Del desierto al afecto: Osvaldo Sánchez encuentra humanidad en ‘En el Camino’

Del desierto al afecto: Osvaldo Sánchez encuentra humanidad en ‘En el Camino’

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El actor habla con VMÁS sobre el reto de interpretar a ‘El Muñeco’, un trailero marcado por la soledad y las adicciones, en una historia que convierte la ternura en una forma de resistencia

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El mes del orgullo LGBTIQ+ encontró a dos protagonistas que habitan, en todos los sentidos, los lodazales de la periferia. Contra todo pronóstico, esta vez no se trató de dos rubiecitos hegemónicos suspirando en una villa italiana al estilo de ‘Llámame por tu Nombre’, ni tampoco de una marca multinacional pintando su logotipo con los colores del arcoíris para vendernos inclusión durante junio.

Este año el Pride levantó el dedo pulgar a un costado de una carretera terrosa, pidió ride y se subió a un tráiler que atraviesa el desierto del norte de México.

—Yo soy Veneno. ¿A dónde vas?—A Saltillo.—¿Me das ride?—¿Y a qué vas a ese pinche hoyo de mierda?—Ese es mi pedo.

Con ese diálogo comienza ‘En el Camino’, la nueva película de David Pablos. Cinco líneas bastan para entender que aquí no estamos frente a otra historia de amor empaquetada para tranquilizar conciencias. Aquí hay cajas de tráiler, cristal, cumbias, cuerpos cansados, desierto, miedo y dos hombres que sobreviven como pueden en un país donde la violencia suele llegar antes que la esperanza.

DOS HOMBRES Y UNA COMUNIDAD

Y justamente por eso esta película importa. Porque mientras buena parte del cine LGBTIQ+ sigue mirando hacia personajes privilegiados —blancos, urbanos y con posibilidades económicas—, David Pablos decide apuntar la cámara hacia quienes casi nunca ocupan el centro de la pantalla: un trailero al que las adicciones le arrebataron a su familia y un joven que vende su cuerpo en la carretera. Dos hombres que pertenecen a esa comunidad que rara vez aparece en las campañas del mes del orgullo: los jochis proletarios.

Ahí está la primera gran virtud de ‘En el Camino’. No romantiza la pobreza ni convierte la marginalidad en un espectáculo. Tampoco hace del sexo un gancho fácil. Aunque el morbo ha llevado a muchos a hablar de la película únicamente por sus escenas íntimas, la verdadera apuesta de David Pablos está en otro lado. Lo radical no es mostrar a dos hombres haciendo el amor. Lo radical es permitirles amar.

Porque ‘El Muñeco’ y ‘Veneno’ no existen únicamente para sufrir. No son personajes construidos desde la desgracia. Sí, están atravesados por el abandono, las adicciones, la precariedad, el crimen organizado y la violencia que desde hace décadas marca la frontera norte. Pero también tienen derecho al deseo, a la complicidad y a esa palabra que aparece una y otra vez cuando se habla de la película: ternura.

Y quizá esa sea la verdadera provocación de ‘En el Camino’: recordarnos que incluso en los territorios donde pareciera haberse extinguido la esperanza todavía existen personas capaces de cuidar al otro. No es poca cosa. Vivimos en un país donde la violencia se volvió paisaje. Donde ver un cuerpo baleado en las noticias genera menos escándalo que un beso entre dos hombres.

’SE EMPIEZAN A CUESTIONAR IDEAS’

No es casualidad que una de las reflexiones más contundentes sobre la película venga justamente de quien interpreta a ‘El Muñeco’. En entrevista exclusiva para Vanguardia, el camaleónico Osvaldo Sánchez resume el corazón de la historia sin hablar primero del deseo ni de la sexualidad. Habla de la vulnerabilidad:

“Es una historia de amor entre dos hombres dentro de un universo profundamente machista. Pero también habla de la paternidad y de dos personas muy solitarias. Uno vive alejado de su familia por ser trailero; el otro carga con un profundo abandono y con la necesidad de afecto. Cuando se encuentran comienzan a cuestionar todas esas ideas que aprendieron sobre lo que significa ser hombre. La película nos invita a vernos, antes que nada, como seres humanos capaces de amar”.

La respuesta sorprende porque desmonta una lectura simplista de la película. ‘En el Camino’ no pretende convertirse en un manifiesto sobre orientación sexual. Habla de masculinidades, de clase social, del abandono paterno y de la incertidumbre económica. Habla del México que rara vez protagoniza las historias de amor.

$!La cinta tuvo un recibimiento positivo en festivales internacionales.

Y quizá por eso duele tanto. Mientras ‘Veneno’ parece buscar una figura paterna en hombres mucho mayores que él, ‘El Muñeco’ vive el otro extremo: la distancia con sus hijos, consecuencia de las adicciones que terminaron fracturando su familia. Son heridas distintas, pero terminan encontrándose en la misma carretera.

Esa carretera que conecta Ciudad Juárez con Saltillo y que, en manos de David Pablos, deja de ser únicamente un espacio geográfico para convertirse en un lugar donde nadie pregunta demasiado, donde nadie juzga mientras el tráiler siga avanzando. Ahí, entre cajas de carga, moteles de paso, cachimbas, cumbias norteñas y humo de cristal, aparece algo que pocas veces vemos en pantalla: dos hombres aprendiendo a cuidarse. Y eso, en un país como México, termina siendo profundamente político.

No sorprende entonces que Osvaldo Sánchez insista en una idea que atraviesa toda nuestra conversación: “Esta película no habla solamente del amor entre dos hombres; habla de la necesidad humana de sentirse acompañado. Y esa necesidad no entiende de etiquetas”.

Si algo tiene Osvaldo Sánchez es que no interpreta personajes desde la comodidad. Su filmografía —que ya supera las dos decenas de películas, además de una sólida trayectoria en teatro y televisión— está llena de hombres que viven al límite: obreros, campesinos, policías, migrantes, boxeadores; personajes atravesados por la violencia o por la precariedad. No es casualidad. Su forma de entender la actuación pasa por habitar los mundos que después aparecen en pantalla.

Con ‘En el Camino’ hizo exactamente lo mismo. Antes de convertirse en ‘El Muñeco’ no bastó con aprenderse un guion. Sacó licencia de trailero, aprendió a conducir un tractocamión y pasó varios meses conviviendo con operadores para entender una profesión que muchas veces se mira desde el prejuicio, pero pocas veces desde la humanidad.

Había que aprender a mover un monstruo de varias toneladas, pero también a cargar otro tipo de peso: el de la soledad. Porque ser trailero también significa vivir lejos de la familia, dormir en carreteras donde nadie conoce tu nombre y recorrer miles de kilómetros acompañado únicamente por la radio, las cumbias y el ruido del motor.

UNA HISTORIA DE AMOR

A esa carretera también se subió David Pablos. Y, como suele ocurrir en su cine, decidió mirar hacia donde pocos quieren mirar. Le pregunto a Osvaldo cómo resumiría la película para alguien que todavía no la ha visto y su respuesta vuelve a alejarse del lugar común. Habla de las ausencias:

”Es una historia de amor entre dos hombres dentro de un universo heteronormativo, profundamente machista. Pero también habla de la paternidad. Son dos personajes muy solitarios. Cuando se encuentran empiezan a cuestionar todas esas ideas que aprendieron sobre lo que significa ser hombre”.

La frase parece sencilla, pero cambia completamente la lectura de la película. Porque ‘El Muñeco’ no solamente carga mercancías. Carga culpa, carga adicciones y carga con el dolor de no poder ver a sus hijos. Mientras tanto, ‘Veneno’ parece buscar en hombres mucho mayores la figura paterna que nunca tuvo. David Pablos ya había dicho que, en muchos sentidos, ‘En el Camino’ es una carta al padre.

Y esa ausencia termina recorriendo toda la película como otra pasajera más del tráiler. Quizá por eso la relación entre ambos personajes nunca se siente como un romance convencional. Se parece más a dos hombres intentando sobrevivir mientras descubren que todavía pueden confiar en alguien.

Durante la conversación le comento a Osvaldo que, además de haberse subido al tráiler, también tuvo que entrar a otro territorio que históricamente ha estado lleno de prejuicios: interpretar una historia de amor entre dos hombres dentro de un universo profundamente machista.

Yo siempre he respetado el amor en todas sus manifestaciones. Cada quien tiene derecho a amar, cualquiera que sea la carrocería que tenga”.

Su respuesta vuelve a desmontar etiquetas: “David quería que conociera lugares de los que normalmente solo escuchamos hablar. Era importante descubrir ese universo y entender que incluso ahí existe humanidad. Yo siempre he respetado el amor en todas sus manifestaciones. Cada quien tiene derecho a amar, cualquiera que sea la carrocería que tenga”.

Hace una pausa y entonces lanza una reflexión que probablemente resume mejor que nadie la discusión alrededor de la película: “Siempre me he preguntado por qué está más normalizada la violencia que el amor entre personas del mismo sexo. ¿Por qué se censura más el cuerpo masculino que la violencia? Podemos ver decapitaciones, balaceras o cuerpos destrozados en el cine y eso parece aceptable. En cambio, un cuerpo desnudo sigue incomodando”.

SIEMPRE FUE LA MASCULINIDAD

La pregunta llega en un momento oportuno. Durante años el cine mexicano mostró hombres matándose entre sí sin que nadie levantara la ceja. Pero bastó un tráiler detenido en medio del desierto para que una parte del público comenzara a hablar de “la película donde salen dos hombres teniendo sexo”.

Y quizá ahí está otra de las trampas. Reducir ‘En el Camino’ a sus escenas íntimas es tan absurdo como reducir ‘Brokeback Mountain’ a unos revolcones en una tienda de campaña. Porque el verdadero conflicto nunca fue el deseo. Siempre fue la masculinidad.

¿Qué significa ser hombre cuando todo lo que aprendiste sobre ser hombre comienza a desmoronarse? ¿Qué pasa cuando el abrazo pesa más que el golpe? ¿Qué ocurre cuando un trailero descubre que la ternura también puede ser una forma de resistencia?

Osvaldo sonríe cuando la conversación llega a ese punto. No habla de activismo, no habla de representación; habla de algo más profundo: humanidad. Y esa diferencia cambia por completo la manera de mirar la película.

Hay otra carretera que atraviesa ‘En el Camino’ y que nunca aparece en pantalla. Es la del miedo. Porque filmar una historia como esta en Ciudad Juárez significó enfrentarse a una realidad que, muchas veces, supera cualquier ficción. Osvaldo ya lo había vivido en otros rodajes del norte del país.

En México, explica, hay lugares donde hacer cine implica pedir permiso, no solo a las autoridades, sino a quienes realmente controlan el territorio. Con ‘En el Camino’ no fue la excepción.

“Tuvimos momentos muy complicados. Hubo amenazas que pusieron en duda si la película podría seguir rodándose en Ciudad Juárez. Afortunadamente contamos con el respaldo de las autoridades y pudimos terminar el rodaje sin incidentes. Claro que eso genera miedo, pero también entendimos que el trabajo colectivo y el amor por contar esta historia eran más grandes que esos temores”.

Mientras escucho a Osvaldo, no puedo evitar pensar que la violencia también termina condicionando las historias que contamos.

¿Cuántas películas nunca se filmaron? ¿Cuántos personajes jamás llegaron a existir porque el narco ganó la partida?

Quizá por eso este filme se siente tan necesario. Porque no solamente habla de dos hombres que se enamoran. Habla de un país donde incluso filmar una historia de amor puede convertirse en un acto de resistencia.

Y, sin embargo, la película nunca cae en el discurso derrotista. Todo lo contrario. Hay momentos de humor, de complicidad y hasta de una ternura inesperada.

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DUPLA QUE APRENDIÓ UNA RELACIÓN

Mucho de eso se sostiene gracias a la relación entre Osvaldo Sánchez y Víctor Prieto, un actor natural que sorprende por la honestidad con la que interpreta a ‘Veneno’. La química entre ambos parece tan espontánea que cuesta trabajo imaginar el enorme proceso que hubo detrás. Pero nada fue improvisado.

Durante dos meses trabajaron junto con David Pablos y la coach actoral Patricia Ortiz para construir una relación que no dependiera únicamente de los diálogos, sino también del lenguaje de los cuerpos.

”No se trataba de ensayar para repetir las escenas. Se trataba de desarrollar la sensibilidad del cuerpo, de aprender a escuchar al otro. Víctor aprendía de mí y yo aprendía de él. Nos convertimos en maestros y aprendices al mismo tiempo. Cuando el cuerpo realmente entra en contacto con otro cuerpo aparecen cosas que la mente, por sí sola, nunca podría crear”, comenta Osvaldo.

Quizá por eso los silencios de la película dicen tanto. Porque el amor entre ‘El Muñeco’ y ‘Veneno’ nunca necesita grandes declaraciones. Basta un cigarro compartido, una canción sonando en la cabina, una mirada, un abrazo.

En un cine acostumbrado a explicar absolutamente todo, David Pablos confía en que el espectador complete los huecos. Y funciona.

Durante nuestra conversación le pregunto a Osvaldo qué espera que encuentre el público, especialmente la comunidad LGBTIQ+, cuando vea la película. Su respuesta apuesta por un abrazo colectivo: “La comunidad seguramente se va a sentir reflejada, pero creo que cualquier persona puede conectar con esta historia porque habla de cosas profundamente humanas. Está muy lejos de los clichés. No intenta representar una identidad; intenta representar personas”.

Quizá ahí está el mayor logro de ‘En el Camino’. No hacer una película “sobre personas LGBT”. Hacer una película sobre personas. Sobre hombres que fueron educados para no llorar, sobre hijos que crecieron sin padre y que, aun así, encuentran espacio para el cariño.

Hace unos años, buena parte del cine LGBT mexicano parecía obsesionado con demostrar que las personas de la diversidad también podían ser exitosas, sofisticadas y aspiracionales. ‘En el Camino’ propone otra cosa. Nos recuerda que el orgullo también pertenece a quienes nunca aparecen en las campañas de junio. A los homosexuales proletarios. A quienes sobreviven entre tráileres, moteles de paso, talleres mecánicos y carreteras interminables. A quienes siguen creyendo que el amor también puede aparecer en un lugar donde parecía imposible.

Tal vez por eso esta película incomoda. Porque nos obliga a mirar hacia abajo. Hacia esos márgenes que tantas veces ignoramos.

Y porque se atreve a decir que incluso ahí, donde el país parece haberse roto por completo, todavía puede existir algo tan sencillo y tan revolucionario como un abrazo.

Cuando nos despedimos, Osvaldo no habla de premios, ni de festivales, ni de la taquilla. Sonríe y lanza una frase que, después de ver la película, deja de sonar como un eslogan para convertirse en una postura frente al mundo: “Arriba la ternura radical”.

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Salgo de la entrevista pensando que quizá eso era ‘En el Camino’ desde la primera escena. No una película sobre el deseo, ni siquiera una película sobre el orgullo, sino una película que se atreve a encontrar humanidad donde casi todos los demás dejaron de buscar.

Porque el orgullo no siempre desfila por Paseo de la Reforma. A veces viaja en un tráiler rumbo a Saltillo. Y ese, como diría ‘Veneno’, es muy su pedo.

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Licenciado en Letras Hispánicas. Periodista con más de 20 años de trayectoria en el ámbito cultural y de entretenimiento. Ganador de 13 premios de periodismo. Colaborador de la revista Selecciones y Showroom. Gerente de prensa y Relaciones Públicas de la agencia de managment: MM:Agency en la CDMX. Colaborador de Curiosity Media, fundada por el productor Pedro Torres.

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