Reflejo

Artes
/ 11 julio 2021

La reciente licencia -que no cese- del aún titular del Instituto Municipal de Cultura de Saltillo a raíz de ser vinculado a un proceso penal por su presunta responsabilidad en un delito de acoso sexual, casi calca a la destitución de otro director del IMCS por un suceso relacionado hace dos administraciones, así como el posicionamiento de un pequeño sector de la comunidad artística exigiendo “funcionarios honestos”, motiva a ampliar la reflexión

En dicha carta, publicada en la plataforma change.org y replicada en algunos medios locales (Nota de Mauro Marines, 19 de junio), se plantea: “Exigimos a la administración municipal actual, encabezada por el presidente municipal; Manolo Jiménez Salinas, al presidente municipal electo; José María Fraustro Siller, y a la administración que está por entrar en 2022, que los perfiles de quienes encabezan los Institutos Municipales de Saltillo sean ocupados por personas competentes, que tengan una visión que busque mejorar a la ciudad y que impulsen políticas públicas en beneficio de la ciudadanía. También exigimos que ningún funcionario que tenga procesos legales relacionados a denuncias de agresión y/o acoso sexual sea capaz de continuar en su cargo.
Saltillo merece mejores funcionarios públicos. Los puestos de dirección en los Institutos Municipales deben de reflejar la comunidad a la que representan y velar por los intereses que les corresponde, no solo fungir como cuotas políticas.”

El documento pareciera construir una crítica en torno al abuso desde el poder burocrático. Sin embargo, se ahoga en la superficie de una cuestión mayor, porque ¿de dónde proviene y se alimenta finalmente toda esa impunidad y esa corrupción que dice señalar?

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Radiografía

Algo que no se ha discutido lo suficiente en la reincidencia de estos abusos, no sólo desde los perfiles de la administración pública, sino de la comunidad artística en general, es buscar de dónde surge la normalización de estas formas de convivencia.

Digo, desde que tengo memoria, en diversos niveles y formas, el acoso de carácter sexual ha sido histórico en las instituciones de cultura de Coahuila. Y no sólo desde una intención homosexual, ni se ha reducido, como dicen ahora, al heteropatriarcado opresor. Sus victimarios no han distinguido género: vaya que se han afianzado en el tobogán de la diversidad.

¿Por qué a nadie parece alarmar que ya son dos directores del IMCS, casi consecutivos, cesados por acusaciones parecidas? ¿Por qué la recurrencia en este tipo de conductas, no sólo por parte de funcionarios, sino incluso en talleres literarios, colectivos y actividades vinculadas al ejercicio artístico o la administración de la cultura? ¿A partir de qué códigos de convivencia y sobreentendidos estos personajes asumen el abuso sobre l@s demás como natural? ¿Qué formas de indigencia sexual conforma una sociedad como la nuestra, para que cualquier funcionario de medio pelo, gestor o “artista” considere al prójimo  otro cuerpo disponible en su coto de caza?

Porque a pesar de la presunta apertura en torno a las agendas institucionales de género y el ascenso de la causa feminista, el acoso continúa en múltiples manifestaciones, formas y grados: son de conocimiento público infinidad de casos: desde la fundación del Icocult hace casi treinta años, con aquel maduro funcionario que correteaba muchachitos, o el especialista que usaba las galerías para sus sucesivos romances; más reciente, la curadora que condicionaba exposiciones y becas por noviazgos intergeneracionales; el director de cultura que repartía puestos entre sus jovencísimas amigas, el silenciado abuso en el domicilio mismo del coordinador de un taller literario, las denuncias legales de un cesado coordinador de literatura, el discreto retiro de un mando medio que acosaba embozado en la ambigüedad del trato laboral, la jerarquía y la “amistad” o aquel gestor cultural que intentaba besar en la boca a sus expositores hombres, y ante el rechazo, se disculpaba luego de “estar tomado”; en resumen y sin distinción de género: el entendimiento del favor sexual como moneda de cambio en el ejercicio de la actividad cultural.

En “Dar cuenta de sí mismo”, la sexóloga y filósofa Judith Butler resume el tema del consentimiento como una “cuestión de ética que surge precisamente en los límites de nuestros esquemas de inteligibilidad…” Es decir, el ejercicio de una sexualidad consciente, libre y responsable, tasada en el mutuo reconocimiento y el respeto. Si nuestra contención da medida de nuestra cultura ¿Por qué precisamente es en la comunidad de la cultura local tantas psiques desbarrancan a estas formas de abuso? Aventuro con Foucault que todo este desastre no es más que la consecuencia de una deleznable concepción biopolítica -herencia del más recalcitrante priísmo- donde cualquiera que detenta una mínima parcela de poder se asume automático dueño del recurso público, las oportunidades, las conciencias y también de los cuerpos.

Finalmente, la cándida cartita quizá revele una sola verdad: cuando afirma que “Los puestos de dirección en los Institutos Municipales deben de reflejar la comunidad a la que representan”, tal vez sucede que esta corrupción y este abuso, encarnado en los perfiles de la administración pública hoy cuestionados, refleja justamente los códigos y anti valores de gran parte de la comunidad artística.

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