Tragedias escolares: ¿por qué no logramos evitarlas?

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Opinión
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Llamamos ‘accidente’ a hechos que no lo son y por ello no se investigan ni sancionan, razón por la cual siguen repitiéndose a pesar de que todos nos quejamos del resultado

Por definición, un accidente es “un suceso repentino, imprevisto y ajeno a la voluntad humana que interrumpe una actividad normal y provoca daños físicos, psicológicos o materiales”. En este sentido, el accidente es un hecho más o menos imprevisible, pues deriva de causas fortuitas.

Precisar la terminología es importante porque los sucesos trágicos, generados por hechos previsibles, cuyas consecuencias pudieron anticiparse, no pueden –ni deben– ser considerados accidentes. En estos casos estamos más bien ante negligencias o, al menos, faltas al deber de cuidado que tenemos las personas, es decir, ante hechos que deben ser investigados y sancionados.

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Que una persona sufra lesiones graves por caer desde una altura considerable mientras realizaba un trabajo, de cualquier tipo, contratado por un patrón que no le proporcionó los implementos de seguridad necesarios, no es un accidente, sino el producto del incumplimiento de una obligación legal.

La misma calificación merece el hecho de que una persona provoque una colisión vehicular –generando pérdidas materiales, lesiones e incluso la muerte de algún ser humano– mientras se encuentra bajo el influjo del alcohol. No es un accidente, sino el producto de una grave negligencia.

En sociedades como la nuestra, “accidentes” como los mencionados ocurren de forma cotidiana, entre otras razones porque somos reacios a adoptar la cultura de la prevención y aprender las lecciones que la voz popular ofrece de forma cotidiana e insistente, como “lo barato sale caro” o “más vale prevenir que lamentar”.

Esta es, claramente, la causa detrás del suceso en el que ayer perdió la vida Ian Gael, un niño de apenas 6 años, alumno del jardín de niños María Helena Chanes, en Monclova. El menor falleció a causa del golpe que recibió en la cabeza cuando, al jugar en uno de los columpios del plantel, una parte de la estructura de éste se desprendió, lanzándolo contra el suelo.

Se trata, por cierto, del segundo episodio trágico ocurrido en un plantel educativo en Coahuila. El primero se registró en octubre de 2025, cuando una techumbre en construcción, en la escuela Cuauhtémoc, del ejido San Miguel, en San Pedro de las Colonias, se derrumbó y cayó sobre Anuel, también de 6 años, alumno del plantel.

En ambos casos estamos hablando de hechos que no sólo pudieron, sino que debieron prevenirse y, por tanto, evitar las tragedias que han enlutado a dos familias. No se trata de accidentes porque no estamos ante sucesos imprevisibles, sino ante claras negligencias o abandonos del deber de cuidado.

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La pérdida que han sufrido las familias de Ian Gael y Anuel es irreparable. Nada que digamos o hagamos podrá devolverles a sus hijos. Pero lo que sí es posible es aprender la dolorosa lección y disponerse a realizar las acciones necesarias para evitar que sucesos como éstos vuelvan a repetirse.

No reaccionamos de forma adecuada en octubre pasado. Es imperativo que esta vez sí lo hagamos.

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