Trump está cometiendo el mismo error que condenó a Biden
COMPARTIR
El indicador económico que más perjudicó a Biden, la inflación, es hoy más alto que cuando Trump regresó al cargo
Por Karine Jean-Pierre, The New York Times.
Cuando trabajé en la Casa Blanca del presidente Joe Biden, teníamos buenas noticias económicas que reportar: una sólida creación de empleo, salarios al alza, bajo desempleo y una reactivación de los empleos manufactureros. Sí, la inflación subió a principios de su mandato, pero para cuando dejó el cargo, había disminuido de manera considerable.
Biden quería que su equipo destacara su agenda nacional. Sus políticas funcionaban y quería que el país entendiera lo que hacía y por qué. Pero las encuestas eran claras: nuestro mensaje económico no calaba.
Los altos asesores de la Casa Blanca, yo misma incluida, nos reuníamos durante horas, día tras día, e intentábamos comprender el desajuste entre la solidez de los datos y la menguante confianza pública. Había diferencias de opinión y largas discusiones sobre la mejor manera de avanzar. Analizábamos minuciosamente los números, probamos distintas opciones de mensajes y seguíamos buscando una forma de lograr un avance significativo.
Pero los estadounidenses no lo percibían. Demasiadas personas tenían dificultades con los precios de los alimentos, el alquiler, el cuidado infantil y la gasolina. Su experiencia cotidiana no coincidía con las alentadoras noticias económicas, y esa desconexión moldeó todo el debate público.
Creíamos que, si presentábamos la evidencia con suficiente claridad, la gente vería lo mismo que nosotros. No fue así, y nosotros no nos adaptamos para abordarlos en el lugar en el que se encontraban.
A algunos de los asesores de Biden les preocupaba que poner demasiado énfasis en los desafíos muy reales que enfrentaba la gente socavaría el argumento que presentábamos. Otros argumentaban que no reconocer dichos desafíos desde el principio nos hacía sonar ajenos a la realidad. Cada día que no lográbamos llegar a un consenso, el ánimo del público se endurecía.
La verdad es que teníamos un mensaje estancado y modelos anticuados para transmitirlo. Le costó caro a Biden y, eventualmente, a la vicepresidenta Kamala Harris. El presidente Donald Trump ahora está cometiendo un error aun más dañino.
El indicador económico que más perjudicó a Biden, la inflación, es hoy más alto que cuando Trump regresó al cargo. El mercado de bonos ha estado agitado. La Reserva Federal acaba de subir las tasas de interés. Las guerras comerciales de Trump y su guerra con Irán afectan el panorama económico general. Todo esto ayuda a explicar su caída en las encuestas.
Biden hablaba repetidamente de hacer crecer la economía “del centro hacia afuera y de abajo hacia arriba”, pero, en última instancia, ese mantra no resonó. El estribillo de Trump de que somos el “país más exitoso de cualquier parte del mundo” no convence, tanto porque los hechos realmente no lo respaldan como porque apenas reconoce las legítimas preocupaciones económicas de los estadounidenses. En general, la gente no se cree sus afirmaciones de que “asequibilidad” es una “palabra falsa” ni su insistencia en que el aumento del costo de la gasolina es “un precio muy bajo a pagar” por sus objetivos bélicos.
Cuando los líderes descuidan la experiencia personal, el mensaje colapsa.
¿Por qué? Para empezar, los datos y las cifras por sí solos ya no tienen el peso de antes. Hubo un tiempo en que la gente asimilaba la información precisa presentada con claridad a través de canales oficiales, como las conferencias de prensa de la Casa Blanca. Podían estar en desacuerdo sobre su significado, podían cuestionar ciertos puntos, pero no se trataba automáticamente como tergiversación política.
Hoy en día, cualquiera puede ser un creador de contenido y producir videos, pódcast y memes con interpretaciones subjetivas, a veces falsas, de las noticias. En la actualidad, muchos estadounidenses se informan únicamente a través de medios que confirman sus inclinaciones políticas. Los algoritmos de las redes sociales favorecen claramente la indignación y la certeza, no la precisión.
En ese entorno, los gráficos y resúmenes oficiales rara vez se abren paso. Mientras fui secretaria de prensa, la Casa Blanca de Biden solía operar como si todavía tuviéramos un ecosistema de medios construido para la precisión y el proceso, en lugar de uno construido para la inmediatez y las vibras.
Un video de TikTok sobre los precios altos, grabado con un teléfono en el pasillo de un supermercado o frente a un surtidor de gasolina, podía captar más atención que cualquier cosa que yo dijera en las conferencias de prensa diarias de la Casa Blanca o en cualquier entrevista dada por un secretario del gabinete en los programas de debate de los domingos por la mañana. Y una vez que una narrativa basada en la vida cotidiana se arraiga, es casi imposible de erradicarla.
Aprendimos esa lección con la economía y de nuevo con el debate sobre la edad de Biden. En retrospectiva, malinterpretamos el estado de ánimo del público al pensar que la conversación sobre la edad se apaciguaría. En el mejor de los casos, mis respuestas desde el podio sobre la edad de Biden no lograron apagar el incendio; en el peor, lo avivaron.
La Casa Blanca de Trump debería darse cuenta de que en los próximos dos años solo habrá más escrutinio, no menos, cuando el presidente parezca quedarse dormido durante las reuniones, se muestre evasivo sobre los resultados de sus exámenes médicos o se lance en una de sus erráticas peroratas nocturnas en redes sociales. A estas alturas, su equipo de comunicaciones debería saber que los precios en la gasolinera y en la caja de autopago son imbatibles.
Cuando la gente no cree lo que dice su gobierno, las instituciones pierden legitimidad. Las teorías conspirativas florecen. La legislación que se necesita con urgencia se estanca. Las elecciones se pierden.
Parte del desafío es que los estadounidenses ya no comparten un único espacio de información: la fragmentación de los medios ha creado realidades separadas. Y cuando un gobierno no puede establecer hechos compartidos, la toma de decisiones democrática se vuelve más difícil.
En cierto modo, el estilo de Trump —directo, emocional, repetitivo y sin intermediarios— se ajusta a los incentivos del entorno actual. Pero tiene límites. Hace una década, su bravuconería, tan diferente a la de los políticos tradicionales, acaparaba los oídos y las miradas. Ahora, incluso muchos de sus seguidores pueden ver que a menudo solo busca atención. Basta con mirar casi cualquier encuesta para percibir que los votantes desconfían cada vez más de él.
Esa tensión, la capacidad de dominar la conversación mientras se tiene dificultades para ganarse la confianza, define este momento.
Una vez que la gente cree que su gobierno no le habla a su realidad, se vuelve increíblemente difícil recuperar esa confianza. Yo sentía esa tensión todos los días en la sala de prensa de la Casa Blanca. Ahora veo que está sucediendo de nuevo. c. 2026 The New York Times Company.
Karine Jean-Pierre es la autora de Independent: A Look Inside a Broken White House, Outside the Party Lines.