Los muros verdes y otras pugnas

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Artes
/ 6 marzo 2026

Existe una espléndida grabación en las plataformas digitales de una versión de Los muros verdes de Moncayo, que grabó María Teresa Rodríguez a finales del siglo pasado

*Desconocer el origen de una pieza de música presupone, de antemano, una interpretación fallida, lejana- y extraña-, tanto para el intérprete como para el auditor. Me ocurrió cuando estudiaba Los muros verdes (1951) de José Pablo Moncayo (1912-1958), el autor del celebérrimo Huapango. El título en sí ya deparaba para mí el reto de asociarlo con el texto musical: encontrar el sentido a la sucesión de bloques armónicos que le otorgan movilidad e impulso a la pieza pianística, comprender la ausencia de melodías en el modo mozartiano (que en ese entonces me tenían subyugado), calibrar los desplazamientos rítmicos que erizan la partitura y lidiar con los peliagudos pasajes en los que campea la bitonalidad. La fortuna me favoreció, por que en esos días de mi penoso “montaje” de Los muros verdes llegó a la ciudad la eximia pianista mexicana, María Teresa Rodríguez (1923-2013), discípula de Carlos Chávez (1899-1978), para dar un concierto acompañada de la orquesta sinfónica de la ciudad, estancia que aprovechó la escuela de música, donde yo era estudiante, para solicitarle una serie de clases magistrales. Yo preparé un Impromptu de Schubert que la maestra Rodríguez terminó de pulir con comentarios sapientes. Uno de los participantes tocó Los muros verdes. Después de escucharlo, María Teresa le preguntó al pianista si conocía el origen y significado del título y de la pieza misma. El joven pianista no lo sabía. La pianista entonces nos develó y disertó sobre el origen de la maravillosa obra: Moncayo era un montañista apasionado, por lo que el título deriva de una excursión que realizó por las faldas del Iztaccíhuatl y el Popocatépetl; habló de la niebla densa, propia de esas latitudes y de los espesos muros de vegetación de diferentes tonalidades de verde (pinos, musgo, capas de hojas superpuestos). Eso explica, continuó diciendo, la sonoridad espesa en muchos pasajes de la pieza, la “niebla armónica”, traducida en acordes en bloque (clúster); explicó el uso que Moncayo empleó del “acorde de Petrushka” de Stravinsky (la combinación de dos triadas mayores, Do mayor y Fa # Mayor, tocadas al mismo tiempo), adaptado a los poliacordes de la pieza. Todas estas características del sonido denso y masivo son los “muros”, representados por la solidez de los elementos del bosque y la pared infranqueable de la vegetación. María Teresa Rodríguez finalizó comparando el patrón rítmico en la mano izquierda con el suelo del bosque, mientras que en la mano derecha se manifiestan pequeños motivos repetitivos, células que se transforman mínimamente en destellos armónicos en el registro agudo del piano, emulando a las ramas en busca de la luz. Existe una espléndida grabación en las plataformas digitales de una versión de Los muros verdes de Moncayo, que grabó María Teresa Rodríguez a finales del siglo pasado.

*Alguna vez pertenecí al multitudinario grupo de músicos que emprendían el aprendizaje de las piezas de Bach en una suerte de pugna temerosa, de un “complejo de Sísifo” pernicioso. Y no era para menos, la obra de Bach, además de ser luminosa en cualquiera de los sentidos que se le desee abordar, es una muralla que se antoja infranqueable. Mi pugna con las piezas de Bach se diluyó paulatina, y curiosamente, después de leer un ensayo del físico y humanista angloestadounidense Freeman Dyson (1923-2020), publicado en 1974 en The New Yorker, compilado posteriormente en su libro “El trastorno de la vida” (FCE, 1979). El ensayo narra el encuentro entre Dyson y Edward Teller (el “padre de la bomba de hidrógeno”), en la casa de este último. Al llegar a la casa de Teller, Dyson se sorprende al escuchar a su colega tocar con maestría el Preludio y Fuga en Mi bemol menor del Clave Bien Temperado de Bach. Dyson reflexiona sobre la paradoja de esta escena perturbadora: la mente del creador de un arma letal interpretando una música tan honda y espiritual como la de Bach. Mi reflexión recayó en el hecho insospechado de un físico incursionando con precisión gozosa en las veredas escabrosas del contrapunto bachiano, en contraste yo, y muchos colegas, sufriendo las de Caín para tocar con decencia a Bach.

CODA

“La música es el refugio de las almas ulceradas por la dicha”. Emil Cioran (Silogismos de la amargura, 1952).

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Músico, escritor, catedrático, gestor cultural y fotógrafo. Autor de Fabulaciones del sonido (Celosía, UAdeC. 2017). Es licenciado en Letras Españolas (UAdeC, 1995) y maestro en Música (Rice University, 2006). Su vasto repertorio como instrumentista de clavecín, órgano y piano abarca todos los géneros musicales escritos para estos instrumentos; se ha presentado como concertista en numerosos auditorios de México y el extranjero. Catedrático de tiempo completo en la UAdeC desde hace 30 años, donde se ha desempeñado como director de la Escuela Superior de Música, Coordinador general de la Coordinación de Difusión y Patrimonio Cultural y, actualmente, es el director del Recinto del Patrimonio Cultural Universitario. En 2017 inició el proyecto personal “Arte de la Fuga”, en el que se propone interpretar en vivo y en diversos auditorios la obra integral de Bach para el clavecín y el órgano.

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