‎¿Y la Página Siete?

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Opinión
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Por: ‎‎Azul Flores

El club “Ficciones desde el desierto” se reunía cada jueves por la tarde. No había ceremonia formal ni reglas rígidas: sólo un círculo de voces, libretas abiertas y la costumbre de leer en voz alta lo que cada uno había escrito durante la semana. Entre risas, correcciones y frases que a veces no terminaban de encajar, las historias pasaban de mano en mano. Se tachaban diálogos con cruces rojas, se modificaban finales y se discutían títulos como si de eso dependiera el destino del mundo. Y de vez en cuando Fátima tenía la costumbre de repetir una frase que todos conocían de memoria:

‎—¡Sobre explicas!

‎Y terminaba consiguiendo que alguien borrara casi medio manuscrito.

https://vanguardia.com.mx/opinion/el-llavero-GD18820314

‎Cuando un relato por fin encontraba su forma final, nuestro tallerista con su uniforme azul sonreía y lanzaba una promesa:

‎—Envíamela corregida para pasarla a VANGUARDIA.

‎Entonces sólo quedaba esperar. A veces unos días, a veces varias semanas o meses, hasta que llegaba el momento de abrir el periódico y encontrar nuestras voces impresas en la Página siete. Para nosotros se había vuelto una pequeña tradición por generaciones. Por eso nadie supo qué decir el pasado domingo cuando no apareció el texto de Eliza. Obviamente, ella fue la primera en darse cuenta y nos despertó a todos por Wapp, desconsolada. Revisó el diario completo y después otro, luego le ayudamos a buscar en ejemplares del Oxxo, convencidos de que se trataba de un error en imprenta o de los repartidores. Tal vez justo se les había escapado esa sección de su viaje en moto.

Teníamos terror. La Página Siete no estaba en el lugar de siempre. ¿Ya no habría más colaboraciones desde Cuatro Ciénegas?

Mafe revisó la edición digital y descubrió que tampoco había nada ahí. El grupo se reunió pronto para aclarar el caso. Emmanuel miró la pantalla, frunció el ceño y dijo que probablemente era una falla del tallerista, porque quizá no mandó el relato de Eliza. Nadie quiso discutirle eso. El profesor era bastante olvidadizo, a veces se quedaba dormido y nos dejaba sin sesión una que otra tarde. Nos estaba convenciendo hasta que comenzaron a desaparecer también en línea las publicaciones antiguas.

Días más tarde, los enlaces donde antes podían leerse nuestros cuentos comenzaron a abrir espacios en blanco. No marcaban error ni indicaban que el contenido hubiera sido eliminado. Sólo no había nada más que anuncios flotantes sobre el fondo.

Después de clases, nos reunimos en el laboratorio de cómputo para revisar el sitio web de VANGUARDIA en espera de una explicación o milagro, ya que el coordinador estaba de viaje, reclamando en paquetería el extravío de nuestras antologías recién impresas. Mientras Mafe monitoreaba las ediciones pasadas del diario coahuilense y Emmanuel intentaba recuperar los PDF del Archivo General del Estado, uno de los relatos comenzó a deformarse frente a ellos. Las letras se deslizaron fuera de las palabras, los signos de puntuación cambiaron de lugar y algunas frases se deshicieron como tinta sobre el agua. ‎Entre los márgenes del monitor comenzó a formarse una pequeña silueta hecha de fragmentos de titulares, comas y vocablos sin terminar.

‎Nadie habló. ‎La figura levantó la cabeza y la Página Siete desapareció otra vez. ‎Al principio la criatura salía durante unos segundos, escondida entre el código HTML del sitio, como si todavía no pudiera sostener su propia forma. Pero cada vez que los chicos regresaban a buscarla era más visible. Hasta que una tarde se presentó por completo en el teléfono de Mafe.

El intruso era pequeño y torpe. Estaba hecho de letras informes, signos de puntuación y fragmentos de historias que parecían haberse desprendido de otras páginas. Sus ojos eran dos puntos finales mal colocados y su cuerpo temblaba como si existiera apenas a medias.‎

Eliza se acercó lentamente, menos desilusionada por no haber publicado su texto aún. Sabía que su última esperanza sería La Tamalera, nuestra revista anual.

https://vanguardia.com.mx/opinion/compartir-el-aura-no-el-aula-DG22714711

‎—No está rompiendo la página —dijo—. Está viviendo dentro de ella.

‎Como si hubiera entendido sus palabras, la criatura inclinó la cabeza. Entonces apareció un mensaje desordenado, compuesto de tipografía diversa, como las cartas de acosadores: ‎NO QUIERO DESAPARECER.

‎Durante las horas siguientes comenzamos a revisar lo que pudimos. Descubrimos que la criatura no sólo borraba las publicaciones recientes, sino también las antiguas, los respaldos digitales e incluso algunos archivos originales que los autores conservaban en sus computadoras. Era como si estuviera reescribiendo el pasado.

‎Mafe fue quien notó el patrón. La criatura nunca eliminaba una página al azar. Siempre elegía cuentos, poemas o cualquier texto literario donde alguien hubiera dejado una parte de sí mismo.

‎—Nos está copiando —dijo.

‎Eliza negó rotundamente.

‎—No. Nos está malentendiendo.

‎La criatura volvió a escribir: ‎NO SÉ SER SIN QUITAR.

‎Eso cambió la forma en que la veían. Eliza fue la primera en entender que quizá no estaba intentando destruir sus historias, sino lograr lo único que sabía hacer. Había nacido entre textos borrados, archivos dañados y palabras abandonadas. Nunca había aprendido que dos historias podían compartir una página sin que ninguna tuviera que desaparecer. ¿La web era una guerra sin cuartel por sobrevivir entre datos y red 5G?

‎El problema era que, mientras intentábamos comprenderla, cada vez quedaban menos narraciones que salvar por su tremendo apetito. La sección que había sido nuestra memoria por tantos años era una alacena que se iba quedando vacía de recuerdos por la gula del monstruo virtual.

Con la gestión de Emmanuel, una vez más, viajamos pronto a Saltillo para resolver el dilema. El profesor iba de fachada para distraer a nuestro anfitrión, el editor Javier. Las oficinas de VANGUARDIA parecían normales: periodistas caminando de un lado a otro, teléfonos sonando e impresoras trabajando sin descanso. Nadie parecía notar que una página entera llevaba días desapareciendo del impreso y de la red.

‎El grupo consiguió llegar hasta el área donde se encontraban los servidores. En una pantalla enorme, el sitio del periódico parpadeaba constantemente. La Página siete volvía durante unos segundos y después se borraba de nuevo.

‎Entonces todos lo vimos. ‎La criatura ya no era pequeña. Estaba mezclada con el código del sistema, formada por palabras rotas, signos de puntuación y restos de titulares antiguos. Ahora comprendimos que nunca había estado escondida detrás de la Página siete. ‎Siempre había vivido dentro de ella y la habíamos alimentado por tanto tiempo...

‎La opción más sencilla era apagar todo y destruir el programa donde estaba el espécimen. Empezamos a considerarlo, pero la criatura tembló y las letras que formaban su cuerpo empezaron a desprenderse.

‎Eliza negó con la cabeza.

‎—No podemos hacerle lo mismo que ella a nuestras historias.‎

Mafe entendió de inmediato. Emmanuel también. ‎Eliza sacó su libreta y la abrió sobre una mesa con Andattis fríos y funkos de Pokemón.

‎—Vamos a escribir.

‎No narrarían sobre la criatura. ‎Escribirían para ella. Durante horas inventamos mundos donde las ficciones nunca se acabarán, donde siempre habría espacio para un relato más y donde nadie tenía que extinguirse para que otro pudiera vivir. Historia sin fin de Michael Ende nos quedaría corta. Mafe aportó ideas, Eliza intentó imaginar cómo se sentiría alguien que nunca había tenido un lugar y Emmanuel escribió sin decir demasiado, aunque luego se quejó de que aquello olía a tarea extra. Yo tenía bloqueo creativo y vigilé la puerta.

‎Mientras las palabras llenaban las hojas, algo comenzó a cambiar. Las pantallas dejaron de parpadear. ‎Los archivos regresaron lentamente a su vieja morada. Los relatos antiguos reaparecieron uno tras otro. ‎La Página siete dejó de esfumarse hasta que se hizo estática en el monitor.

‎La criatura observaba cada redacción con interés. Su cuerpo, antes formado por restos en desorden, ya se sostenía por sí mismo, pero ahora en párrafos justificados y con sangría, menos el primero. ‎En ese instante la Página siete recuperó su sitio tras cada nueva edición del periódico. También regresaron los archivos digitales y los cuentos que todos creían perdidos. Por supuesto, por fin Eliza consiguió ver su historia en letra de molde.

Sólo quienes formaban parte de nuestro taller literario sabían que algo había cambiado en la biblioteca del CBTa No. 22 que usábamos como aula.

‎Cada jueves, cuando el club volvía a reunirse, las hojas se movían sin que el viento entrara al salón. A veces aparecía una palabra donde nadie recordaba haberla puesto. De vez en cuando, al pasar la mirada por una línea, alguien alcanzaba a distinguir un trazo de tinta que se mudaba de un manuscrito a otro antes de poder señalarla. ‎No era el monstruo que había devorado la Página Siete para existir, sino nuestro primer lector. Uno que todavía estaba aprendiendo, uno que a veces se equivocaba y que, igual que nosotros, había hallado su lugar en el club para jóvenes narradores de preparatoria. ‎Quizás era lo único que necesitaba la criatura desde el principio: entender que las historias no tienen que borrar a otras para encontrar su espacio. Que una página puede contener más de una voz. Que incluso algo nacido de palabras olvidadas puede convertirse en una ficción nueva si alguien decide escribirla.

El Lector Beta que nos conseguimos nunca volvió a borrar un relato completo de Página Siete o La Tamalera. A veces modificaba un término o movía algún singo de puntuación, pero nadie se quejaba demasiado. Desde entonces, cada vez que una historia hallaba su lugar, había una pequeña entidad hecha de tinta que también encontraba un sitio donde quedarse.

https://vanguardia.com.mx/opinion/la-forma-en-la-que-te-quedaste-NI19336847

Eliza tuvo que escribir otra historia inédita. El texto de aquel domingo sin Página Siete vio la luz también sin créditos para el autor. Tallerista y editor pasaron por alto esa última enmienda.

AZUL YULIANA FLORES LÓPEZ (Monclova, Coahuila, 2009). Cursa quinto semestre en la carrera de Técnicos en Servicios de Hospedaje del CBTa No. 22 y forma parte del taller literario. En 2024 ganó el tercer lugar del VIII Concurso para Relatos de Terror organizado por el club del plantel. Es su cuarta colaboración en Vanguardia. También ha publicado en La Tamalera VIII y la segunda antología del club (2020-2025). Es una entusiasta de los documentales sobre asesinos seriales, crímenes, películas de terror y una gran fanática del autor Stephen King.

FÁTIMA AZENETH SANMIGUEL DÁVILA (Cuatro Ciénegas, Coahuila, 2007). Exmiembro del taller literario del CBTa No. 22, estudia tercer semestre de Arquitectura en la UAdeC y es autora de Hogar, dulce ahogar (2025). Ganadora del Concurso para Relato de Terror en 2022, 2023 y 2024, ha publicado 15 relatos en Vanguardia y la mayoría en las distintas Tamaleras de ese período. Es su primera colaboración como ilustradora.

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