Trump me arruinó el 4 de julio

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Opinión
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En lo que respecta al patriotismo, los estadounidenses nunca hemos sido muy sutiles

Por Robin Givhan, The New York Times.

En lo que respecta al patriotismo, los estadounidenses nunca hemos sido muy sutiles. Nos encantan las banderas enormes, las parrilladas gigantes y cualquier diorama, funda para cerveza o disfraz para mascotas con motivos de “Dios y patria”. Aplaudimos a los aviones de combate que dejan una estela de humo rojo, blanco y azul. Nos encantan las bandas marciales. Cada año, el 4 de julio, en todo el territorio estadounidense, convertimos el atracón de perros calientes en una forma de amor competitivo por nuestro país mientras celebramos la independencia de nuestra nación de un rey.

Antes, esta fiesta se volvía una pasarela de pantalones de mezclilla de corte clásico y tops cortos, y todo el mundo tenía un aspecto un poco ridículo, pero el ambiente era cordial y acogedor. Todo el mundo disfrutaba lucir el lábaro estadounidense en la parrillada nacional.

Era un poco kitsch y un poco bobo. Pero también me hacía sentir eufórica y orgullosa, sobre todo en Washington, adonde me mudé hace más de 30 años para trabajar en The Washington Post. La ciudad se reveló como un lugar a menudo ineficiente, pero también idealista, lleno de personas ambiciosas y superdotadas que elegían el servicio público en lugar de las riquezas de Wall Street o Silicon Valley. En concreto, las mujeres que conocí y a las que empecé a considerar mis amigas destacaban en campos que yo apenas podía comprender: la lucha contra el terrorismo, la ayuda y el desarrollo internacionales, la banca mundial.

Durante uno de mis primeros veranos aquí, una amiga que cubría la Casa Blanca de Bill Clinton me invitó a acompañarla para ver los fuegos artificiales del 4 de julio desde los jardines de la residencia oficial. La explosión de color fue gloriosa. Dondequiera que te hubieras sentado para ver los fuegos, contemplarlos sobre la capital del país era algo especial, no porque el espectáculo fuera inmenso, sino porque era aquí. No hay nada como ver cohetes y bengalas rojos, blancos y azules con la Casa Blanca, el Monumento a Washington y la Explanada Nacional como telón de fondo.

Vuelve a ser el 4 de julio; esta vez, el punto álgido de un año entero de celebraciones por el 250.º aniversario de la nación. Las conocidas guirnaldas rojas, blancas y azules cuelgan de las ventanas de los monumentales edificios federales de Washington, así como de sus encantadoras casas adosadas. Banderas del tamaño de piscinas de entrenamiento cubren edificios enteros, y los visitantes de la capital se envuelven en el equivalente de “The Star-Spangled Banner”. La habitual avalancha de turistas se ha convertido en un espectáculo casi caricaturesco de visitantes festivos, que compiten entre sí con camisetas que gritan “USA”, bermudas con rayas como las de la bandera y gorras de béisbol con lentejuelas en forma de estrella.

Pero este año, apenas puedo soportar ver el rojo, el blanco y el azul. Cuando se combinan en una exhibición exagerada de entusiasmo nacionalista, esos colores me parten el corazón.

Las banderas de los edificios federales son impresionantes, pero cuelgan junto a pancartas con la cara ceñuda del presidente Donald Trump. El presidente se pasó buena parte de la primavera enfocado en limpiar y reparar fuentes que llevaban mucho tiempo inactivas en algunas de las plazas y parques más emblemáticos de Washington, incluida la fuente conmemorativa de Cristóbal Colón, frente a la estación Union.

La escultura de granito blanco, que antes tenía el color de un cenicero sucio, ahora resplandece. Es una maravilla ver cómo baila el agua en una fuente que llevaba casi 20 años seca. Pero ese placer viene acompañado de la certeza de que las reparaciones las ha orquestado un gobierno que se ve más a sí mismo como un régimen que como guardián de una democracia.

La imagen desenfadada del “azul de la bandera estadounidense” se ha asociado ahora con el desastre apestoso y pantanoso en que el presidente ha convertido el estanque reflectante, que antes era elegante pero temperamental. Ahora está vallado, como tantas otras cosas en Washington en este momento, desde el parque Lafayette hasta gran parte de la Explanada Nacional.

Y hace solo unas semanas, el presidente organizó un combate de la Ultimate Fighting Championship en el jardín sur para celebrar su cumpleaños, y convirtió las majestuosas salas públicas de la Casa Blanca en un vestuario glorificado.

Todo esto está al servicio de la visión que tiene de Estados Unidos un solo hombre.

La estética del patriotismo en la capital del país ya no tiene nada que ver con cestas de picnic, neveras portátiles a rebosar ni bolsas de lona de LL Bean. Se ha esfumado esa idea inspiradora de que todo el mundo es bienvenido al patio trasero de la nación: amigos, familia y también los recién llegados. Cuando la gente se reúna en la Explanada Nacional para ver los fuegos artificiales, el espectáculo se clasificará como “Evento Nacional de Seguridad Especial”, similar a una toma de posesión o al discurso sobre el Estado de la Unión. Con el aumento de la vigilancia, los visitantes tendrán que llevar un documento de identidad oficial y pasar por detectores de metales. El Servicio Secreto ha prohibido las neveras portátiles, las sillas de jardín y los frisbis. Puede que no tengamos un atuendo tradicional, aparte de pantalones de mezclilla y camiseta, pero ahora sí que tenemos la tradición de llevar nuestras cosas a los eventos públicos en bolsas de plástico transparentes, sacar fotos de nuestros monumentos más bonitos a través de un laberinto de vallas que no se pueden escalar y encontrarnos, prácticamente en cada esquina, con un despliegue de seguridad que incluye a alguaciles federales, policía de parques, Policía Metropolitana, agentes de la Administración de Control de Drogas, el Servicio Secreto y la Guardia Nacional. Hasta los perros están en patrullaje.

Podría ser tentador decir que se trata de circunstancias inusuales, de sucesos excepcionales. Pero así es como se ve Washington incluso en los días tranquilos. Las barricadas no desaparecen del todo. Las que quedan están entreabiertas solo un poquito para permitir un paso a regañadientes, pero pueden cerrarse de golpe en cualquier momento.

La sede federal de Washington tiene un aspecto inquietante mientras el país celebra su cumpleaños. Parece a la defensiva y paranoica. En los últimos meses, la Policía del Capitolio ha instalado controles en la calle que separa mi casa de mi ferretería. Dupont Circle, el lugar emblemático que da nombre al barrio de alrededor, con sus profundas raíces en la historia LGBTQ, fue vallado por la Policía de Parques Nacionales durante el desfile del orgullo en la capital el 20 de junio.

Solo unos días antes, mientras las cámaras de televisión enfocaban al público repartido por el césped con motivo de la inauguración del Centro Presidencial Obama en Chicago el 18 de junio, me fijé en lo acogedora que parecía la escena. La multitud era diversa en cuanto a raza, edad y género. No se veía mucho rojo, blanco y azul entre esa multitud de Chicago. En el césped del Midway Plaisance de Chicago, donde se celebró la fiesta oficial para ver la inauguración del centro, unas mujeres llevaban una bandera del Juneteenth y los vecinos lucían una mezcla variopinta de camisetas y mezclilla. El público escuchó a Jennifer Hudson cantar el himno nacional, a Christina Aguilera interpretar “What a Wonderful World”, a sugerencia del presidente Barack Obama, y a John Legend y Common ofrecer una versión de “Glory”, su himno a la justicia social.

Cuatro expresidentes estuvieron sentados en el escenario con cortesía y cordialidad. Michelle Obama habló con franqueza sobre los obstáculos que se habían interpuesto en el camino de su esposo.

“Ocho años en el crisol, y ni una sola vez te derretiste por el calor, ni una sola vez dejaste que te endureciera”, dijo. “Y hacerlo todo siendo el primero, con la vara más alta que eso conlleva”.

Estas son instantáneas del tipo de celebración que, en mi opinión, se merece el 250.º aniversario del país, imágenes que transmiten cordialidad, tranquilidad, orgullo y dignidad. Muestran expresiones de patriotismo más reflexivas, generosas e inclusivas que casi cualquier cosa de la Gran Feria Estatal Estadounidense en la Explanada Nacional, o que la promesa de Trump de que los fuegos artificiales de este año batirán un récord mundial Guinness al lanzar más de 860 mil cohetes. Pero antes de que empiece la fiesta pirotécnica, el presidente va a dar un discurso. Y si se mantiene fiel a su estilo, hablará y hablará y hablará.

Quiero disfrutar de las vistas y los sonidos de los fuegos artificiales sobre la capital del país igual que lo hice cuando vine por primera vez a Washington. Tal y como lo hice hace solo unos años.

Como espero volver a hacerlo. Algún día. c. 2026 The New York Times Company.

Robin Givhan es una crítica de moda ganadora del Premio Pulitzer y antigua crítica sénior de The Washington Post.

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El periódico publicado en la ciudad de Nueva York es editado por Arthur Gregg Sulzberger y se distribuye en los Estados Unidos y otros países. Desde su primer Premio Pulitzer, en 1851, hasta la fecha, lo ha ganado 132 veces.

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