Una plaga del siglo XXI...

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Opinión
/ 30 enero 2026

De que el mundo cambia de manera acelerada está fuera de discusión, y lo hace gracias a psicópatas convertidos en titulares del Poder Ejecutivo. No tengo la menor duda de que estamos ya en el cenit de una época y también ante el advenimiento de otra, que se está caracterizando por lo imprevisible e inquietante, una en la que las leyes se mandan al bote de la basura, con la mano en la cintura y se impone la “moral”, sí, la moral de una caterva que carece de escrúpulos pero tienen mucho poder para imponer lo que les venga en gana.

Y como dice el viejo adagio: “No tiene la culpa el indio, sino el que lo hace compadre”, para ello cuentan con un séquito de faltos de entendimiento que todo les aplauden, con el cuerpeo de las élites económicas que se surten de los beneficios que engendran la conveniencia y se hacen locos aunque estén viendo las atrocidades que comete el cínico que está en el poder, y no son sólo ellos sino los babosos que les halagan, las élites económicas que se benefician de tanta arbitrariedad, y con esto estamos retornando a las edades de cuando imperó la ley de la selva.

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El retroceso está a la vista. Es toda una corte de lamesuelas apoyando cualquier locura que se le ocurra al dictador, su “patriotismo” se traduce en complicidades, en la utilización de un Poder Judicial conformado a modo, con medios de comunicación pagados con dinero público y por supuesto con la idiotización que corre y vuela en las famosas redes sociales en las que el odio, el insulto, las mentiras, son sus aliados.

El filósofo y profesor de la Universidad de Toronto, Jason Stanley, en su último libro Borrar la historia, expresa con claridad meridiana que los fascistas reescriben el pasado para controlar el futuro. ¿Le suena, estimado leyente? Se trata de una epidemia, el autoritarismo permea en el ánimo de quien se lo permite, es contagioso, las tácticas para que así suceda están más que probadas. En los procesos electorales le dan un llegue más artero a la democracia, en las campañas electorales se juega sucio, se manipula y se compra la voluntad de millones. Bajo esa égida esté en chino mandarín ganar una elección.

¿Qué buen gobierno puede surgir de un proceso electoral reducido a chanchullo? No resuelve un régimen de esta ralea problemas más que básicos, como son la salud, la educación, la movilidad, la vivienda, la INSEGURIDAD. Las cifras macroeconómicas no solventan la realidad de millones de personas que viven con el Jesús en la boca, por el miedo, por el hambre, por el medicamento que no pueden comprar. ¿Cómo se puede vivir... sí, VIVIR, con una ausencia de este tamaño? Y con toda y esta batahola se atreven a regalar millones de litros de petróleo. Los más pobres se deslumbran con la dádiva mensual o bimensual que reparte el gobierno para mantenerlos en el limbo, y la clase media sufraga todo ese aquelarre de manipulación y tergiversación. Los tienen endiosados, sobre todo los jóvenes que le creen más al YouTube, a Instagram, al Facebook. Lo que dice el influencer tiene más peso que su desolada realidad cotidiana.

La “izquierda transformadora” lo que más claramente transforma -en pipis y gañas- es el número de votos que le permiten mayorías en el Poder Legislativo local y federal, a más de las alcaldías, gubernaturas, presidencias de la República, y ahora de ribete el Poder Judicial, que dicho con todo respeto, le dieron en toda la torre y dejaron a la población en absoluto estado de indefensión. Qué vergüenza, llegaron algunos jueces que no rebuznan porque ignoran la tonada. Y que no se me olvide expresarlo, y esto sí me produce un profundo dolor, es la educación que se imparte en las aulas, que no es educación, es adoctrinamiento. Yo me eduqué y me formé en escuelas públicas a partir de secundaria y hasta profesional, y me siento profundamente agradecida con mis queridos y bien recordados catedráticos.

Acaba de suceder la reunión de Davos, y ahí, como se esperaba, porque a nadie sorprende, el gringo que gobierna el país vecino dijo esto: “Es un dictador, una persona horrible. Pero a veces necesitas un dictador. Ahora es de sentido común”. No fue ninguna puntada, así lo siente. Está convencido de que eso es lo que se necesita en un gobierno. Y para que no haya duda alguna, le dio un puntapié a la democracia, se le puede mandar al carajo si estorba.

Hoy día el dictador, según los cánones del citado, ya no es dictador, se trata de un gestor. Ya el haber sacado a Maduro es historia y a Venezuela la tiene por sus “desos”, bajo su tutela, vía la vicepresidenta. ¿Qué va a pasar en el país sudamericano? ¿Va a cambiar de régimen? Nadie lo sabe a ciencia suerte. Lo que sí sé es lo que le dijo un venezolano a un buen amigo: “Ya me voy de México, porque va que vuela a ser Venezuela dos. También el ínclito ha dicho que va a convertir a Gaza en un resort turístico, en la Junta de Paz. De acuerdo a esto, él es único que tiene poder para vetar decisiones, invitar a nuevos miembros, deshacer la Junta y nombrar sucesor. Con esto está más que claro que la democracia es negociable. Hágame el “re favrón cabor”, como dice el maestro Catón.

El dictador de este siglo siente desprecio por las instituciones, las odia con odio jarocho, como decía un comediante mexicano años atrás, y guarda una hostilidad hacia la burocracia, a más de la visión paternalista del poder. El problema, según los estudiosos del tema, no es quien gobierna, sino el sistema que limita al gobernante. Bueno, ni siquiera se trata de ejercer el poder con mano dura, sino de una construcción ideológica que propone la sustitución de la democracia liberal por un modelo postdemocrático, tecnocrático y explícitamente elitista. ¿Qué tal?

Curtis Guy Yarvin, es un bloguero estadounidense de extrema derecha, pero muy extrema, afirma que en el siglo XXI en las elecciones ya no se debe convencer a ciudadanos informados e independientes de que el gobierno está haciendo un buen trabajo y que el objetivo debe ser “reclutar ejércitos electorales y ponerlos en marcha, que la derecha, para ganar, debe activar a votantes con escasa propensión a votar, que no busque al centrista apasionado, devorador de libros. Y si así fuera, la elección pasa a ser una simple operación de movilización”.

¿Esto queremos para nuestro país? Se me encoge el alma de solo pensar que lleguemos a condición de robots, sin patria ni matria...

Columna: Dómina. Nacida en Acapulco, Guerrero, Licenciada en Derecho por la UNAM. Representante ante el Consejo Local del Instituto Federal Electoral en Coahuila para los procesos electorales.

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