Cuando amar también es aprender a recibir

Cuando amar también es aprender a recibir

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Aprender a amar no solo implica sostener, cuidar y dar de más; exige reclamar un lugar propio, entender la reciprocidad con equidad y descubrir que permitir que nos cuiden también es un profundo acto de amor

Vida
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Hay personas que aprendimos a dar sin esperar recibir. Que aprendimos a amar resolviendo, cuidando, sosteniendo, anticipando. Personas que podemos dar tiempo, energía, paciencia, escucha, perdón, presencia. Dar incluso cuando estamos cansadas, cuando nadie lo pidió o cuando nadie parece notar cuánto está costando.

Y eso no significa que no exista un anhelo guardado en el corazón: el anhelo de encontrar a alguien que sepa cómo enseñarnos a recibir. Alguien que no solo tome lo que damos, sino que también mire el lugar desde donde lo estamos dando. Alguien que diga: «Te veo, me importas, también quiero cuidarte».

Muchas veces, quienes amamos dándolo todo creemos que el amor se demuestra acumulando acciones, como si tuviéramos que mostrarle al otro que somos suficientes; como si la razón por la que alguien se queda tuviera que ser que no le hizo falta nada de nosotros.

Ahí pueden jugar dos cosas muy profundas. Primera: no sabemos manejar la culpa, entonces damos de más para que, si las cosas no funcionan, no sea por nuestra responsabilidad; para poder decir: «Yo hice todo», «Yo no fallé», «Yo di hasta el final». Segunda: creemos que lo único que tenemos para ofrecer es lo que hacemos, como si ser nosotros no fuera suficiente.

Pero sí queda un vacío cuando lo das todo. Aunque suene fuerte decirlo, yo no creo que el amor incondicional exista como a veces nos lo vendieron, porque un amor sin reciprocidad no sería amor: sería sacrificio, deuda, dependencia o desaparición. El amor verdadero exige reciprocidad. No igualdad exacta, no llevar cuentas ni un «yo di tres y tú me debes tres», sino reciprocidad con equidad; un regreso que no tiene que ver con devolverte lo mismo que diste, sino con mirar también tus necesidades.

El corazón lo sabe, pero a veces damos esperando en silencio a ver cuándo el otro se da cuenta, cuándo regresa o cuándo pregunta: «¿Y tú cómo estás?». Y puede que eso nunca pase.

También existen personas que creen que amar es solo recibir, que no saben cómo dar. Aunque pudiera no haber maldad, sí puede haber egoísmo. Tal vez fueron hijos que aprendieron que el amor era ser atendidos, complacidos y resueltos, y entonces llegan a los vínculos esperando que el mundo gire a su alrededor.

Sin embargo, quienes damos de más también tenemos que mirar nuestras creencias: «Si me elijo, soy egoísta», «Si pongo un límite, abandono», «Si digo que ya no puedo, soy débil», «Si descanso, fallo», «Si necesito, soy una carga».

¿Cómo se limpian esas creencias? Tal vez empezando por esta verdad: si la otra persona merece ser amada, tú también tienes derecho a ser amado como amas. No igual, no perfecto, no de la misma forma, pero sí con cuidado, con presencia y con un lugar.

Yo he descubierto que darme un espacio dentro de mi propia casa también despertaba la capacidad de amar de mis hijas. Cuando yo dejaba de resolverlo todo, algo en ellas se activaba: colaboraban, miraban, cuidaban, aprendían a esperar, a cocinar, a lavar ropa, a tomar decisiones y a descubrirse capaces.

Entonces entendí algo precioso: cuando tú te permites tener un lugar, le permites a la gente con la que convives entender qué lugar habitas. En cambio, si siempre solo estás dando, siempre estás regalando tu espacio.

Pedir también puede ser un acto de amor; recibir, descansar y decir «necesito ayuda», también. No solo para ti, sino para quienes amas, porque cuando permites que alguien te cuide, también le das la oportunidad de descubrir su fuerza, su empatía y su capacidad de amar.

Hay gente hermosa en la vida que ama el lugar que habitas; gente que, dentro de sus mil misiones, también viene a decirte: «Te veo, me importas». Pero eso no lo vas a aprender a recibir si no descubres primero que también tienes un lugar.

A amar se aprende.

A pedir, también.

A recibir, también.

A no desaparecer, también.

Recuerda que somos un todavía.

Licenciada en Ciencias para la Familia, especializada en armonía emocional, formación de hábitos y desarrollo de la fuerza de voluntad. Terapeuta, conferencista y tallerista internacional con más de 22 años de experiencia. Autora del libro ¿Cómo desarrollar hijos fuertes y seguros? Coautora de nueve libros de la colección Aprender a Querer. Autora y creadora del programa Humans UP y de la colección de 12 libros Mi Diario HUP. Creadora y productora de Big Bang Zoe, serie infantil en YouTube con enfoque en habilidades socioemocionales para niños de 3 hasta 15 años.

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