Amar no duele, vivir duele
Amar no es lo que duele; lo que duele es vivir, elegir y enfrentarnos a nuestra propia vulnerabilidad
¿Cuántas veces comparamos el amor que recibimos con estereotipos, definiciones, frases y poemas que vemos en redes sociales? Medimos el amor que nos dan frente a la idea de la pareja madura que anhelamos, colocándolo todo en un juicio constante, como si al lograr definirlo con precisión pudiéramos impedir que nuestro corazón salga lastimado.
Vivimos evaluando el amor. Midiéndolo. Juzgándolo. Pero ¿cuántas veces nos detenemos a analizar la calidad del amor que estamos dando?
El amor no es una amenaza. El amor empieza sin mucha conciencia. Empieza como un espejo que viene a mostrarnos algo que ya existía dentro de nosotros. No es ausencia. Uno se enamora de quien hace resonar un eco de algo que ya vibra en su interior, no de quien viene a llenar un vacío.
El amor llega para recordarte que estás vivo, que estás hecho para ser feliz, que eres capaz de vibrar con las pequeñas cosas. Hasta que aparece el miedo. Miedo a perder. Miedo a sufrir. Miedo a que duela.
Pero qué absurdo es tener miedo a vivir solo porque sabemos que algún día vamos a morir.
Vivir duele. No es que el amor duela: es que vivir duele. Porque toda decisión implica elegir algo y atravesar el duelo de aquello que no se eligió.
Y entonces aparece la ansiedad. Le hacemos caso a la angustia y tratamos de que la otra persona sea perfecta, madura, que no se equivoque, para no tener que sentirla nosotros.
Pero ¿no deberíamos ser nosotros quienes aprendamos a abrazarla? A vivirla. A habitarla. A calmarla. A regularla.¿Dejar de esperar que el comportamiento del otro deje de provocarnos esta ansiedad?
¿Cuántas veces nos preguntamos qué pensamientos propios están activando nuestras áreas de terror?
Claro que hay que tener las antenas abiertas. Claro que sí. Pero no antenas al peligro, sino a la conciencia plena de que eres valioso. De que vales. De que no necesitas arrastrarte ni demostrarle a nadie lo que eres.
Cuando aparece el temor al abandono, muchas veces no es porque el otro se vaya, sino porque se nos está olvidando que valemos solo por el hecho de existir. Que no tenemos que comprobar absolutamente nada.
Y también confiar en que podemos con la incomodidad de las decisiones del otro. Porque el otro es libre. Puede no elegirte. Puede equivocarse. Puede engañarte. Y aun así, tú puedes con eso. Es tu libertad la que elige soltar o retirarse, no la falla del otro.
Si aprendiéramos a amar así, disfrutaríamos más de lo que nos pasa en la vida. Porque amar es dar más que recibir. Y en esa línea, muchas veces amar también es soltar.
Yo quisiera amar así: para dejar de tener tanto miedo de aquello que creo que no puedo... y recordar que yo también soy un todavía.