Cultura y Pop: Acceso a libros
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Tyndale no solo eliminaba a los sacerdotes como intermediarios, sino que abría la puerta a que se cuestionaran sus interpretaciones
La semana pasada hablé de cómo el edificio original de la Biblioteca Británica se construyó en 1857 en el Museo Británico. Para 1997, sin embargo, se había quedado pequeño, y la Biblioteca se mudó a una nueva sede a poco más de un kilómetro, justo al lado de la estación Saint Pancras, que es la que conecta Gran Bretaña con Europa a través de un tren rápido y el túnel bajo el Canal de la Mancha.
Una exhibición permanente y gratuita presenta algunas de las joyas que la Biblioteca posee. Entre ellas hay originales de sinfonías de Beethoven y de letras de los Beatles, de libros de Virginia Woolf y de sketches de los Monty Python. También la única copia de Beowulf, la primera edición de las obras de Shakespeare, la Magna Carta británica, y una de las más antiguas ediciones conocidas del Corán.
En esta exhibición hay también una sección, titulada “El Poder de la Palabra Escrita,” relativa a la historia de William Tyndale.
Influido por las ideas de Martín Lutero, alrededor de 1520 Tyndale tradujo la Biblia al inglés para que pudiera ser leída directamente por los creyentes.
La Iglesia Católica lo acusó de herejía. Tyndale no solo eliminaba a los sacerdotes como intermediarios, sino que abría la puerta a que se cuestionaran sus interpretaciones.
Otra manera de leer todo esto: el conocimiento es poder.
Tyndale huyó a Europa. En 1535 fue traicionado, capturado en Amberes, y quemado en la hoguera un año después.
Pero lo que inició ya no pudo contenerse. Tres años después de ejecutarlo públicamente, la Iglesia aceptó que la Biblia fuera traducida al inglés. Dos años después se habían impreso nueve mil copias, y todas las iglesias en Inglaterra debían tener un ejemplar a la vista.
Si hablamos de números, la colección de la Biblioteca Británica marea. Además de una de las tres copias que sobreviven de la Biblia original de Tyndale, tiene más de ciento setenta millones de piezas, entre libros, revistas, periódicos, mapas, fotografías, y sellos.
Estas cifras, sin embargo, no dicen tanto como el hecho de que todos los días esté repleta de estudiantes e investigadores.
Es lo que ha hecho de Londres una de las dos capitales del mundo moderno. A donde quiera que uno va —museos, teatros, salas de conciertos— hay libros y gente venida de todas partes del mundo interesada en ellos. Un ejemplo: el icónico National Theater en la ribera sur del Támesis es un complejo con tres escenarios de diferentes tamaños, que además tiene dos cafeterías, tres restaurantes, un centro de enseñanza, salas de eventos—y una librería donde uno puede conseguir miles de obras de teatro.
Para las personas que quieren escribir teatro, es un tesoro. Les sirve para subirse a los hombros de quienes lo hicieron antes, para desde ahí continuar con sus propias obras.