Saltillo: una ciudad forjada a golpes

Saltillo: una ciudad forjada a golpes

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Dice el dicho norteño que los golpes engrían. Saltillo es una prueba --y documentada--, de esa verdad: cuatro siglos y medio de catástrofes la fueron moldeando a resistir, hasta que resistir y aguantar se volvió su manera de ser

Coahuila
/ 25 abril 2026
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Hay pueblos que nacen con cierta estrella y otros que nacen con carácter duro y difícil. Saltillo pertenece a la segunda clasificación. Las circunstancias muchas veces adversas no le dejaron otra opción. Cuatro siglos y medio de sequías recurrentes, incendios, epidemias, invasiones y ataques fueron moldeando a sus habitantes. La gente que vivió en estas calles aprendió a enterrar a sus muertos, a reconstruir lo que el fuego, la naturaleza y el hombre destruía, a sembrar de nuevo después de que el granizo y las heladas arrasaran las cosechas, a levantarse al día siguiente de que un ejército invasor tomara la ciudad. Ese temple se ganó a golpes, generación tras generación. Lo que Saltillo es hoy tiene mucho que ver con todo lo que pudo destruir la ciudad.

Cuando los primeros colonizadores se establecieron en 1577, Saltillo no era más que un puñado de casas en el extremo norte de la Nueva España, en el último punto de la civilización conocida hasta entonces. La villa nació como puesto de avanzada militar y su función primera fue resistir, ante todo.

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LA FURIA DEL AGUA

Cada vez que cae una tromba, las corrientes bajan con fuerza por donde pueden: los arroyos originales están tapados y el agua no tiene más opción que desbordarse por calles y llevarse todo lo que encuentra a su paso. No es un problema nuevo. Desde 1634, el cabildo ya ordenaba levantar barreras para contener las inundaciones que amenazaban casas y plaza principal. Apenas unas décadas después de la fundación, vivir en Saltillo y pelear contra el agua eran prácticamente lo mismo. Casi cuatro siglos después siguen siéndolo.

EL FUEGO QUE BORRÓ EL PASADO

El peor golpe que sufrió la memoria histórica de Saltillo fue un incendio, provocado quizás por algún descuido. En 1669, un incendio devoró las Casas Consistoriales, el edificio que funcionaba como sede del gobierno frente a la hoy Plaza de Armas. Dentro de sus paredes ardió algo irreemplazable: miles de documentos que registraban la fundación de la villa, las primeras mercedes de tierra y las actas de los primeros años. Una verdadera desgracia que ha dejado un hueco histórico difícil de llenar.

Hasta hoy, nadie ha podido encontrar el acta de fundación original de Saltillo. Lo que los historiadores manejan son copias indirectas, referencias en otros expedientes, menciones en documentos como el del Parral. El incendio de 1669 no destruyó solo un edificio; borró gran parte del origen documentado de la ciudad y dejó abierta para siempre la discusión sobre su verdadera fecha de fundación.

MALAS COSECHAS

Para principios del siglo XVIII, Saltillo llevaba dos décadas padeciendo cosechas pobres. La tierra no daba lo suficiente, el maíz y el trigo escaseaban, los vecinos intentaron de todo para sobrevivir.

En 1711, el cabildo tomó una decisión que refleja bien la desesperación del momento: nombró a San Agustín como patrón intercesor para que cesaran las plagas y volviera la lluvia. Era, a esas alturas, el último recurso disponible. Para remediar los males de la época, vecinos como Santiago Valdés y Mathías de Cárdenas firmaron compromisos personales para traer maíz desde otras regiones y evitar que la escasez se convirtiera en hambruna.

$!La ciudad vivió bajo dominio militar extranjero en 1847 y 1864, cuando los ejércitos norteamericano y francés tomaron sus calles, alteraron la vida cotidiana y dejaron una profunda huella en la memoria histórica local.

LOS AÑOS DE HAMBRE

Si los primeros veinte años del siglo XVIII habían sido duros, lo que vino entre 1784 y 1786 fue peor. Una sequía prolongada arrasó los cultivos y dejó a la población sin reservas. El período quedó grabado en la memoria colectiva simplemente como los años de hambre.

La situación se agravó tanto que el virrey Bernardo de Gálvez tuvo que emitir órdenes específicas el 11 de octubre de 1785 para evitar que la escasez derivara en un colapso total. Desde la Ciudad de México, el gobierno virreinal miraba hacia el norte con preocupación. En Saltillo, la gente miraba el cielo esperando que lloviera.

EL CÓLERA

Entre las guerras y las sequías, las epidemias también encontraban su momento. En 1833, el cólera llegó a Saltillo con toda su brutalidad.

La Casa de Abal, un edificio de muros sólidos con una enorme huerta que ocupaba la cuadra entre las actuales calles de Bravo y General Cepeda y Castelar y Aldama, sirvió como hospital de emergencia durante el brote. Era una de esas casonas de paredes gruesas que en tiempos normales funcionaba como residencia. En 1846, el gobierno ordenó trasladar el hospital a otro sitio por el riesgo de contagio. La enfermedad no distinguía entre tiempos de paz y tiempos de guerra.

LA ARQUITECTURA DEL TEMOR

Una casa con paredes gruesas no solo quitaba el calor; detenía las flechas. Vale la pena detenerse a observar las casas que la élite de Saltillo construyó en las diferentes calles: paredes de adobe con más de medio metro de ancho, techos planos y contrafuertes que las hacían parecer pequeñas fortalezas. Fue la respuesta directa a décadas de ataques de grupos apaches y comanches, que representaron una amenaza constante para la villa.

El 6 de febrero de 1845, un documento detalló los daños de uno de los ataques más graves: la llamada Indiada Grande, ocurrida a finales de 1840 y principios de 1841. Una incursión numerosa de indios provenientes del norte arrasó gran parte de la ciudad: destruyeron cultivos, mataron ganado y dejaron una lista de personas muertas. Saltillo tardó años en recuperarse económicamente de ese golpe.

$!A más de tres siglos de las primeras inundaciones documentadas, Saltillo sigue enfrentando el mismo enemigo: el agua buscando su cauce entre arroyos obstruidos por basura, descuido urbano y la falta de conciencia ciudadana.

LA INVASIÓN NORTEAMERICANA

En octubre de 1846, las tropas del general Worth entraron a Saltillo. La invasión norteamericana entró por el norte de México y la ciudad quedó bajo la ocupación del ejército yanqui.

Se impuso ley marcial, se clausuraron comercios y los movimientos de los vecinos quedaron restringidos por las noches para evitar altercados con los soldados. Las crónicas de la época hablan de un principio destructor de los goces sociales, una frase que resume bien lo que significa tener un ejército extranjero instalado por todas partes. El médico y explorador Josiah Gregg, que acompañó a las fuerzas estadounidenses como voluntario, describió en sus memorias los robos, la destrucción de mobiliario y los toques de queda impuestos por el gobernador militar John Macrae Washington.

En febrero de 1847, a unos cinco kilómetros al sur de la ciudad, en los desfiladeros cercanos a la Hacienda de Buena Vista, inició la Batalla de La Angostura que duró dos días. Al final, los números hablaron solos: cerca de 1,495 heridos y 872 muertos. Saltillo los recibió a todos. Hace unos días mi buen amigo Jesús Santos González, me preguntaba, dónde quedaron esas tumbas, buena pregunta, pero difícil de responder.

La Parroquia de Santiago, el edificio que hoy es la Catedral, se llenó de heridos. Las crónicas describen escenas que cuesta imaginar: brazos y piernas amputados muertos apilados en las aceras, esperando los carretones de la basura. Los médicos militares trabajaban sin descanso en el templo del apóstol Santiago, convertido en improvisada sala de operaciones. Debido a la invasión del Ejército norteamericano, la agricultura colapsó, y la propiedad privada, en muchos casos, simplemente dejó de existir.

https://vanguardia.com.mx/coahuila/saltillo/el-ocaso-de-los-guachichiles-resistencia-profecia-y-extincion-HD19929187

LA EXPLOSIÓN EN EL PALACIO

El 1 de agosto de 1856, mientras México atravesaba una de sus épocas más inestables, el edificio que hoy conocemos como el Palacio de Gobierno voló por los aires.

La causa fue el almacenamiento de pólvora en un edificio aledaño. En tiempos de conflicto político permanente, los inmuebles públicos servían para todo, incluido guardar materiales que no deberían estar ahí. La explosión dañó severamente el edificio ubicado en el cruce de las actuales calles de Zaragoza y Juárez, frente a la Plaza de Armas. El mismo sitio donde el incendio de 1669 había consumido el archivo y muchas otras cosas más.

Ese mismo año, el gobernador Santiago Vidaurri ejecutó la anexión de Coahuila a Nuevo León, fracturando la identidad de los coahuilenses. Con el Palacio en ruinas y el estado absorbido por otro, Saltillo llegó a 1857 sin sede de gobierno y sin nombre propio dentro del mapa de la República.

JUÁREZ Y LA INVASIÓN FRANCESA

En febrero de 1864, Benito Juárez llegó a Saltillo. El presidente de México había tenido que huir ante el avance de las fuerzas imperiales y recorría el norte del país buscando dónde sostener al gobierno republicano. Tras entrevistarse con Vidaurri y recibir su negativa de apoyo, Juárez firmó desde aquí el decreto que separó definitivamente a Coahuila de Nuevo León.

Las fuerzas francesas tomaron la ciudad meses después. La administración cambió de nombre: Coahuila pasó a un Estado libre y soberano.

$!Cada tormenta fuerte revive uno de los males más antiguos de Saltillo; calles convertidas en corrientes y daños materiales confirman que las inundaciones siguen siendo parte de una batalla histórica que la ciudad no ha terminado de resolver.

Durante la ocupación francesa hubo ejecuciones. El coronel Bruno Lozano fue uno de los fusilados. Vecinos notables como Gonzalo Farías recibieron multas por negarse a decorar sus casas durante las festividades del gobierno imperial, si usted quiere, una forma de resistencia pequeña, pero real. Los franceses abandonaron Saltillo en agosto de 1866. En junio de 1867 la pesadilla terminó con el fusilamiento de Maximiliano I.

OTRA VEZ EL FUEGO

En agosto de 1902, el Teatro Acuña, construido en madera, desapareció en un incendio. Era uno de los referentes culturales. El fuego una vez más no discriminaba entre archivos, palacios o recintos culturales.

Para entonces, Saltillo llevaba más de tres siglos acumulando pérdidas de ese tipo: cosas que ardían, que explotaban, que se inundaban o que eran arrasadas por ejércitos extranjeros. Sin embargo, la ciudad y sus habitantes seguían aquí.

UNA CIUDAD QUE SIGUE Y SIGUE

Hay una cuenta larga y pesada si uno se pone a sumarla. Los ataques de grupos nómadas que durante años mantuvieron a la villa en vilo permanente. Las invasiones de dos ejércitos extranjeros que llegaron desde el norte y desde Europa, más los innumerables ataques de caudillos y cabecillas que se levantaban en armas cada vez que algo no les parecía. El cólera de 1833, que entró por las mismas calles. La Revolución Mexicana encontró en esta ciudad un nicho, para saqueos, robos, incendios y destrucción, recordemos la quema de la biblioteca del colegio de San Juan y el incendio que acabó con el edificio del Casino de Saltillo.

GRIPE ESPAÑOLA

La epidemia de influenza de 1918 mató en México a más personas que la Revolución, esa epidemia, hizo estragos en Saltillo dejó casas cerradas y familias destrozadas. El antiguo panteón de Santiago localizado en la calle de Juárez y Matamoros tuvo que ser cerrado porque se saturó de tumbas.

https://vanguardia.com.mx/coahuila/boxeador-coahuilense-con-sangre-alemana-IA1615219

FENÓMENOS CÍCLICOS

El fuego se ensañó con sus archivos, lugares de gobierno y teatros. Las inundaciones, con sus calles. La guerra, con sus familias. La enfermedad, con sus cuerpos.

El agua sigue reclamando su lugar. Las autoridades municipales se han empeñado en pavimentar calles, no todas, hay que decirlo, sin terminar de resolver el problema de fondo: los arroyos naturales fueron entubados y tapados hace décadas sin diseñar una canalización adecuada que dé flujo libre a los escurrimientos. El agua tiene memoria y siempre encuentra por dónde salir. El ejemplo más reciente es la prolongación de la calle Abasolo, al norte de la ciudad: una sola lluvia fuerte bastó para destruirla por completo. Se reparó, con todo el costo que eso implica, pero mientras no exista una solución real de drenaje, lo que pasó en Abasolo volverá a pasar, en esa calle y en muchas otras. Qué decir de los fraccionamientos del norte de la ciudad, casas destrozadas por la corriente de agua.

Con todo esto y mucho más que no se ha mencionado, aquí está Saltillo: con su gente, sus calles que guardan nombres viejos, con sus casonas de paredes gruesas que todavía están de pie, con la memoria incompleta pero viva de todo lo que se perdió y de todo lo que se salvó.

Las ciudades que sobreviven a tanto no lo hacen por casualidad. Lo hacen por carácter, por amor a su tierra. Después de todas las calamidades, hubo siempre alguien que dijo: yo me quedo aquí, pase lo que pase.

saltillo1900@gmail.com

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Ariel Gutiérrez Cabello, nació en Saltillo, Coahuila, en 1961, investigador de la microhistoria local. Ha dedicado su vida profesional a la comunicación, la ecología y la cultura, desempeñándose como museógrafo, e investigador.

Desde hace más de seis años, Gutiérrez Cabello comparte cada domingo en el periódico Vanguardia su columna Relatos y Retratos del Saltillo Antiguo, donde rescata historias, sucesos y personajes que han marcado la historia de la ciudad.

Entre sus obras destaca “Calles y otros lugares de Saltillo antiguo”, libro en el que indaga el origen de los nombres de calles, callejones e inmuebles de la ciudad, ilustrando con fotografías históricas y relatos la evolución social y cultural de Saltillo. También ha publicado “Escribidores de luz: fotógrafos en Saltillo, 1846 a 1920”, un trabajo que documenta el desarrollo de la fotografía y los fotógrafos en la región y el libro Imágenes e historia del Saltillo de 1900. Fondo Fotográfico Ferretería Sieber. Saltillo, Coahuila

Es ferviente coleccionista de fotografías antiguas, relacionados con la historia local, Gutiérrez Cabello trabaja de manera continua en la investigación de la microhistoria de Saltillo, para la preservación y difusión de la memoria histórica regional.

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