Un lastre que se multiplica TODOS LOS DÍAS

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Opinión
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Todos los días, sin importar edad ni estatus socioeconómico, la televisión, las redes sociales, los informativos, etc., te machacan y re machacan que la infausta idea de que el único camino para ser feliz es el triunfo arrollador, es la marca de zapatos, de ropa, de todo lo que brilla aunque no sea oro. Hay un programa que seguramente habrá usted visto en la tele, MasterChef. Ahí confluye todo lo que la agresividad puede hacer en el comportamiento de los participantes. Hay una agresividad laboral despreciable. Va desde el lenguaje que usan en este concurso culinario, ahí la ambición plena se sienta a sus anchas, pareciera que se empeñan en sacar lo peor de las personas.

Venden el éxito como una meta en la que al alcanzarla te quedas. Qué horror, las victorias son parte del recorrido de nuestras vidas, son lecciones de las que hay que aprender y además tienen fecha de caducidad. Hablar de ti mismo como “mi mejor versión” es aberrante, es una bobería darte categoría de iPhone. Ser exitoso no tiene nada que ver con la vanidad, de sumo tan efímera. No obstante, el individualismo imperante ha ido reduciendo al individuo a escala de producto que compite en el mercado.

https://vanguardia.com.mx/opinion/hablemos-de-ciudadania-en-el-siglo-xxi-AH20413300

La felicidad no se alimenta de que te conviertas en el más popular de tu clase, o en el número uno en tu trabajo. Eso va y viene. La felicidad tiene más similitud con la serenidad, porque es ese estado anímico el que te permite celebrar los acontecimientos que son parte de tu cotidianidad, incluso en el trabajo. De verdad que entender esto te quita un peso de la cabeza y de tu corazón. De vez en cuando hay que hacer un alto en el camino y apreciar lo mucho que Dios nos ha brindado. No nos impongamos máscaras, luzcamos nuestra cara, lo que somos. Y enfoquémonos en lo que debemos cambiar por bien propio. Vivimos inmersos en la superficialidad. Las falsas identidades con fenómenos que potencian la cultura del consumo y las redes sociales. Ahí se privilegia la apariencia exterior, el status, el “así te ven, así te tratan”. Hoy día, el culto a la imagen está de moda, el físico, las propiedades, el estilo de vida, enfoque cien por ciento externo, los valores y los principios están perdiendo terreno a ojos vistas. Quizá cuando se percaten de semejante orfandad ya sea demasiado tarde.

Las relaciones que se construyen sobre las bases endebles de lo superfluo no tienen empatía genuina y se esfuman en cuanto se acaba el “beneficio” mutuo. Transitar por los caminos del qué dirán si se enteran de que no soy lo que aparento, se rompen con mucha facilidad. NO se puede vivir de la apariencia hasta la consumación de los siglos. Qué terrible debe ser respirar a través de una máscara impuesta por ti mismo, siempre fingiendo lo que no eres y haciendo alarde de lo que no tienes. La falsedad se emboza con sonrisas y con palabras dulces. La gente que se construye identidades falsas termina creyéndoselas. Estamos en la era de que la imagen y la apariencia lo es todo, tan lo es, que se invierten cantidades estratosféricas para sostener una fachada de éxito y “perfección”. Lo más reprobable de toda esta pantomima es la obsesión que engendra, y esto a la larga se colapsa, no se puede sostener hasta la eternidad. Y lo más triste es que los logros de verdad se pierden en el limbo de este “éxito” de mentiras y falsedades.

Todo cansa, hasta el exhibicionismo que celebran los adoradores de este engendro de dependencia al malsano espectáculo visual al que se condenan por motu proprio los seguidores. Las cantidades que se gastan para estar en la vidriera son astronómicas y para mantenerse en ella. No hay peor esclavitud que la que la que se inflige uno mismo. No caigamos en esta práctica tan dañina. NO se castigue fingiendo que es lo que no es, las mascaradas son efímeras –disculpe, estimado lector, que sea yo tan machacona–, eso está más que probado. No perdamos lo más por lo menos.

Nos estamos comiendo a nosotros mismos en aras de una méndiga –perdón por el francés– apariencia. Priorice lo esencial, lo genuino, lo importante. La gente verdaderamente importante no se placea en las redes, ni está contando los “likes”, y no obstante, BRILLA. Es indispensable que cobremos conciencia de esto. Necesitamos ser críticos constructivos. Que sean la sostenibilidad y autenticidad nuestra meta a seguir. NO reverenciemos los proyectos de corto plazo, vámonos.

Dice y dice bien la maestra colombiana María Rocío Arango Restrepo que: “Es tarea de las universidades enseñarnos a tomar distancia para privilegiar el análisis desapasionado y racional. Las humanidades, tan desvalorizadas en el mundo contemporáneo, cumplen a cabalidad esta función al propiciar el pensamiento y la reflexión crítica al ofrecernos comprensiones profundas sobre la condición humana y las estructuras sociales. Se deben promover los valores éticos disonantes con la tradición y el diálogo fuera de los canales que priorizan la superficialidad y la polarización”.

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Columna: Dómina. Nacida en Acapulco, Guerrero, Licenciada en Derecho por la UNAM. Representante ante el Consejo Local del Instituto Federal Electoral en Coahuila para los procesos electorales.

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