Familias del ejido San Rafael que comparten la sal, el pan, el vino y la cama durante los peores fríos, perdieron todo. Foto: Vanguardia/Omar Saucedo
Familias del ejido San Rafael que comparten la sal, el pan, el vino y la cama durante los peores fríos, perdieron todo

La Sierra de Arteaga transpira humo. Troncos de árboles carbonizados siguen ardiendo.

Familias del ejido San Rafael que comparten la sal, el pan, el vino y la cama durante los peores fríos, perdieron todo.

En un intento por controlar el fuego que consumía parte de la Sierra, el fuego casi los consume a ellos, el viento cambió la dirección de las brasas y tuvieron que bajar de sus casas ubicadas en medio del bosque.

Salieron ilesos, pero las sillas de montar y sus burros se quemaron. Escucharon el crujir de los árboles chamuscados, de las plantas. El huir de las aves. Lo caliente del aire y las flamas acechando su espalda.

Las paredes verde pistache de los cuartos donde viven hacinados se ahumaron. Las letrinas de madera fueron consumidas por el fuego.

Chozas que guardaban cosecha fueron cocinadas y comidas por el fuego. Animales de corral y aves que no vuelan “vieron el fuego de cerca y salieron disparados”.

“Valió madre todo”, lamentaron los ejidatarios, quienes apagaban con fuego con cubetas de lámina y lágrimas de impotencia.

Foto: Vanguardia/Omar Saucedo

“Les dijimos que apagaran el fuego pero se pasaron de largo, la Guardia Nacional y los de Protección Civil mejor apagaron las cabañas sin gente adentro que nuestras casas”, reclamó Don Felipe de Jesús.

En una fogata donde la leña eran sus casas y el calor los abrazaba, la mayoría de los habitantes se refugió en terrenos aledaños donde el fuego no pudiera alcanzarlos.

Pero algunos matrimonios que se negaron a evacuar, esperaban su muerte con un rosario entre las manos y oraciones frente a la imagen enmohecida de un santo.

“No nos tocaba pero estuvo cerca, yo dije, hasta aquí llegué pero Dios Padre no quiso, aquí estamos, a empezar de cero”, agregó el ejidatario.

Pisando cenizas y rociando el agua que no tienen para beber, él y su compadre, lamentaron que el día de mañana no habría qué comer, ni para ellos ni para los pocos animales que quedaron.

Sus ojos no verán más el suelo verde que alimenta a sus vacas, pasarán años y quizá su muerte para que el Cañón luciera otra vez verde.

Foto: Vanguardia/Omar Saucedo

La lluvia de ceniza cubría por completo sus sombreros y las pencas de maguey se achicharraban. Varios ejidatarios ensillaron burros para abandonar el rancho si durante la noche el fuego regresaba.

Mientras ellos intentarían dominar las llamas pero sus esfuerzos no son suficientes. La dramática y progresiva destrucción de la Sierra continuaba, enormes paredes de fuego consumían inmensas áreas forestales.

“Ahora sí que ¿quién mete las manos al fuego por nosotros, quién se mete hasta acá por nosotros?”, cuestionaron los habitantes de la zona rural habitacional donde el fuego no había llegado antes.

Devoró sembradíos completos, meses de trabajo y esfuerzo. Pero también la inversión en la cría y registro de animales.

“No hay remedio, aun cuando sepamos fue fulano y lo metan al bote quién me devuelve a mis burros o las gallinas”, dijeron los campesinos.

Más adelante, en la zona de cabañas residenciales, también se registraron pérdidas irreparables de la zona silvestre y las fachadas con troncos de roble de monumentales cabañas.

José Guadalupe Montalvo, acudió la mañana de ayer por alimento para caballos y toros regresó sorprendido por las bocanadas de humo negro que nacían en la zona de su rancho. Cuando llegó ya no estaba su ganado.

Caminó 4 kilómetros tras dejar su troca en el primer filtro que bloqueó el paso a la carretera. Una nube negra cubría la entrada empedrada a su rancho. “Hasta el cielo ardía”, relató.

Foto: Vanguardia/Omar Saucedo

“Gracias a Dios no estaba, pero este daño no hay quien lo pague, no hay quien responda, ni quien regrese lo perdido”, expresó con molestia.

Historias como esta esperaban entre protestas y conato de broncas en los filtros que instalaron policías estatales para salvaguardar a la población de los Lirios que insistían en arribar a sus terrenos por miedo a perderlo todo.

Al mismo tiempo en que temían que un día ese paisaje sólo viva en su memoria tras los constantes incendios. La herida, pues, de fuegos pasados y este, sigue abierta.

Foto: Vanguardia/Omar Saucedo