Donde las estrellas alumbran pizarrones: sembrando esperanza en los niños del monte infinito
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Para quienes enseñan con el corazón cansado y que, aun cuando el mundo apenas las mira, siguen sembrando esperanza donde otros solo ven desolación...
En la casa de Ofe siempre olía a fierro caliente, grasa quemada y cajeta de membrillo. El taller mecánico de su padre ocupaba casi todo el frente. Había motores abiertos encima de unos blocks, llantas recargadas en la pared y herramientas colgadas como instrumentos quirúrgicos de un doctor cansado. Desde temprano se escuchaban golpes metálicos, radios mal sintonizados y el rechinar de una polea vieja que nunca terminaban de arreglar.
Detrás del taller estaba la cocina. Ahí trabajaba Ramona, la hermana mayor de Ofe. Todas las tardes hervía membrillo en unas ollas enormes hasta convertirlo en cajeta espesa y rojiza, que luego envolvía en papel celofán para venderla en tiendas y ranchos cercanos.
Cuando el dulce empezaba a cocerse, toda la casa cambiaba de olor. La grasa y el aceite desaparecían un rato bajo aquel aroma tibio a fruta y caramelo. Ofe decía que ese olor le recordaba que todavía había cosas buenas en el mundo. Tenía veintidós años y trabajaba para el CONAFE.Su padre se lo repetía seguido mientras aflojaba tornillos debajo de un Tsuru viejo:
—Mija... aquí con Ramona sacarías más dinero haciendo cajetas.Pero Ofe solo sonreía. Ella pensaba que si, siendo instructora comunitaria, lograba que, aunque fuera uno solo de aquellos niños, rompiera el destino que le había tocado... entonces todo habría valido la pena.
Cada lunes, antes de amanecer, esperaba la camioneta que la llevaba rumbo al Jazminal, a 115 kilómetros de distancia, pero ese todavía no era el destino. Aún faltaban 17 kilómetros más, a veces de aventón, a veces caminando, bajo el sol seco del semidesierto, entre huizaches, mezquites y piedras blancas que parecían guardar el calor de toda la semana, hasta llegar a Las Ánimas, en el municipio de Parras.
No ganaba mucho con su beca. Llevaba una mochila llena de cuadernos, lápices mordidos, libros maltratados y unas láminas educativas dobladas por el uso. A veces cargaba también una pequeña bocina para poner canciones infantiles o cápsulas educativas.
La comunidad donde daba clases tenía menos de veinte familias, todas dedicadas a la producción de lechuguilla. La escuela era un cuarto de block con techo de lámina. Cuando hacía calor, el techo tronaba como si alguien aventara piedras encima y, en invierno, el viento se metía por abajo de la puerta y, a veces, tiras de hielo escurrían entre las ventanas.
En un solo salón convivían niños de primero hasta sexto. Los más pequeños apenas aprendiendo a distinguir la “m” de la “p”; los grandes resolviendo divisiones o escribiendo historias sobre su comunidad. Y así, el lugar funcionaba, con un modelo que parecía desafiar la lógica. Mientras unos niños aprendían a leer, otros enseñaban fracciones.
Mientras Ofe ayudaba a los más pequeños con sílabas y vocales, los alumnos mayores se convertían en tutores improvisados de los demás. Ver a un niño enseñarle a otro, como si el conocimiento fuera una fogata pasándose de mano en mano para que nunca se apagara.
Ella ya entendía el secreto de ese sistema: no era solamente una maestra, era alguien que ayudaba a que la comunidad aprendiera a enseñarse sola. Matemáticas, español, ciencias, historia, pero además era psicóloga, gestionaba apoyos para las familias y, cada que iba a la ciudad, les traía encargos, todo al costo, sin ganarse nada de ello más que la satisfacción de ver prosperar la comunidad.
Ofe llevaba una libreta donde anotaba cosas pequeñas. “Noé ya pudo leer una oración completa”; “Marisol dejó de faltar”; “Kevin escribió su nombre sin copiar”. Nadie iba a revisar esa libreta, pero ella decía que, si no anotaba esas cosas, el esfuerzo podía perderse en el tiempo, igual que se pierde el polvo cuando pasa una camioneta en la carretera.
Dormía en un pequeño cuarto prestado junto a la escuela. Tenía una cama de fierro que rechinaba cada vez que se movía, una mesa de plástico y una ventana desde donde se veía el monte oscuro perdiéndose hacia el horizonte. A pesar de que era una vida muy austera, la comunidad la arropaba con los brazos abiertos, velando siempre por ella. No faltaba la tortilla con chile, las papas con tomate y los frijoles.
Cuando se iba la luz, preparaba sus clases alumbrándose con una lámpara recargable. Nunca se acostumbró del todo a la oscuridad del ejido, pero sí aprendió a quererla, porque en la ciudad jamás había visto tantas estrellas.
El calor allá arriba era brutal. El polvo se pegaba al sudor de los niños y convertía sus rostros en pequeñas máscaras color tierra. Pero, aun así, iban: con tenis rotos, con cuadernos usados, pero iban. Y eso bastaba para que Ofe sintiera que valía la pena. Nunca se quejaba.
Una vez, durante una tormenta, la corriente creció tanto que quedó atrapada en una comunidad cercana. Durmió en un catre prestado, esperando a que bajara el agua. Pensaba que la pobreza no siempre estaba en las paredes de lámina o en los pisos de tierra; estaba metida en los silencios, donde los niños bajan la mirada porque creen que el mundo termina donde termina su ejido. Por eso seguía ahí.
Porque estaba convencida de que enseñar a leer era parecido a abrir ventanas. Y porque alguien tenía que decirles a esos niños que el mundo era muchísimo más grande que los cerros que alcanzaban a ver desde sus casas.
Una tarde, mientras esperaba transporte para regresar a su hogar, uno de sus alumnos corrió detrás de ella. Era Emiliano, un niño serio, flaco, de botas rotas. Le entregó una hoja doblada.
Ofe pensó que era una tarea. Pero no. Era una carta. Con letras chuecas, palabras incompletas y manchas de tierra. Decía:“Profe. Yo de grande quiero enseñar como usted. Para que los niños no batallen”.
Ella sonrió agradecida y guardó la hoja mientras, cariñosamente, le apretó la mejilla a su alumno.
Esa noche, como cada quince días, cuando por fin regresaba la camioneta, volvió a casa cansada, cubierta de polvo, con los zapatos llenos de tierra y los hombros vencidos por el camino. Su padre seguía inclinado sobre un motor, Ramona empaquetando cajeta de membrillo, y Ofe entendió algo: que quizá la esperanza se parecía mucho a aquellas pequeñas escuelas rurales; frágiles, solitarias, casi invisibles... pero aferradas a seguir encendidas en mitad de la oscuridad.