Trump se cree un león bajo el silencio de países y organismos
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El desbocado Trump está actuando igual que el Führer. Merecería la condena unánime de los países, expresada por medio de los organismos internacionales. Pero todos callan
El león, ya se sabe, es el rey de la selva. También, debo decirlo, es el monarca de la huevonez: mientras la leona anda en chinga cazando gacelas, búfalos y cebras para asegurar la subsistencia diaria, él duerme panza arriba, con los testículos al aire, roncando majestuosamente. Aun así, el león ejerce sin contemplaciones su dominio. Un día se le ocurrió una forma de entretenimiento. Había observado a la tortuga, que andaba siempre taciturna, melancólica, agüitada. Convocó a una asamblea general de animales y les dijo que cada uno debería contar un chiste. Si la tortuga no se reía al escucharlo, él mataría al que lo había contado. Empezó el chango, o sea el mico. (Un dicho antiguo aludía a la inflación: “En la ciudad de Durango cuatro reales cuesta un chango”). El mono narró un chiste graciosísimo, que incluso hizo sonreír disimuladamente al león. La tortuga, sin embargo, no se rio. Permaneció callada, más seria que un puerco meando. Fiel a su consigna, el león lo mató con un zarpazo. Siguieron la jirafa, el rinoceronte, la gacela, el elefante, la cebra, el cocodrilo, la hiena, el búfalo, la serpiente, el chacal, y todos relataron magníficos cuentos merecedores de gran risa. La tortuga ni siquiera sonrió. El león los mató a todos. Por último, vino el hipopótamo. En modo torpe y lento relató una historia tonta y aburrida, sin ninguna gracia. Al terminar la narración del hipopótamo, la tortuga soltó una carcajada estrepitosa; se rio largamente, apretándose la barriga como si la risa la fuera a descuajaringar. El león se sorprendió. El cuento del hipopótamo había sido pésimo, el peor de todos. Le preguntó a la tortuga por qué reía así. Respondió ella sin dejar sus carcajadas: “Acabo de entender el chiste que contó el chango”... ¿Por qué el león hacía siempre lo que le daba la gana? La explicación está en una frase latina: Quia nominor leo. Porque me llamo león. Es decir, porque tengo la fuerza, y nadie puede oponérseme. Las mismas palabras podría usar Trump. Su acción en Venezuela y ahora su ataque a Irán –ambos países petroleros– son demostración de un poder que no reconoce límites, y que el magnate de la Casa Blanca ejerce a su capricho. Salvadas todas las distancias, la misma prepotencia mostró Hitler al anexarse Austria y ocupar parte de Checoeslovaquia. Por temor a un conflicto bélico –estaba vivo aún el recuerdo de la Gran Guerra– las naciones europeas lo dejaron hacer, y le permitieron violar flagrantemente, y a la vista de todos, el Tratado de Versalles. El pacato y mansurrón inglés Chamberlain se tragó las promesas de paz del cínico nazi y se dedicó a adularlo. Después le diría Churchill: “Prefirió usted la deshonra antes que la guerra, y al final tuvo la guerra y la deshonra”. El desbocado Trump está actuando igual que el Führer. Merecería la condena unánime de los países, expresada por medio de los organismos internacionales. Pero todos callan. Cave canem, decían también los latinos. Cuidado con el perro... Don Algón, salaz ejecutivo, le dijo a Nalgarina, vedette de moda de la cual era sugar daddy: “Sé que soy viejo, chaparro, calvo y panzón”. “No me importa –respondió Nalgarina–. Te quiero tal como eres: millonario”... Al final de la misa, el padre Arsilio pidió la ayuda de los fieles, pues necesitaba efectivo para restaurar el templo. La única prostituta que había en el pueblo se puso en pie y ofreció un cuantioso donativo. “Te lo agradezco, hija –vaciló el sacerdote–, pero no sé si debo aceptar tu dinero, tomando en cuenta su origen”. “Acéptelo, señor cura –sugirió en voz alta uno de los feligreses–. Ahí hay aportaciones de todos nosotros”... FIN.
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