La fortaleza de no tener que poder con todo
Reflexiona cómo la verdadera fortaleza no radica en cargarlo todo en soledad, sino en la humildad de dejarse amar, aceptar la vulnerabilidad y apoyarse en las redes de amistad
Hay mujeres que aprendimos a ser fuertes viendo a otras mujeres serlo. Crecimos admirando a madres que podían con todo, que se quejaban poco y que parecían tener una capacidad inagotable para resolver, sostener y seguir adelante. Sin darnos cuenta, algunas confundimos la fortaleza con no quejarnos y la vulnerabilidad con una especie de debilidad.
Una amiga que acaba de convertirse en mamá me pregunta constantemente cómo le hice cuando mis hijas eran pequeñas. «Nunca te escuché quejarte», me dice, como si mi silencio significara que aquello no me costaba trabajo. Y me pregunto cuántas veces hemos utilizado la aparente fortaleza de otras mujeres para cuestionar nuestra propia capacidad.
Hoy, mientras atravieso mis propios cambios hormonales, recuerdo a mi madre viviendo esta etapa como si nada sucediera. Descubro cuánto de aquella fortaleza que tanto admiraba se convirtió, sin querer, en una exigencia silenciosa: yo también tendría que poder con todo.
Pero la vida tiene maneras extraordinarias de enseñarnos aquello que todavía no sabemos recibir.
Una amiga de hace más de treinta años está atravesando una enfermedad. Y, en medio de la incertidumbre, ha tomado una decisión que nos está transformando a muchas: decirle sí a la vida.
Nos ha invitado a viajar, a celebrar, a reunirnos, a acompañarla. Y, sobre todo, nos ha permitido quererla.
Lo extraordinario no es solamente su esperanza, sino la humildad con la que recibe nuestro amor. Ella sabe, y lo dice con una convicción que conmueve, que el amor sana. Por eso nos deja entrar, nos permite cuidarla y recibe cada muestra de cariño con una gratitud que sorprende. No necesita aparentar que puede con todo. Ha comprendido que dejarse amar también es una forma de luchar por la vida. Y, sin proponérselo, nos está enseñando que necesitar a los demás no nos hace menos fuertes.
Hace poco viajamos quince mujeres reunidas por ella. Algunas nos conocemos profundamente; otras apenas estamos descubriéndonos. Todas hemos vivido pérdidas, alegrías, equivocaciones y batallas que muchas veces libramos en silencio.
Y ocurrió algo que todavía estoy intentando comprender: descubrí que una red de apoyo no solamente sirve para sostenernos cuando caemos. También nos permite descansar de la obligación de permanecer siempre de pie.
Aprendí que hay tantas maneras de amar como personas dispuestas a hacerlo. Algunas acompañan escuchando, otras organizando, otras haciendo reír, otras simplemente permaneciendo. Ninguna tiene que dar de la misma manera para que su presencia sea valiosa.
También descubrí algo incómodo para quienes aprendimos a resolverlo todo: dejarse querer implica exponerse. Permitir que otros conozcan nuestras contradicciones, nuestras dudas y hasta nuestras equivocaciones. Aceptar que quizá no sabemos tanto como creíamos y que tampoco tenemos obligación de saberlo.
Me sorprendió sentir la tranquilidad de no tener que demostrar nada. De poder equivocarme, aprender de otras mujeres y recibir lo bueno que cada una tiene para ofrecer, incluso cuando somos distintas o no coincidimos en todo.
Porque una amistad verdadera no necesita estar libre de diferencias. Necesita construir un compromiso de cuidado que sea más grande que ellas.
Aquella noche nos reunimos en círculo. Cada una, desde sus creencias y su historia, hizo una ofrenda a la vida. Yo le pedí a Dios por ella y por nosotras. Y mientras observaba a aquellas mujeres, comprendí que algo estaba sanando también dentro de mí.
No porque el amor garantice que desaparezca una enfermedad, una pérdida o una dificultad, sino porque ninguna experiencia dolorosa se vive igual cuando sabemos que no tendremos que atravesarla solas.
Regresé de aquel viaje con una revolución en la cabeza y una paz inmensa en el corazón. Con ganas de prepararme mejor para estar cuando ellas me necesiten, pero también con el deseo de aprender a necesitarlas.
Mi amiga nos convocó para celebrar su vida y terminó enseñándonos algo sobre las nuestras.
Quizá crecer también sea esto: aprender a amar, aprender a recibir, permitirnos equivocarnos y descubrir que podemos estar bien en nuestra vulnerabilidad.
Porque la verdadera fortaleza no siempre está en poder con todo. A veces está en atrevernos a descansar en los demás, sabiendo que pisamos tierra firme en una amistad que todavía tiene mucho por perfeccionarse, pero que hoy, simplemente, es.
Ella le dijo sí a la vida y, sin proponéro, nos está enseñando a todas a decirle sí a la nuestra.