Los golpes comenzaron mucho antes del primero

Los golpes comenzaron mucho antes del primero

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Cada día, miles de mujeres en México viven algún tipo de violencia dentro de su propia casa. Muchas sobreviven en silencio. Otras nunca logran salir. Esta es la historia de una joven que casi es asesinada. Pero mucho antes fue despojada poco a poco de su infancia, de su libertad y de su paz. Una crónica- entrevista sobre el maltrato hacia las mujeres y sobre la forma en que la violencia comienza mucho antes del primer golpe.

Coahuila
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No importa cuántas veces revise la cerradura. Antes de dormir gira la llave una vez, luego otra. Después coloca una silla bajo el picaporte. Y, aun así, duerme con un ojo abierto.

No le teme a la oscuridad. Le teme a escuchar unos pasos.

Tiene veintitrés años. Su exesposo está en prisión por haber intentado matarla. Pero ella sigue viviendo escondida. Las rejas nunca han detenido las amenazas.

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—Algún día voy a salir... y ese día sí te voy a terminar.

Lo dice él.

Lo repite su familia.

Y cada llamada desde un número desconocido le recuerda que hay cárceles cuyos barrotes no alcanzan para proteger a las víctimas.

Cuando llego, me recibe con una gorra, lentes oscuros y un cubrebocas. No quiere que nadie la reconozca. Tampoco quiere que escriba su verdadero nombre.

$!Desde el umbral de su vivienda, la mujer observa la calle donde continúa desarrollándose su vida cotidiana. La puerta separa el espacio en el que puede narrar lo ocurrido de un exterior que forma parte del mismo conflicto.

—Ponme el nombre que quieras.

Hace una pausa.

—Al final todas terminamos llamándonos igual.

—¿Cómo?

Baja la mirada.

—Culpables.

Frente a mí no está solamente una mujer que sobrevivió a una tentativa de feminicidio.

Está la niña que nadie protegió. Y mientras enciendo la grabadora, entiendo que esta historia no comienza con una golpiza. Comienza mucho antes.

—¿Desde cuándo lo conocías?

No necesita pensarlo.

—Desde siempre.

Vuelve a bajar la mirada.

Como si “siempre” fuera la misma calle de tierra donde pasó su infancia.

En esas colonias todos saben quién es hijo de quién.

Quién vende tamales, quién trabaja en la construcción, quién se emborracha los fines de semana, quién acaba de salir del penal.

Aunque algunas historias deberían detenerse antes de empezar.

—¿Qué edad tenías?

—Ocho años.

—¿Y él?

—Dieciséis.

Mientras ella todavía jugaba a las escondidas, él ya fumaba mota.

Mientras ella llegaba de la primaria con el uniforme manchado de tierra, él trabajaba algunos días como ayudante de albañil.

Mientras ella todavía dormía abrazando un peluche, él ya presumía novias.

Era alto.

Sonreía mucho.

Las muchachas hablaban de él.

Los hombres le celebraban cada conquista.

—Ese muchacho salió muy mujeriego.

Decían entre risas.

Ella lo veía pasar desde la banqueta.

Con la admiración con la que una niña mira a los grandes.

Todavía no sabía distinguir entre admirar y confiar.

Todavía no sabía que una diferencia de ocho años también podía convertirse en una diferencia aberrante.

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Los golpes comenzaron mucho antes del primero.

Comenzaron cuando una niña creyó que aquel joven era inalcanzable.

Comenzaron cuando nadie vio peligro donde solamente veía costumbre.

—¿Cuándo empezaron a ser novios?

Respira hondo.

Como si esa respuesta pesara más que todas las demás.

—A los once...

La frase cae sin dramatismo.

Como si recordara el año en que cambió de escuela.

Eso es lo que más duele, la respuesta, y la naturalidad.

Porque nadie preguntó qué hacía un joven buscando a una niña.

Nadie llamó a su madre. Nadie dijo que aquello estaba mal. En esa colonia no era un escándalo. Era una historia más, una de tantas.

Las vecinas comentaban:

—Ya tiene novio.

Algunas hasta sonreían. Como si crecer demasiado pronto fuera motivo de orgullo, como si dejar de ser niña fuera una medalla.

Los golpes comenzaron mucho antes del primero.

Comenzaron cuando el control se disfrazó de protección, cuando los celos parecían cariño, cuando obedecer parecía una prueba de amor. Cuando una niña empezó a pedir permiso para ser ella misma.

—¿Nunca te pareció extraño?

Niega lentamente con la cabeza.

—No.

Porque todas mis amigas andaban con muchachos mayores.

Así era aquí.

Así crecimos.

No intenta justificar, solo explica. Y ahí se esconde la parte más peligrosa de la violencia.

No cuando alguien la ejerce. Sino cuando una comunidad deja de verla. Cuando una costumbre consigue disfrazarse de normalidad.

—¿Y tu papá?

Sonríe.

Pero no de alegría.

—Nunca tuve.

Hace una pausa.

—Mi mamá fue madre soltera.

No hay reproche en su voz.

Vivían cinco mujeres bajo el mismo techo.

Su mamá, su abuela, ella y dos hermanitas que todavía corrían descalzas por el patio.

Su madre salía antes de que amaneciera. Regresaba cuando el sol ya se había escondido.

Trabajaba para que nunca faltara un plato de comida.

Mientras ella aprendía a sobrevivir, su hija aprendía a crecer demasiado rápido.

—¿Le contabas de él?

Niega con la cabeza.

—Casi nunca la veía despierta.

Los golpes comenzaron mucho antes del primero.

Comenzaron cuando una niña buscó en un hombre la atención que la vida le había negado.

No porque su madre no la quisiera.

Sino porque estaba demasiado ocupada intentando que todas sobrevivieran.

—¿Quién sí te escuchaba?

Desprende una sonrisa pequeña. Nostálgica.

—Mi abuela.

La recuerda sentada en una mecedora, con las manos gastadas, la mirada cansada y esa manera de acariciar el cabello que solo tienen las abuelas.

—Siempre me decía...

Como si todavía pudiera escucharla.

—”Mija... nunca dejes que un hombre te pegue.”

Vuelve a guardar silencio.

—¿Ella había vivido algo así?

Asiente.

—Mi abuelo le daba unas chingas...

La palabra sale seca, sin adornos.

—Decía que eran otros tiempos...

Que ella había sido una tonta por aguantar tanto... Que ojalá hubiera tenido el valor de irse.

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Entonces baja la cabeza.

—Yo tampoco entendí.

Creí que a mí nunca me iba a pasar.

Pensé que él era diferente. Como ella lo pensó alguna vez.

La violencia también viaja de generación en generación. No porque se herede en la sangre. Sino porque el silencio encuentra siempre una nueva casa donde vivir.

La abuela quiso romper el ciclo. Alcanzó a ponerle nombre. Pero ya no le alcanzó la vida para convencer a su nieta de que el amor jamás debería parecerse al miedo.

Los golpes comenzaron mucho antes del primero.

Pero el miedo todavía no tenía nombre.

—¿Cuándo te embarazaste por primera vez?

Aprieta las manos.

Las uñas se entierran en la piel.

—A los catorce.

Todavía parecía una niña.

Pero ya había aprendido a esconder las noticias importantes.

—¿Qué hizo cuando se enteró?

No responde enseguida.

—Me dijo que él no podía tener un hijo...

Que todavía no. Como ayudante de albañil, el dinero apenas alcanzaba para él.

Mucho menos para un bebé. Además, había otra muchacha. Una joven de la colonia La Minita con la que también salía.

—¿Qué pasó después?

Respira profundo.

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—Me llevó con una señora...

Le dieron remedios que, según le dijeron, resolverían el problema.

Lo único que resolvieron fue llevarla al Hospital General. Cuatro días, cuatro noches. Entre fiebre, dolor y el miedo de no despertar.

Nadie habló de denuncia. Nadie preguntó por qué una niña de catorce años había llegado en esas condiciones. La vida siguió. Como si nada hubiera ocurrido.

Los golpes comenzaron mucho antes del primero.

También hay violencias que no dejan moretones. Hay abandonos. Manipulación. Miedo. Decisiones arrancadas a una adolescente que todavía no entendía que también tenía derecho a decir “no”.

—¿Cuándo fue la primera vez que te pegó?

Ahora sí responde de inmediato.

—A los quince.

Recuerda perfectamente el lugar.

Era la fiesta de una amiga.

Habían rentado un pequeño salón. Música, refrescos, globos, hot dogs. Lo normal para una adolescente.

Afuera, mientras esperaba que llegaran otras compañeras, vio a un muchacho con quien había estudiado en la primaria. Lo saludó, nada más.

Un “hola”, una sonrisa, un recuerdo de la infancia. Eso bastó.

Cuando él la llevó hacia un lado, lejos de todos, le reclamó durante varios minutos.

Ella intentó explicarle. Nunca terminó la frase. La primera cachetada la hizo caer contra la pared. Después vinieron los puñetazos. Y las amenazas.

$!Con documentos en las manos, la mujer vuelve sobre los hechos que ha debido ordenar una y otra vez para sostener su versión. La imagen es una recreación generada con inteligencia artificial a partir de la serie fotográfica del reportaje; su identidad permanece protegida.

—Si vuelves a hablar con otro hombre...

No terminó la frase. No hacía falta. Ella ya había entendido.

—¿Qué hiciste?

—Le pedí perdón.

La respuesta parte el alma. Pedir perdón implica aceptar que uno hizo algo malo, y ella solo había saludado a un compañero de la primaria.

Los golpes comenzaron mucho antes del primero.

Pero ese día apareció el primero que dejó marca.

Y, como ocurre tantas veces, vino acompañado de una promesa.

”Perdóname.”

”No volverá a pasar.”

”Fue porque te quiero.”

Ella le creyó. Como creen tantas mujeres la primera vez.

Un año después volvió a embarazarse. Tenía dieciséis. Esta vez él no habló de irse. Ni de desaparecer al bebé. Hablaron de casarse. Muchos pensaron que aquello era “hacer las cosas bien”. Que el matrimonio traería estabilidad. Que un hijo cambiaría al hombre.

Se equivocaban.

Los golpes, que al principio aparecían de vez en cuando, empezaron a llegar cada vez con menos distancia entre uno y otro.

Primero fueron los celos. Después los empujones. Luego las cachetadas. Más tarde los puños.

Y, sin darse cuenta, la violencia dejó de ser un accidente y se convirtió en la rutina.

—¿Cuándo empezaste a pensar que tu vida corría peligro?

No responde. Se queda viendo sus manos. Las mismas manos que un día intentaron cubrirse la cara, las mismas que abrazaron a su hijo mientras esperaban que él dejara de golpear.

—Cuando empezó con la piedra...

—Ya llevábamos tiempo juntos.

Durante algún tiempo ella creyó que aquel pedazo de droga era el responsable de todo.

Pensó que cuando fumaba se convertía en otra persona. Hoy sabe que no.

Porque los celos habían llegado antes. Los insultos también. Los empujones. Las amenazas.

La piedra no inventó al hombre violento. Solo le quitó los pocos frenos que todavía le quedaban.

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—¿Él hablaba de su familia?

Asiente.

Pocas veces. Pero cuando lo hacía siempre aparecía la misma historia. Su padre golpeaba a su madre. Con frecuencia. Y su madre, para sacar adelante a la familia, terminó trabajando en la zona de tolerancia.

Él creció entre la violencia, las ausencias y el resentimiento. Nunca pidió ayuda. Nunca rompió el ciclo. Lo repitió.

A veces, después de golpearla, lloraba. Decía que no quería parecerse a su padre. Prometía que iba a cambiar. Duraba unos días. Luego todo volvía a empezar.

Como si hubiera aprendido desde niño que amar era pedir perdón... Y volver a pegar.

—¿Alguna vez usó la historia de su mamá para justificar lo que hacía?

—Sí...

Decía que todos los hombres eran iguales. Que así habían sido siempre. Que, si su mamá había aguantado, yo también podía aguantar. Y cuando se enojaba soltaba una amenaza que todavía hoy le eriza la piel.

—Si un día me dejas...

...vas a terminar taloneando igual que mi jefa.

Ella guarda silencio.

Después añade algo que explica muchos años de su vida.

—Yo no le tenía miedo, solo a que me matara. Le tenía miedo a terminar creyendo que esa era la única vida que merecía.

Y esa es otra forma de violencia, la que intenta convencerte de que no existe un futuro distinto.

Los vecinos comenzaron a acostumbrarse. Primero eran los gritos. Después los golpes contra las paredes. Luego el llanto de ella y de su niño.

Y, al día siguiente... El silencio. Nadie preguntaba.

En algunas colonias el silencio también forma parte del reglamento.

—¿Nunca alguien intervino?

Piensa unos segundos.

— Doña Lucha una vez tocó la puerta.

—¿Qué pasó?

—Él dejó de golpearme...

Esperó a que se fuera...

Y siguió.

Los golpes ya no necesitaban una razón.

Ella aprendió a leer los peligros. El ruido de unas botas entrando al patio. La manera en que aventaba las llaves. El olor. Había días en que regresaba oliendo a cemento. Otros a alcohol. Los peores... Olían a piedra. Entonces abrazaba a su hijo. Lo llevaba al cuarto. Le prendía la televisión. Subía el volumen. Para que el niño no oyera.

—¿Pensaste en irte?

—Muchas veces.

—¿Por qué no lo hiciste?

No responde enseguida.

Porque esa pregunta se la ha hecho demasiada gente.

—¿A dónde?

—No tenía dinero. No terminé la escuela. No tenía trabajo. Tenía un niño. Y estaba embarazada otra vez. ¿Quién me iba a recibir?

Durante meses empezó a guardar dinero en secreto. Cinco pesos. Diez. Veinte cuando podía.

Los escondía dentro de un frasco de café. Entre ropa vieja. Detrás de unos ladrillos. No estaba ahorrando. Estaba comprando una posibilidad. La posibilidad de escapar.

—¿Él lo descubrió?

Asiente.

No hace falta preguntarle cómo.

—Encontró el dinero.

¿Cuánto era?

—Como mil doscientos pesos.

Se ríe.

—Me dijo que con eso ni para el camión me alcanzaba.

Después rompió el frasco. Contó las monedas. Lo guardó en su bolsa. Y antes de salir me dio una patada y dijo...

”...ni intentes irte.”

Los golpes comenzaron mucho antes del primero.

Pero la prisión comenzó mucho antes de las amenazas.

Hay cárceles que no tienen muros. Tienen miedo, dependencia, vergüenza, y la certeza de que nadie vendrá a rescatarte.

—¿Cuándo pensaste que realmente te iba a matar?

Esta vez no tarda en contestar.

—El día que me pateó la panza.

Se hace un silencio largo.

Acaricia con el dedo el borde de un vaso de agua. Como si volviera a estar ahí.

— Ya no le importaba si yo vivía. Ni si el bebé vivía. Solo quería que yo tuviera miedo. Y lo consiguió.

Aquella noche la puerta casi se salió del marco. Entró sin decir una palabra. Traía la respiración acelerada. Los puños cerrados. Los ojos perdidos. Y ese olor.

Mucho tiempo después supo qué había ocurrido.

Esa noche, al doblar la esquina de la colonia, el Chaca estaba sentado sobre la banqueta.

A su alrededor, una bola de mariguanos pasaba un cigarro de mano en mano.

Al verlo acercarse, el Chaca sonrió. No era una sonrisa. Era una provocación.

—¡Miren quién viene!

Todos voltearon. Entonces lanzó el golpe. No con los puños, con la memoria.

—¡Eh... hijo de puta!

Las carcajadas estallaron al mismo tiempo. Todos entendieron el insulto. Todos conocían la historia de su madre. Durante años había trabajado en la zona de tolerancia, taloneando.

Él creció escuchando esos insultos. Creyendo que la vergüenza se heredaba.

El Chaca dio un paso hacia él.

—¿Qué pasó, cabrón?

Abrió los brazos.

—Órale... pégame.

Hizo otra pausa.

Y remató con la frase que terminaría persiguiendo a otra persona.

—¿O nomás eres hombre para pegarle a tu vieja?

Por un instante nadie habló. Él apretó los puños. La mandíbula. Respiró hondo. Miró alrededor. Eran demasiados. Bajó la cabeza. Y siguió caminando. No respondió. Por miedo.

Pero la rabia necesitaba encontrar un lugar. Y la encontró unos metros más adelante. Detrás de la puerta de su propia casa. Ella nunca supo del Chaca. Nunca escuchó los insultos.

Nunca vio las risas. Sin embargo... Fue quien terminó pagando por todas ellas.

Solo la miró. Y comenzó a golpear. La primera cachetada la lanzó contra el refrigerador.

No gritó. Había aprendido que gritar solo hacía más larga la golpiza. Después vino un puñetazo. Luego otro. Intentó cubrirse el vientre. Estaba embarazada por segunda vez.

Pensó en el bebé. Nunca en ella. Las patadas comenzaron cuando ya estaba en el piso.

Una. Dos. Tres. Hasta que perdió la cuenta. Su hijo despertó llorando. Ella alcanzó a verlo parado en la puerta del cuarto. Descalzo. Con un muñeco entre las manos. Demasiado pequeño para entender por qué su papá quería matar a su mamá. Ella solo repetía lo mismo.

—Ya no...

Por favor...

Ya no...

Entonces sintió un dolor distinto. Más profundo. Más frío. Después la sangre. Mucha sangre.

Quiso levantarse. No pudo. Él retrocedió un paso. Miró el piso. Miró la sangre.

Pareció entender lo que acababa de hacer. Sin decir una sola palabra dio media vuelta.

Abrió la puerta. Y desapareció en la oscuridad.

Ella se arrastró como pudo hasta la salida. Cada movimiento era un suplicio. Golpeó la puerta de la vecina. Una vez. Dos. Tres. Cuando la mujer abrió, apenas alcanzó a decir una frase. —Mi niño... Cuídeme a mi niño... Después todo se volvió negro.

Los médicos tardaron varias horas en estabilizarla.

Había perdido demasiada sangre. Las lesiones internas obligaron a practicarle una cesárea de emergencia.

El bebé nació antes de tiempo. Demasiado pequeño. Demasiado frágil.

Durante varios minutos luchó por respirar. La falta de oxígeno dejó una huella que todavía hoy acompaña cada uno de sus pasos.

Ella permaneció varios días entre la vida y la muerte. Hubo momentos en los que los médicos ya no pudieron prometer nada. Ni a su familia. Ni a ella.

Mientras tanto, su hijo mayor preguntaba una y otra vez por qué su mamá no despertaba.

Nadie encontraba una respuesta que un niño pudiera entender.

Cuando por fin abrió los ojos, lo primero que hizo fue buscar con la mirada a sus hijos.

$!Dos menores observan la colonia desde una ventana de la vivienda familiar. En el caso narrado, las consecuencias no se limitan a la experiencia de la mujer: también atraviesan la infancia y las condiciones en las que sus hijos imaginan el futuro.

El mayor estaba a salvo. El pequeño seguía peleando por vivir en una incubadora.

Aquella noche no hubo un solo sobreviviente. Hubo dos.

Y los dos cargarían las consecuencias durante el resto de su vida.

La sentencia llegó dos años después.

Veintisiete años de prisión por tentativa de feminicidio.

Cuando el juez terminó de leerla, muchos pensaron que la historia había terminado.

Ella supo que apenas comenzaba.

—¿Ahora ya estás tranquila?

Ella sonríe con una tristeza que no necesita explicación.

—No.

—¿Por qué?

Mira hacia la ventana antes de responder.

—Porque la cárcel encierra a las personas... ...no al miedo.

Dice que, seguido, recibe llamadas de números desconocidos. Otras veces son mensajes. “No cantes victoria.” “Algún día va a salir.” “Ya sabemos dónde vives.”

Cambió de colonia. Después volvió a cambiar. Ya perdió la cuenta de cuántas veces ha hecho maletas en silencio. Sus hijos aprendieron algo que ningún niño debería aprender.

Mientras hablamos, el hijo mayor entra a la sala. Tiene siete años. Se acerca a su mamá. La abraza. Después sale corriendo al patio con una pelota vieja. Todavía duerme con una lámpara encendida. Dice que así los monstruos no entran. Su mamá nunca le pregunta cuáles.

Mientras él sale al patio con una pelota desinflada, el pequeño permanece sentado frente a una mesa de plástico. Tiene tres años. Frente a él hay un rompecabezas. Las piezas parecen demasiado grandes para sus manos. Las toma. Las observa. Las gira una y otra vez. A veces tarda varios minutos en colocar una sola. Su hermano mayor se acerca. Se sienta a su lado.

Lo ayuda sin quitarle las piezas. Solo le señala dónde podría ir cada una.

Hoy necesita terapias constantes. Más tiempo. Más paciencia. Algunas palabras todavía se le esconden. Sus movimientos son más lentos que los de otros niños de su edad.

Ella nunca habla de desgracias. Solo lo mira. Y sonríe.

—Él no tuvo la culpa de nada.

El pequeño levanta la vista.

—¿Mamá?

Mira a sus dos hijos.

Después los abraza al mismo tiempo.

Como si todavía pudiera protegerlos de aquella noche.

—¿Odias a tu agresor?

Piensa durante varios segundos.

—No.

Hace una pausa.

—Lo que odio...

...es haber creído que eso era amor.

Cuando salgo de su casa, vuelve a hacer lo mismo que hizo antes de que comenzáramos la entrevista.

Revisa la cerradura. Después la ventana. Luego mira por encima de la barda. Solo entonces apaga la luz.

Mientras camino hacia mi automóvil entiendo que esta historia nunca trató únicamente de un hombre violento, ni de una golpiza. Trató de una niña de ocho años a la que nadie protegió, de una adolescente de once a la que todos llamaron “novia”, de una madre de dieciséis que creyó que el matrimonio podía detener los golpes. De un niño de siete años que aprendió demasiado pronto que el miedo también puede vivir dentro de una casa. Y de otro, de apenas tres, que carga en su cuerpo las secuelas de una noche que nunca podrá recordar.

Los golpes comenzaron mucho antes del primero.

Y algunas heridas... ninguna sentencia alcanza a borrarlas.

Escritor y especialista en narrativa y comunicación. Con más de 20 años de experiencia en medios y comunicación estratégica, ha construido una trayectoria que articula periodismo, storytelling y desarrollo de proyectos editoriales.

Inició su carrera en espacios como Televisa Monterrey, Grupo Reforma, Multimedios Radio y Periódico Vanguardia, donde ha ganado tres Premios Estatales de Periodismo.

Es autor de Dinolibros, una colección infantil que aborda la salud socioemocional a través de historias simbólicas. Su trabajo se distingue por una narrativa sensible y una mirada cercana a las emociones que habitan lo cotidiano.

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