Cuando el cuerpo ya no aguanta: por qué el alcohol pega más con la edad
Cambios corporales, metabolismo lento y medicamentos explican menor tolerancia al alcohol.
Antes bastaban un par de copas para sentirse relajado, sociable y de buen humor. Hoy, la misma cantidad puede provocar mareo, cansancio extremo, dolor de cabeza o una resaca desproporcionada. Si te ha pasado, no estás solo. La tolerancia al alcohol disminuye con la edad, y no es una percepción subjetiva: es una consecuencia directa de cómo el cuerpo cambia con los años.
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A medida que envejecemos, nuestro organismo procesa el alcohol de forma más lenta y menos eficiente. Esto provoca que el alcohol permanezca más tiempo en la sangre, alcance concentraciones más altas y tenga efectos más intensos, incluso cuando se bebe lo mismo que antes. El resultado es claro: más deterioro, peor recuperación y resacas más largas.
Menos músculo, más impacto
Uno de los factores clave es la pérdida de masa muscular. A partir de los 30 años, el cuerpo comienza a perder músculo de forma progresiva, mientras que la proporción de grasa corporal suele aumentar. Esto es importante porque el músculo contiene más agua que la grasa.
El alcohol se diluye en el agua corporal. Cuando hay menos agua disponible, el mismo trago produce una mayor concentración de alcohol en sangre. Esto afecta directamente al cerebro y al sistema nervioso: empeora el juicio, el equilibrio, el tiempo de reacción y la memoria. También explica por qué la embriaguez llega más rápido y la resaca se vuelve más intensa.
Este fenómeno también ayuda a entender por qué las mujeres, en promedio, se embriagan más que los hombres con la misma cantidad de alcohol. Al tener menos masa muscular, el efecto se amplifica, y con la edad ese impacto se vuelve aún más marcado.
El hígado ya no trabaja igual
El hígado es el órgano encargado de metabolizar el alcohol, pero su eficiencia disminuye con el envejecimiento. Las enzimas que descomponen el alcohol se vuelven menos activas, lo que hace que el proceso sea más lento. Como consecuencia, los niveles de alcohol en sangre se mantienen elevados durante más tiempo.
Además, con los años aumenta el riesgo de padecer enfermedades hepáticas como la acumulación de grasa en el hígado o la cirrosis, que reducen aún más la capacidad de metabolizar el alcohol. Esto explica por qué personas mayores pueden sentirse ebrias durante más tiempo o experimentar efectos intensos con cantidades que antes toleraban sin problema.
Medicamentos que potencian el efecto
Otro factor decisivo son las interacciones con medicamentos. Con la edad, es más común tomar fármacos de forma regular, y muchos de ellos no se llevan bien con el alcohol. Algunos pueden intensificar la somnolencia, afectar la coordinación o aumentar el riesgo de caídas.
Medicamentos para el dolor nervioso, la ansiedad, la depresión, las convulsiones o la presión arterial pueden tener interacciones peligrosas con el alcohol. Incluso pequeñas cantidades pueden potenciar efectos secundarios y generar un malestar que antes no existía.
Resacas más largas y peores
El alcohol no solo intoxica: al metabolizarse produce subproductos tóxicos, como el acetaldehído, responsables de síntomas clásicos de la resaca: náuseas, dolor de cabeza, sudoración y palpitaciones. Con la edad, el cuerpo tarda más en eliminar estas sustancias, por lo que la resaca no solo es más intensa, sino más duradera.
A esto se suma que las personas mayores suelen percibir menos la sed, lo que favorece la deshidratación tras beber alcohol. Además, la calidad del sueño empeora con los años, y el alcohol interfiere aún más con el descanso. Dormir mal y estar deshidratado es una combinación perfecta para sentirse fatal al día siguiente.
Entonces, ¿vale la pena beber?
Con todo esto, es lógico preguntarse si el alcohol sigue siendo una buena idea después de cierta edad. La respuesta no es absoluta, pero sí más consciente. Beber menos, con más frecuencia moderada, hidratarse bien y conocer los propios límites se vuelve fundamental.
La disminución de la tolerancia al alcohol no es una señal de debilidad, sino una señal biológica de cambio. El cuerpo ya no procesa igual, y escucharlo puede evitar malestares innecesarios. A veces, crecer también significa saber cuándo decir “hasta aquí”.