Yes Men... Ineficacia por autoritarismo
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El autoritarismo es repelente al talento. ¡Qué digo repelente! ¡Son enemigos naturales! El talentoso es el único que puede interpelar las decisiones absurdas de un jefe caprichoso
El talento otorga autoridad a quien lo posee. Y dicha autoridad es muy independiente de las jerarquías, que sólo raras veces están cimentadas en la meritocracia.
Mi ejemplo favorito es el de “el güey de Sistemas”. A los nerdos del área de informática de cualquier organización se les cuadra hasta el CEO porque, si ellos quieren, nuestra terminal –o el software del que depende toda la operación de la compañía– queda ahorita mismo o dentro de dos semanas, cuando llegue el repuesto de China.
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¡Y ni cómo discutirles! Nos tienen en su poder gracias a su conocimiento (es la única gente con la que jamás discuto, además de meseros y cocineros, aunque por razones distintas).
Es por ello que el autoritarismo es repelente al talento. ¡Qué digo repelente! ¡Son enemigos naturales! El talentoso es el único que puede interpelar las decisiones absurdas de un jefe caprichoso.
–¡Es que no se puede construir un tren en esa zona sin darle en su madre a media selva, destruir los cenotes y poner en riesgo a 400 especies endémicas! ¡Entienda!
¡Uta! ¡Cómo les enfada que los contradigan! Y si es delante de otra gente, peor... Y si es con datos y razones técnicas, peor que peor.
Por eso los autoritarios se rodean de puro “Yes Men”, gente que sólo sabe asentir y decirle lo maravillosas que son sus ideas (sus ocurrencias) y que no es que sean inviables de tan pendejas, sino que la Constitución, la naturaleza y hasta las leyes de la física carecen de la visión y audacia de nuestro amado líder.
Cuando el Grand-Tlatoani Cacayatzin de Macuspana ascendió al poder, tres distinguidos miembros de su gabinete saltaron casi de inmediato, en claro desacuerdo con las políticas que, en sus respectivas áreas de competencia, AMLO buscaba implementar:
Germán Martínez, quien ocupó brevemente la titularidad del IMSS, se hizo a un lado acusando una “injerencia perniciosa” de parte de la Secretaría de Hacienda. Afirmó que el control excesivo del gasto y los recortes presupuestales constituían un riesgo para la salud de los mexicanos, situación que no dudó en calificar como “inhumana” y “suicida”.
Dos meses después, el propio secretario de Hacienda, Carlos Urzúa, anunció su bajada de la aún incierta Cuarta Transformación porque, de acuerdo con su experiencia y conocimiento, se estaban tomando decisiones de política pública sin suficiente sustento, así como por la imposición de funcionarios sin el debido conocimiento de la Hacienda Pública.
Completó al año la tercia de dimisiones el secretario de Comunicaciones y Transportes, Javier Jiménez Espriú, tras un grave desacuerdo con AMLO sobre la decisión presidencial de militarizar el control de puertos y aduanas, transfiriéndolo de la SCT a la Secretaría de Marina (ya vimos con qué excelentes resultados: ¡cero corrupción!).
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Obviamente, las observaciones, el dictamen y el diagnóstico de unos especialistas bien intencionados y mejor capacitados no tenían cabida en la visión megalómana de un señor que desprecia el conocimiento porque es cosa de elitistas y que pregona que la lealtad supera a la experiencia o la capacidad.
Es increíble que, por ejemplo, nadie haya anticipado y confrontado al viejo cabeza de cotonete por un proyecto sin el menor sustento logístico como la Megafarmacia del Bienestar, mismo que, sin embargo, tuvo un costo de varios miles de millones de pesos. ¿En serio nadie advirtió o anticipó que no resolvería en nada el problema de desabasto de medicamentos y que sólo sangraría más al ya de por sí lastimado sistema de salud?
Me gustaría poder decir que los autoritarios pagan por sus necedades, caprichos y empecinamiento, pero no es cierto, siempre paga la gente inocente (como las 14 víctimas del descarrilamiento del Tren Interoceánico).
El presente sexenio, que es sólo una mala secuela del anterior, de repente nos ha exigido a todos los ciudadanos poner a su disposición nuestros datos oficiales, personales y biométricos para conformar un gran registro de usuarios de telefonía celular, con el argumento de que así se combatirán diversos delitos, como la extorsión telefónica (claro, porque los delincuentes muy obedientes deben haber sido los primeros en registrarse).
A las pocas horas de iniciado el registro, el sistema ya había reportado fallas y, peor aún, graves vulnerabilidades, es decir, filtraciones de datos de usuarios que quedaron expuestos y a merced de cualquiera.
Y aunque el Gobierno quiso culpar a las compañías telefónicas, esas mismas compañías señalaron que implementar un sistema así requería mucho más tiempo, un periodo de prueba y una importante inversión en tecnología y ciberseguridad, cosas que desde luego el Gobierno obvió.
Si bien ya en otros sexenios se intentó sin éxito hacer un registro similar (de igual manera sin una justificación real), la Cuarta Transformación ha sido especialmente descuidada e irresponsable en su manejo informático. Los sistemas, archivos, redes y bases de datos de las computadoras gubernamentales han sido hackeados en repetidas ocasiones (y es que el password de Presidencia “123-geraldine” todos se lo saben).
En opinión de los expertos, la política de austeridad de AMLO no considera prioritario, ni siquiera importante, invertirle a este rubro para –digamos– pagar por un antivirus y por alguien que sí le sepa, en vez de poner al hijo de un amigo con prepa técnica trunca, pero 90 por ciento de lealtad. Gracias a esto se han filtrado datos de Pemex, Lotería Nacional, Secretaría de Economía, Conagua, Banxico, Presidencia, sin olvidar el mayor ataque cibernético de nuestra historia, perpetrado contra la Sedena.
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¿En serio tenemos que poner nuestros datos más sensibles, nuestra información personal, el acceso a nuestro móvil en el que hacemos operaciones bancarias y de todo tipo, un artefacto que de hecho lleva registro de cada paso que damos, en manos de una manga de ineptos?
¿Es en serio que esa es nuestra disyuntiva: quedar a expensas de la ineptitud criminal de un gobierno ineficiente por autoritarismo... o perder nuestra línea telefónica?
No sé si esperar hasta el último momento aguardando un milagro, como que se caiga este proyecto (igual que otras veces por el peso de su propia ineficacia) o que nos comiencen a bombardear los gringos y todo este asunto quede en el olvido... no lo sé. ¿Qué piensa hacer usted? Lo leo: