Paz y bien

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Opinión
/ 23 marzo 2026

Hoy he querido mirar de frente tres historias que, en apariencia, no tienen nada en común. Tres relatos nacidos en contextos distintos, en geografías lejanas, en circunstancias que parecerían no tocarse.

Y, sin embargo, al colocarlos uno junto al otro, como quien aproxima tres espejos, terminan reflejando una misma verdad. No son historias cómodas. No son relatos que se puedan recorrer con la ligereza de quien pasa las páginas sin detenerse. Son, más bien, umbrales.

https://vanguardia.com.mx/opinion/cultivar-la-vida-ME19594901

Puertas que, al abrirse, nos obligan a descender hacia lo más hondo de la condición humana. Porque hay textos que informan, otros que entretienen... y algunos que interpelan. Estos últimos se encarnan, se quedan.

En el fondo, toda historia verdaderamente humana termina siendo un espejo. No uno complaciente, que devuelve la imagen que queremos ver, sino aquel que revela lo que preferiríamos ocultar.

Vivimos en una época que ha perfeccionado la capacidad de señalar hacia afuera. Hemos aprendido a ubicar la violencia en los otros, a diagnosticar la fractura en sistemas, ideologías o estructuras.

EN NOSOTROS

Hablamos de guerras como si fueran fenómenos lejanos, como si pertenecieran únicamente a los libros de historia o a los noticieros de la noche. Como si fueran ajenas. Pero hay una sospecha que atraviesa estas historias: la guerra no comienza en los territorios; comienza en el corazón.

No se gesta primero en los campos de batalla, sino en los silencios, en los resentimientos, en las pequeñas negaciones del otro. La guerra no irrumpe de golpe: lentamente se cultiva.

Más que estar allá afuera, en los otros, la guerra habita aquí adentro, en nosotros mismos. Más que vivir lejos, se instala cerca: en nuestras palabras, en nuestras decisiones, en la forma en que miramos —o dejamos de mirar— a quienes nos rodean. A veces, incluso, en nuestros propios hogares, en la comunidad en la que habitamos... aunque no necesariamente en la que vivimos.

Porque habitar no es lo mismo que vivir. Se puede compartir un espacio y, sin embargo, permanecer profundamente distantes. Se puede convivir y, al mismo tiempo, desconocerse. Se puede hablar... y no decir nada. Y es en ese vacío donde comienzan las guerras que no salen en los periódicos: las guerras íntimas, silenciosas, que nadie declara... pero que la mayoría padece.

AMARGURA

Albert Camus, en El primer hombre, describe una escena de combate que, en su crudeza, revela una verdad inquietante: Jacques vence. Golpea, derriba, somete. Obtiene aquello que, durante días, había anhelado: la consagración visible de su triunfo. El ojo morado del adversario se convierte en símbolo, en trofeo, en prueba irrefutable de superioridad. Los gritos del entorno validan la escena: hay un vencedor, hay un vencido, hay una historia que puede contarse. Y, sin embargo, algo se rompe en el instante mismo de la victoria.

https://vanguardia.com.mx/opinion/ennoblecer-la-existencia-OP19526549

Cuando Jacques, aún aturdido por la rapidez del desenlace, vuelve la mirada hacia Muñoz, ya no ve a un rival: ve a un hombre. Un hombre desfigurado por los golpes, derrotado, vulnerable. Y es en ese momento —no antes— cuando aparece una tristeza inesperada, sorda, profunda.

Comprende entonces algo que no se enseña en los combates: que vencer a un hombre es tan amargo como ser vencido por él. La victoria, despojada de su euforia inicial, se revela incompleta, incluso estéril. Porque no hay triunfo posible cuando, para alcanzarlo, ha sido necesario degradar al otro.

DESAMOR

Un relato anónimo cuenta de un soldado que regresa de la guerra de Vietnam. Ha sobrevivido al frente, pero trae consigo una historia que no es fácil de contar. Llama a sus padres y les pide un favor: quiere llevar a casa a un amigo herido, mutilado, abandonado por los suyos.

Al principio, los padres acceden con entusiasmo; la alegría del reencuentro los predispone a la generosidad. Pero cuando comprenden la magnitud de la situación, retroceden. Argumentan, justifican, racionalizan.

Hablan de cargas, de límites, de responsabilidades que no les corresponden. El hijo insiste. No pide un gesto de cortesía, sino un acto de amor. Quiere que ese “amigo” forme parte de la familia.

La respuesta es negativa. Días después, reciben la noticia: su hijo ha muerto. Un aparente suicidio. Solo en la morgue descubren la verdad que transforma todo: el “amigo” era él mismo.

Quería saber si sería aceptado tal como había quedado después de la guerra. No lo fue. Y en ese rechazo encontró el final.

Aquí la guerra ya no es un campo de batalla; es el desamor. La incapacidad de acoger, la imposibilidad de reconocer la dignidad del otro cuando deja de ser cómodo, cuando deja de encajar, cuando exige algo más que palabras.

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¿POR QUÉ?

Sin embargo, entre los escombros de la historia, surge una voz inquebrantable. El 3 de mayo de 1944, Ana Frank plasmó en su diario interrogantes que, aún hoy, desafían el paso del tiempo: “¿Por qué hay seres que sufren hambre mientras que en otras partes del mundo se echan a perder los alimentos por superabundancia? ¿Por qué los hombres son tan locos? No creeré nunca que los responsables de la guerra son únicamente los poderosos, los gobernantes y los capitalistas. No, el hombre de la calle está también contento con la guerra. Si no fuera así, los pueblos se hubieran sublevado hace mucho tiempo.

Con frecuencia me he sentido abatida, pero nunca aniquilada (...) Me favorece mi naturaleza expansiva, mi alegría y mi valor. Cada día me siento crecer interiormente, siento que se aproxima la libertad, siento la belleza de la naturaleza y la bondad de los que me rodean. Tengo la plena conciencia del interés de esta aventura. ¿Por qué habría de desesperarme?”.

MIL VECES

Después de recorrer estas historias, queda una ineludible certeza: la guerra no es un accidente de la historia, sino una posibilidad permanente del ser humano. La gran guerra no está afuera: está dentro de cada uno de nosotros. Se manifiesta en el egoísmo cotidiano, en la indiferencia, en la incapacidad de reconocer al otro como digno.

En la competencia que deshumaniza, en la fragmentación que separa, en el desamor que erosiona silenciosamente los vínculos. Aparece cuando elegimos la comodidad sobre la compasión, cuando preferimos tener razón antes que cuidar la relación, cuando cerramos la puerta a quien más lo necesita.

La tragedia es que la guerra se ha domiciliado en las almas. Se ha vuelto cotidiana, normal, invisible. Hemos aprendido a convivir con ella, a justificarla, incluso a sostenerla.

Alimentamos agravios, acumulamos resentimientos, sostenemos guerras privadas que consumen, poco a poco, nuestra capacidad de amar. Y, sin embargo, ninguna victoria obtenida a costa del otro es realmente una victoria.

El vencedor también queda herido, no en el cuerpo quizá, pero sí en algo más profundo: en su humanidad. Por eso, tal vez, mil veces sea mejor ser víctima que victimario.

https://vanguardia.com.mx/opinion/el-latin-de-la-conciencia-CO19354035

AUSENTE

La transformación, entonces, no puede venir solo de afuera. No basta con cambiar estructuras o firmar acuerdos. La paz no se decreta: se construye desde dentro.

Cambiar la vida para bien implica algo más que una intención: exige una conversión interior, una forma distinta de mirar, de escuchar, de relacionarnos. No hay vida que cambie para bien cuando falta el amor humano que la ensanche, que la haga inmensa.

El amor que hoy parece ausente. No ha desaparecido, pero ha sido desplazado, arrinconado, sustituido por la prisa, la utilidad, la conveniencia. Hemos aprendido a medirlo todo... menos aquello que verdaderamente importa.

El amor no ha muerto, pero está herido. Exiliado. Secuestrado. Hoy solloza en silencio, convertido en víctima del propio ser humano, prisionero de un egoísmo disfrazado de libertad.

DECISIÓN

Y, sin embargo, aún queda una posibilidad. Si la guerra comienza en el interior, también la paz puede nacer ahí. En una mirada que reconoce, en una palabra, que dignifica, en un gesto que acoge.

Tal vez el acto más valiente no sea vencer al otro, sino vencer esa inclinación interna que nos empuja a deshumanizarlo. Porque, al final, la pregunta no es si habrá guerras en el mundo, sino si seguirá habiendo guerra en nosotros.

Y la respuesta no reside en los discursos, sino en nuestra forma de habitar el mundo; una existencia que, a mi juicio, debe cimentarse en la paz y en el bien.

cgutierrez_a@outlook.com

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