedoras), no está solo.
También es un poco como los viejos amores, a los que a veces estamos tentados a contactar porque echamos en falta esto o aquello (o aquellito). Pero hay que ser conscientes de que, sin importar qué tan bien o mal resulte, comenzar un nuevo episodio con la misma persona no va a constituir un pasaje nuevo e independiente, sino que va a modificar toda la novela en conjunto, misma que tal vez ya había llegado a la mejor conclusión posible.
En fin, que ni siquiera le estoy diciendo que no vaya a ver Toy Story 5, o Toy Story 32 cuando salga (quizás tiene hijos pequeños y ni siquiera tiene elección). Sólo trato de explicarme a mí mismo cómo me siento y de hablar de otra cosa menos agobiante que los temas cotidianos, excusándome en el hecho de que todos se están divirtiendo con el futbol.
Y no, tampoco es como me dijeron, un poco en broma, un poco en serio: síntoma de vejez y amargura asociada a la edad. No lo creo. Después de todo, constantemente estoy viendo viejos filmes clásicos y contemporáneos que nunca antes había visto, por lo que son experiencias completamente nuevas para mí.
Tiene más que ver con nuestra capacidad de decisión, si usted quiere, sobre un hecho intrascendental y minúsculo, aunque valioso para mí, tanto como puede ser la preservación íntegra de una de las memorias cinematográficas más bellas y queridas de mi vida.