¿Se vale comer en el teatro? Cuestionan el ingreso de alimentos al Teatro de la Ciudad Fernando Soler
Las funciones de la ópera ‘Carmen’ que se realizaron esta semana, así como los cambios que ha implementado el Patronato de Arte y Cultura en el teatro, abrieron una discusión que va más allá de la etiqueta en los recintos culturales
Acudes a ver una obra al teatro. Las luces se apagan, la mirada se concentra en el escenario, el único punto con luz de todo el lugar. La acción inicia, los artistas son increíbles y de pronto se oye un crujido cerca de ti, pero fuera de la ficción. Alguien está comiendo frituras a unas butacas de distancia. ¿Lo soportarías?
Durante décadas la etiqueta en el teatro ha cambiado. Ya no es necesario vestir de gala, por ejemplo, para disfrutar de un concierto, una obra o una ópera, pero desde que Richard Wagner apagó la luz en el siglo 19 y propuso una experiencia inmersiva, la comida salió de la sala. Y así fue también en Saltillo, hasta ahora.
Uno de los cambios que llegaron al Teatro de la Ciudad Fernando Soler bajo la administración del Patronato de Arte y Cultura A.C. (PARTECO) fue la introducción de una pequeña dulcería/cafetería/cantina en el lobby. Desde hace casi un año que está activa, vendiendo botanas o incluso alcohol. En todo este tiempo ha generado comentarios, pero esta semana, tras las funciones de la ópera “Carmen”, a cargo de la Compañía de Ópera de Saltillo en el marco del Festival Internacional de las Artes Saltillo (FINA), la discusión se hizo más presente.
En redes sociales la actriz Melissa Soto compartió su experiencia al acudir a una de estas funciones, donde el sonido de las bolsitas de celofán, el estridente masticar y el olor a salsa botanera fue suficiente para que abandonara la sala, sin importar la calidad del espectáculo que estuviera en curso.
Soto no es la primera en mencionar este punto. Hace unas semanas la ex-directora del Instituto Coahuilense de Cultura (ahora Secretaría de Cultura), Rosa del Tepeyac Flores, también cuestionó esta situación en una publicación en Facebook. Aquella vez el foco de su crítica estaba en la existencia misma de un patronato privado para administrar un espacio público como el Fernando Soler, por lo que la conversación giró en ese sentido.
A diferencia de acudir a una sala de cine, la experiencia del teatro involucra a un otro más allá del espectador. Los teléfonos celulares encendidos molestan al público, pero también distraen a los artistas en escena, y lo mismo ocurre con la ingesta de comida.
Si bien hay expresiones y propuestas teatrales cuya naturaleza permite un ambiente más desenfadado —y hay ejemplos específicos, como la obra ‘El bodegón de las cebollas’ de Patricia Estrada y David Alejandro Colorado, que incluso prepara comida que comparten con los espectadores como parte de la historia—, la gran mayoría de los espectáculos para este tipo de espacios pretenden un público silencioso y atento: la cuarta pared.
En redes sociales la respuesta de los usuarios a esta discusión es clara: la comida no tiene lugar en este tipo de actividades. De momento el PARTECO continúa con esta fuente de ingresos secundaria activa y aunque en ambas publicaciones se les cuestionó directamente no han hecho comentario al respecto.