Vino, mujeres y canto

Opinión
/ 24 enero 2023
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Los saltillenses vieron “Santa” en los cines de los hermanos Rodríguez, que tenían martes de buen humor donde el culto público asistente podía bailar en el foyer del cine a los acordes de la orquesta de don José Tapia R., y luego cantar a coro en las butacas siguiendo la letra de la canción de moda, letra que aparecía en la pantalla, y la gente coreaba las palabras con ayuda de un puntito de luz que se hacía saltar de sílaba en sílaba según iban las notas de la canción. El karaoke de antes.

Se conmovieron también los saltillenses con los dramones que representaban las hermanitas Blanch, tragedias tremebundas de don José Echegaray o don Manuel Linares Rivas, con nombres como “Mancha que limpia”, “Cobardías” o “La Mujer X”. Igualmente oyeron cantar a Salvatore Bonci; aplaudieron las hazañas circenses de los hermanos Esqueda, trapecistas cuyas hazañas en el trapecio, de enorme precisión, eran formidables si se tomaba en cuenta que todos ellos eran bizcos.

Nos divirtieron los títeres de Rosete Aranda, que ponía su carpa en el callejoncito de la plaza de Castelar. Nos asombramos e hicimos ¡ah! y ¡oh!, boquiabiertos, cuando el valiente aviador Roberto Sosa se lanzó en paracaídas desde un biplano trepidante. Se dolió nuestro corazón cuando el desdichado paracaidista, movido por vientos de adversa fortuna, fue a caer en medio de una extensa nopalera impenetrable que estaba cerca del campo de aviación.

Bailaron los saltillenses, sobre todo en aquellos bailes rancheros de la Sociedad Mutualista y Recreativa “Manuel Acuña”, con la gran orquesta del maestro Lorenzo Hernández, que les daba el veinte y las malas a los solistas de Lara, a Luis Arcaraz o al millonario Pablo Beltrán Ruiz. Bailes famosísimos aquellos, igual que el de fin de año en “la Acuña”: los señoritos del Casino comían apresuradamente las uvas al dar las 12 de la noche, y luego de dar y recibir los abrazos se iban corriendo a “la Acuña” para entregarse con la merita clase media al regocijo de un baile que no acababa sino cuando ya era hora de ir a misa de siete a Catedral.

Se emborracharon también los saltillenses, principalmente en “Los Bajos”, cantina inolvidable situada en el sótano del Hotel “Coahuila”, donde era muy fácil entrar, dificilísimo salir.

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Se emocionó Saltillo con las canciones de Agustín Lara, a quien recibió en triunfo haciéndole salir a fuerza de aplausos y de vivas a recibir el homenaje de la muchedumbre desde el balcón del hotel que lleva el nombre de Urdiñola. Volvieron a vibrar las señoritas saltillenses la vez que vino Pedro Infante vestido de agente de tránsito. Pedrito vendió besos –en la mejilla- a beneficio de la Cruz Roja, lo cual justificaba el hecho, a razón de 50 pesos cada uno, lo que en aquellos años era una fortuna.

Saltillo es otro ya, naturalmente, mas no ha perdido la memoria. Nació nuestra ciudad a una nueva vida de progreso, pero conserva sus recuerdos. Alguien dijo que sin pasado no hay futuro, del mismo modo que sin raíz no puede tener el árbol fronda y frutos. Dijo bien.

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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