Compartir el aura, no el aula
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Con mis alumnos aprendí que las musas prefieren trabajar en cuadrillas de seis a ocho de la noche y que es mejor redactar una pieza deficiente de narrativa que no narrar. Crear en manada era la clave para mantenernos creativos, pacientes y constantes. Me incluyo entre los beneficiados hasta que tuve que dar un paso al costado como autor para construir mejor las sesiones.
Escribir en colectivo es nuestro ritual clandestino, porque ocurre fuera del canon escolar, en horario alterno a las clases obligatorias y ya casi nadie lo hace por placer. Es el rito secreto para provocar, en una lluvia de ideas, la epifanía grupal; es celebrar la vida de ficción en el fuego tribal, como sacerdote prehispánico o chamán indígena, pero sin el consumo de alucinógenos. No es histeria colectiva, pero nos sobra imaginación para jugar de puntillas en sus linderos y sacar algo bueno de allí.
No estoy romantizando el oficio de coordinar un taller literario. En serio que esa labor se disfruta, pero no todo es diversión. Por eso intento responder una pregunta recurrente: ¿escribir es magia, arte, talento o trabajo? Y la respuesta reúne todos los conceptos anteriores, no hay una fórmula ni definición exacta. Es apostar por un poco de todo. En muchos casos de éxito interviene el azar, en otras un pasado lector, en limitadas ocasiones una creatividad prominente (para la asociación de ideas) y, en su mayoría, bastantes horas frente a la hoja en blanco. Pero como yo no puedo venderles humo a mis estudiantes les confieso la ruta más segura y quizá menos reconfortante: la práctica del artesano, el trabajo de nalgas, sentarse a escribir pues.
Pero hacerlo sólo te pone en un punto de partida muy retirado de la meta y no hablo sólo de hacerlo sin asistencia técnica. Aprender a escribir en comunidad es una práctica educativa que recomiendo desde el placer y la efectividad. Además, si se puede bajo la guía de un mentor capaz, es probable que el resultado sea superlativo. Es muy importante la chamba docente, estar ahí, respaldarlos. O como dijo Stephen King en su libro Mientras escribo (2000): “Escribir es una labor solitaria y conviene tener a alguien que crea en ti. Tampoco es necesario que hagan discursos. Basta normalmente con que crean”.
Cada jueves el taller literario tiene sus sesiones de fomento a la lecto-escritura en el CBTa No. 22, donde se hace crítica de textos narrativos; también se escriben relatos de ficción y, si queda tiempo, hasta hay chisme. Entre intervalos sus miembros configuran pequeños cosmos donde, regularmente, se explora el rol del asesino serial. Es una constante, el villano de cine ochentero; pero, mientras no sea yo el elegido como antagonista, que desuellen a quien quieran y arrastren la pluma. Ojalá pronto elijan a otro profesor como blanco de sus tramas, porque sé que los sustos no acabarán. El terror es su género literario favorito y siempre empiezan a narrar desde ahí. Lo admito. Pese a su inexperiencia, pocas veces fallan en sus intentos. Consumen demasiado el horror y son capaces de imitarlo entre “Sombras nada más”. Ya lo dijo Edith Warthon: “...Todo mundo reconoce un buen fantasma cuando lee sobre él”. Imagino que escribirlo también, porque emular a tus autores favoritos es un buen principio para narrar con verosimilitud.
En el club también se regalan libros, se come pan con café y se va creando el contenido de las siguientes Tamaleras, nuestra revista anual, órgano informativo y libro insignia en la cruzada contra la precariedad lectora. Con ella bajo el brazo, nuestra sede se ha mudado a jardineras, cafés, primarias, museos y plazas, fomentando la lectura ante turistas, niños y público en general. Todas las actividades se fusionan para crear un sentido de pertenencia en cada miembro, porque lo importante es descubrir que el aprendizaje no se cultiva en solitario. Comunicas tu historia, es evaluada, luego haces tus enmiendas y cooperas con correcciones para beneficio de otra. El recorrido es idéntico clase tras clase para fortalecer la empatía entre autores y la cooperación sin revanchismos.
Hasta desde el papel de mediador se enseña que, aunque se tenga un especialista en la materia o sea un súper experto, él no puede hacerlo solo, desde la revisión de textos hasta la gestión de publicaciones. La fuerza de esta estrategia radica en el grupo, en su diversidad. A más ojos capacitados, hay un margen mayor para detectar los detalles que empobrecen un texto. Las perspectivas diferentes también abundan entorno a la obra para enriquecer otros aspectos. O ésa es la intención. Siempre señalo que es importante no faltar porque, como ninguna sesión es idéntica a la anterior en autores, textos y conceptos, el aprendizaje quizá tenga pérdidas cruciales. Pero lo que me interesa también es contar con un rango más amplio para señalar errores y comentar la regla, el sustento teórico o la medida suplementaria con el objetivo de hacer los ajustes necesarios y, sobre todo, no repetir la falta. Eso ahorra mucho tiempo como tallerista y editor.
Irónicamente, la etapa de creación quizá es la parte menos divertida de nuestras sesiones hasta que compartimos el primer borrador. El silencio mientras escribimos resulta incómodo para algunos. Aun así, el resultado de la pausa, reflexión y lectura nos lleva a cumplir el propósito de nuestro proyecto cultural y presenciar las chispas del proceso. Estar ahí en la gestación del relato y ver cuando surge la magia nos da razones para continuar con este espacio.
Compartir el manuscrito recién elaborado con los demás tiene algo de gregario, rupestre e íntimo. Nadie se ríe de ninguna idea con sorna ni mala intención, porque reconoce el proceso de narrar, la gracia y su dificultad de gestación. Las ideas están en bruto. Todos toleran un mal chiste en la redacción porque lleva rumbo en la trama y de ahí puede germinar un diálogo, párrafo o relato, gracias a la coordinación de todos en apoyo al autor con una asociación de ideas.
En cambio, el instante de más intriga para mí es la lectura del primer borrador. Siempre vas con el anhelo de encontrar una narración con futuro y nunca falta la sorpresa. En esta parte de la dinámica, la mayor cantidad de tiempo se va en la discusión, desde la crítica literaria hasta la burla. Es la parte menos tediosa del ejercicio. Lo ideal es cultivar en el estudiante el hábito de culminar todo el proceso, aunque no le gusta la idea germen de inicio, y llegar a la última fase del oficio. Stephen King explica su valor: “Es mala idea dejar algo a medias sólo porque presenta dificultades emocionales o imaginativas. A veces hay que seguir aunque no haya ganas. A veces se tiene la sensación de estar acumulando mierda, y al final sale algo bueno”.
Como profesor, uno vive para gozar esas escenas de película, a lo Robin Williams en La sociedad de los poetas muertos; allí donde todo hace clic, donde la lucidez se transforma en locura o, como en las antiguas tribus alrededor de la hoguera, donde se contagia la felicidad de oír un buen cuento. La sensación se vuelve un desafío y aliciente para ti como educador; el momento se hace una adicción y buscas encontrar más de esas recompensas fugaces cada jueves. Por eso nace La Tamalera o el vínculo con Vanguardia. Se recopila todo el entusiasmo de cada sesión, mediante sus productos, rutas y anécdotas, y se busca compartirlos con otros aficionados a la promoción lectora y narrativa entre alumnos de preparatoria. Ellos no tienen que ser profesores de planta ni profesionales de las letras, pero serlo significa una dificultad menos y un aporte extra.
La respuesta siempre estuvo ahí delante. Los jueves por la tarde eran el especio perfecto para crear personajes y mundos distintos, pero nunca ajenos a nosotros, porque los entretejíamos en grupo bajo la complicidad de todos, fuera a través del rechazo, la carcajada o el aplauso. Desde hace 10 años dispuse que dos horas eran garantía de leer y escribir. Hoy se alcanzan los 180 minutos por sesión y ya cosechamos lo que se cultivó con disciplina entre diferentes generaciones. Desde 2022 no hemos dejado de publicar La Tamalera o en el Vanguardia, debido a que se ha hecho una comunidad lectora y narrativa con nuestro club como centro.
Escribir un texto en grupo es una sensación peculiar de camaradería. Lo digo como mediador y autor. Después de un parto multitudinario —igual que en la Edad Media, pero sin temor a la falta de higiene— eres uno más en ese contexto de lectores que ponen a prueba su pericia para contar historias. Como cualquier miembro reconoce el esfuerzo en su oficio, prevalece la empatía ante el trabajo del colega novato o experimentado y se forja un vínculo de reconocimiento, fincado en el sacrificio, la complicidad y el éxito mediante el fracaso. Además, ser testigo del choque cultural, ideológico y técnico a través de la lectura crítica entre los integrantes del taller literario —donde el alumno se sabe una pieza más y sabe que esto forma parte de la catarsis—, enriquece la conversación entorno a la obra, su narrativa, el sentido de pertenencia y el posterior resultado.
Pobre de aquel iniciado en sus deberes que no entra en sintonía con la comunidad. El rapto creativo no es para cualquiera, sólo para el que se sienta cada tarde a escribir con ganas o sin ellas, cual siervo del arte. Para nosotros es el eureka de cada jueves, porque entendimos que escribir un buen relato no es magia —por mucho que coqueteemos con ella y la invoquemos a ultranza—, sino mera rutina, monótona y aburrida siempre, aunque con sus luminosos hallazgos entre colegas. Cada dos horas invertidas a la semana intentamos invocar a las musas entre memes, chisme y sarcasmo. A veces nos sonríen y otras nos reímos de ellas, pero siempre en compañía.
Miguel Ángel García Torres (Monclova, 1986). Licenciado en Letras españolas por la UAdeC, docente de bachillerato, tallerista y exreportero. Es autor de Saltillo al ras de lona. Crónica detrás de las máscaras (Acequia Madre, 2016), Azulado en cuarentena (2023) y editor de La Tamalera, revista escolar del CBTa No. 22 desde 2017. Becario del PECDA Coahuila en dos emisiones (2012-2013 y 2023), fue jurado y tutor para PECDA Querétaro 2024. Ha ganado Premios estatales de cuento (2019, 2020 y 2022) y de periodismo impreso (2009, 2010 y 2011). Ha publicado cuento y crónica en antologías y periódicos. Por su práctica docente, ha recibido reconocimientos a nivel nacional por SACPC (2025), DGETAyCM (2024), USICAMM (20-22), SEP, OIE y CANIEM (2016).