El miedo como destino

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Opinión
/ 30 marzo 2026

Hay épocas en las que el ser humano no vive, sino que se queja de vivir; épocas en las que camina por la banqueta sombreada de la existencia. Se desliza por la vida como quien rehúye el compromiso de ser, como quien prefiere la tibieza de la penumbra antes que la claridad que incomoda, que interpela, que obliga a definirse.

Hace siglos, Epicuro advirtió un error sutil y profundo: no es la realidad la que atormenta al hombre, sino la forma en que la interpreta. No sufrimos tanto por lo que ocurre, sino por lo que imaginamos que ocurrirá; no nos duele el presente, sino la ansiedad de un futuro que aún no existe.

https://vanguardia.com.mx/opinion/paz-y-bien-AI19668855

Y en esa distorsión —entre lo que es y lo que creemos que será— el ser humano comienza a extraviarse. Porque, incapaz de habitar el presente, se instala en la queja; incapaz de reconocer lo que tiene, se obsesiona con lo que le falta; incapaz de sostenerse en la realidad, se deja arrastrar por el temor.

No niego que haya nubarrones; sería ingenuo hacerlo. Pero sí cuestiono la conclusión fácil que de ello se desprende, porque quizá no estamos frente a tiempos difíciles, sino frente a tiempos distintos. Y no es lo mismo.

DISTINTO

Los tiempos difíciles exigen resistencia; los tiempos distintos exigen resiliencia y transformación. Y es precisamente ahí donde muchos fracasan, no por falta de capacidad, sino por falta de disposición.

El ser humano que no sabe reinterpretar la realidad queda atrapado en ella. Se convierte en víctima de un entorno que no comprende y, peor aún, en rehén de sus propias emociones.

Entonces aparece el miedo que no paraliza por la magnitud del peligro, sino por la incapacidad de enfrentarlo.

Y junto al miedo, el desánimo; y junto al desánimo, la queja; y junto a la queja, la renuncia. Así se gestan las derrotas que no vienen de afuera, sino de adentro, silenciosas, progresivas, casi imperceptibles, pero profundamente destructivas.

Pero no todos reaccionan igual. Siempre han existido —y seguirán existiendo— personas que, en medio del desconcierto, deciden ensanchar el alma y trabajar; que entienden que no son dueños del fruto, pero sí del esfuerzo.

A ellos les pertenece el porvenir, porque en sus espíritus permanece intacta una capacidad que ninguna crisis ha logrado extinguir: levantarse, transformar lo improbable en posible y hacer de la adversidad un terreno fértil.

Evidentemente existe un espacio al que las crisis no tienen acceso: el ámbito de la fe y de la esperanza. Ahí donde el ser humano decide, a pesar de todo, creer. Y quien cree, resiste; y quien resiste, construye; y quien construye, termina, tarde o temprano, dejando huella.

EL VIEJO

En las siguientes líneas comparto una historia que ilustra con claridad lo anterior.

https://vanguardia.com.mx/opinion/cultivar-la-vida-ME19594901

Durante la Gran Depresión estadounidense, un viejo viudo tenía, al lado de una carretera interestatal, un pequeño restaurante bien acondicionado.

El hombre era prudente y muy trabajador; su propósito fundamental era destinar el producto de su labor a la manutención de su hijo, quien estudiaba economía en una de las universidades más prestigiadas del país.

El viejo, que veía mal y escuchaba peor, no se preocupaba por los titulares de los periódicos ni conversaba sobre temas económicos con sus comensales; más bien, se dedicaba a brindar un excelente servicio en su restaurante.

Sus platillos siempre eran abundantes y no escatimaba recursos para satisfacer a sus visitantes. Su pobre vista y su escaso oído habían provocado que no se enterara de la gran depresión que sacudía a su país. Su visión de la vida era positiva, alegre, optimista. Frugal.

Frecuentemente pintaba el local, anunciaba promociones y variaba el menú de acuerdo con la época del año. Sus ventas se mantenían estables, lo que hacía de su pequeño restaurante una excepción en el mercado que, obviamente, él desconocía.

En una ocasión, su hijo lo visitó inesperadamente y, al darse cuenta del “derroche” de su padre, cuestionó molesto la razón por la cual gastaba tanto en promociones y arreglos del establecimiento, haciéndole ver la gravedad de la economía del país.

El joven estudiante le recomendó enfáticamente que fuese parco en los platillos, que aumentara los precios y que evitara hacer arreglos innecesarios, ya que el país se encontraba en una “Gran Depresión”.

Además, le hizo ver la importancia de mantenerse informado para establecer estrategias en el negocio. Luego de estos “consejos”, el hijo partió.

https://vanguardia.com.mx/opinion/ennoblecer-la-existencia-OP19526549

El viejo implementó las estrategias sugeridas y, adicionalmente, comenzó a dedicar gran parte de su tiempo a hablar del caos económico, político y social prevaleciente.

Esta situación, paulatina e inconscientemente, fue amargando su ánimo, reflejándose en su ambiente de trabajo. Los clientes dejaron de visitarlo, y el hombre se avinagró cada día más, hasta que no le quedó más remedio que cerrar su negocio, culpando a la “gran depresión”.

Al poco tiempo enfermó gravemente. El hijo regresó a casa para verlo. El viejo, antes de morir, agradeció a su hijo por los “sabios” consejos que le había brindado, ya que, según él, fueron oportunos para salvar el patrimonio que permitiría a su vástago continuar con sus estudios de posgrado y doctorado.

Y así, sintiéndose afortunado por haber abierto a tiempo su mente a la mala fortuna nacional, cerró los ojos para siempre. El hijo tomó lo heredado y, complacido por el bien que creía haber hecho, se marchó del pueblo para jamás volver.

La historia enseña más de lo que aparenta. No fue la crisis la que destruyó al hombre, sino la forma en que decidió asumirla. No fue la realidad la que lo venció, sino la narrativa que permitió que se instalara en su interior. Y eso es, quizá, lo más peligroso: cuando el hombre empieza a creer más en el miedo que en sus propias posibilidades.

Porque el miedo, cuando se vuelve discurso, se convierte en destino.

OPORTUNIDAD

Dejamos de intentar. Dejamos de arriesgar. Dejamos de construir. Nos volvemos prudentes en exceso, cautos hasta la parálisis, racionales hasta la esterilidad. Y, en ese intento por “protegernos”, terminamos renunciando a lo único que verdaderamente nos hacía avanzar: la capacidad de actuar.

Por eso conviene recordar que las épocas de cambio no son únicamente escenarios de riesgo, sino también de oportunidad. Que la prudencia no debe confundirse con la inacción, ni la información con el desaliento. Que hay virtudes que solo florecen en terrenos adversos: la templanza, la paciencia, la disciplina, la esperanza.

Muchos prefieren culpar a las circunstancias, a la economía, al gobierno, al entorno. Prefieren externalizar el fracaso antes que asumir la responsabilidad. Y así, sin darse cuenta, renuncian a su propia capacidad de transformación.

Pero siempre hay otros: los que deciden luchar, los que se levantan cuando todo invita a quedarse en el suelo, los que entienden que la verdadera crisis no es la escasez, sino la falta de carácter.

Hoy el país requiere personas capaces de pensar con claridad, de actuar con valentía y de sostenerse con esperanza; personas que no se dejen arrastrar por el pesimismo colectivo, que no hagan de la queja un estilo de vida, que no utilicen los tiempos como excusa para no cumplir con su deber.

Porque, en el fondo, no son los tiempos los que definen al ser humano, sino el ser humano quien, con sus decisiones, termina por dar forma a su tiempo.

A TIEMPO...

Quizá el mayor desafío de nuestra época no sea la crisis económica, ni la incertidumbre social, ni los cambios vertiginosos, sino algo mucho más profundo: el vacío espiritual que deja al hombre sin rumbo, sin sentido y sin fuerza.

Hemos extraviado la vara y el cayado, y por eso caminamos desorientados, confundiendo prudencia con miedo, información con angustia, realidad con fatalismo.

Pero aún estamos a tiempo de volver el rostro hacia el sol. A tiempo de recordar que la vida no se espera, se construye; que el futuro no se adivina, se decide; que el destino no se padece, se enfrenta.

https://vanguardia.com.mx/opinion/sin-dejar-OI19446833

Sería prudente abandonar las creencias líquidas para anclarnos en paradigmas sólidos que nos den dirección y esperanza, recordando lo que Sábato señaló: “A la vida le basta el espacio de una grieta para renacer, porque las personas sabemos hacer de los obstáculos nuevos caminos”.

Y quizá esa grieta —la que hoy tememos— sea, en realidad, la puerta por la que estamos llamados a comenzar de nuevo, dejando de hacer del miedo nuestro destino.

cgutierrez_a@outlook.com

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