Cuando los hijos piensan en negativo

Cuando los hijos piensan en negativo

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Es importante reflexionar sobre cómo el pensamiento negativo y la queja se entrenan en la infancia. Descubre herramientas clave basadas en la neuroplasticidad para guiar a nuestros hijos hacia una mentalidad de crecimiento desde el hogar

Vida
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Hay niños que parecen traer un detector especial para encontrarle el negrito al arroz. Nada les gusta, todo les incomoda, cualquier cambio les molesta y ante el primer reto aparece el famoso: “no puedo”, “nunca me sale”, “todos pueden menos yo” o “seguro me va a salir mal”.

Y claro, como papás podemos desesperarnos. Porque uno dice: “Pero si no ha pasado nada”, “pero si ni siquiera lo has intentado”, “pero si es tu restaurante favorito”, “pero si antes sí querías ir”. Y entonces pensamos que es drama, flojera o mala actitud, pero muchas veces, detrás de ese pensamiento negativo, hay un caminito mental que se ha repetido tanto que el cerebro ya lo toma en automático.

El pensamiento negativo se entrena. La queja se entrena. La mentalidad fija también se entrena. Cada vez que un niño repite “no puedo”, “soy tonto”, “todo me sale mal”, “nadie me quiere” o “para qué lo intento”, su cerebro va marcando un surco. Como cuando en la arena pasa el agua siempre por el mismo camino: mientras más pasa, más profundo se vuelve.

Pero aquí viene la parte esperanzadora: el cerebro también puede aprender caminos nuevos. Eso es maravilloso. Gracias a la neuroplasticidad, podemos enseñarle al cerebro a no irse siempre por la misma ruta. No se trata de decirle al niño “piensa positivo” como si fuera magia. Se trata de ayudarlo a pensar mejor, a hacerse preguntas, a mirar la realidad desde otro lugar y a descubrir que lo que hoy le cuesta no lo define para siempre.

Cuando un hijo dice “soy tonto”, no basta con responderle “no digas eso”. A veces hay que preguntarle: “¿Qué significa tonto para ti?”, “¿de dónde viene ese pensamiento?”, “¿quién te hizo creer eso?”, “¿qué pasó para que te estés hablando así?”. Las preguntas despiertan pensamiento crítico. Y un niño que aprende a preguntarse, poco a poco, aprende también a encontrar salidas.

También necesitamos validar lo que siente. Si dice “nunca me va a salir”, podemos decir: “Veo que estás frustrado”, “entiendo que esto te desespera”, “claro que se siente feo intentar algo y que no salga como esperabas”. Validar no significa darle la razón al pensamiento negativo. Significa reconocer la emoción para después moverlo de lugar.

Porque ahí está la clave: no lo dejamos instalado en el “no puedo”. Lo acompañamos hacia el “todavía no”. No es lo mismo decir “no puedo” que decir “todavía no puedo”. No es lo mismo decir “soy malo para esto” que decir “estoy aprendiendo”. Ese pequeño cambio abre una puerta enorme en el corazón de un niño.

La mentalidad en crecimiento no es repetir frases bonitas. No es decir “tú puedes” sin creerlo. Es vivir de verdad con la convicción de que las capacidades se desarrollan, que el error enseña, que el esfuerzo forma y que la incomodidad también puede ser parte del crecimiento.

Pero aquí viene una parte que como adultos nos toca mirar con mucha honestidad: nuestros hijos aprenden muchísimo de nuestra manera de hablar. Si vivimos en la queja, ellos aprenden a quejarse. Si nos escuchan decir “qué horror el tráfico”, “otra vez la escuela”, “siempre tengo que hacer todo”, “nunca alcanza”, “todo está mal”, van aprendiendo que así se interpreta la vida.

La queja también se hereda. No por genética, sino por convivencia.

Por eso, si queremos hijos con una mentalidad más positiva, primero tenemos que revisar nuestra propia conversación interna. ¿Cómo hablo cuando algo no sale como quiero? ¿Desde dónde corrijo? ¿Desde la queja o desde la solución? ¿Desde el reclamo o desde la posibilidad? Porque no puedo pedirle a mi hijo que viva con mentalidad en crecimiento si yo vivo instalada en la frustración.

También necesitamos cuidar algo: cuando les resolvemos todo para que no sufran, les quitamos oportunidades de descubrir su fuerza. Un niño que nunca espera, nunca se aburre, nunca se esfuerza, nunca recibe un “no” o nunca tiene que buscar una solución, difícilmente va a saber de qué es capaz.

Amar no es satisfacer todas las demandas. Amar también es formar. Amar también es poner límites. Amar también es permitir que el hijo atraviese pequeñas incomodidades para descubrir que puede sostenerse, intentar, pensar, crear y resolver.

El pensamiento positivo real no niega el dolor ni la dificultad. No dice “todo está perfecto” cuando no lo está. Más bien pregunta: “¿Qué puedo aprender?”, “¿qué opción tengo?”, “¿qué sigue?”, “¿cómo lo intento de otra manera?”. Esa es la diferencia entre una mente fija y una mente en crecimiento.

Una mente fija se queda atrapada en el “no puedo”. Una mente en crecimiento abre una posibilidad: “todavía no, pero puedo aprender”.

Nuestros hijos no necesitan una vida sin problemas. Necesitan herramientas para enfrentar los problemas sin rendirse ante el primer pensamiento negativo. Necesitan adultos que les enseñen a observar su mente, a nombrar sus emociones, a cuestionar sus ideas y a ponerse de cara a la solución.

Porque cuando un niño descubre que no todo pensamiento es verdad, empieza a ser más libre. Y cuando aprende que puede construir nuevos caminos dentro de sí mismo, también descubre que su vida no está determinada por lo que hoy le cuesta.

Recuerda que somos un todavía.

Licenciada en Ciencias para la Familia, especializada en armonía emocional, formación de hábitos y desarrollo de la fuerza de voluntad. Terapeuta, conferencista y tallerista internacional con más de 22 años de experiencia. Autora del libro ¿Cómo desarrollar hijos fuertes y seguros? Coautora de nueve libros de la colección Aprender a Querer. Autora y creadora del programa Humans UP y de la colección de 12 libros Mi Diario HUP. Creadora y productora de Big Bang Zoe, serie infantil en YouTube con enfoque en habilidades socioemocionales para niños de 3 hasta 15 años.

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